Número 2

  "Llamando al Capitán Futuro" 
Por Edmond Hamilton

Publicado en el pulp Captain Future
en enero de 1940

Traducción: Javier Jiménez


 

LLAMANDO AL CAPITAN FUTURO

       Curtis Newton, mago de la ciencia, y su trío de Hombres del Futuro, surcarán la senda de las estrellas, para frustrar los planes del Dr. Zarro... ¡El líder de un peligroso ejército!
 

CAPITULO I
La Amenaza del Espacio






 El enorme navío de línea Pallas surcaba el espacio en su ruta habitual desde Venus a la Tierra. En los iluminados salones de la cubierta principal, cientos de hombres y mujeres bebían, reían, charlaban o bailaban, al son de la hechizante música de la orquesta Venusiana.
 Más arriba, en la sala de la telepantalla, "Chispas" bostezó, mientras vigilaba los instrumentos. Entonces, el joven tele-operador Terrícola levantó rápidamente la mirada, cuando el robusto primer Oficial de la nave de línea entró en la sala.
 --Llama al Espaciopuerto 4 de la Tierra, y diles que aterrizaremos allí mañana, a las diez en punto, -ordenó el oficial.
 Chispas pulsó varios interruptores, y apretó el botón de llamada. La pantalla del aparato se iluminó. En ella apareció la imagen del controlador jefe, que estaba de servicio en el Espaciopuerto 4 de la Tierra. El controlador escuchó su informe, y luego asintió.
 --De acuerdo, nave Pallas. Os tendremos preparado el muelle Quince...
 ¡Y entonces sucedió!
 La telepantalla se quedó en blanco, como si hubiera recibido el influjo de una poderosa onda de sintonía. Entonces, mostró la imagen de otro individuo.
 --Qué diablos...  -musitó Chispas. El hombre que aparecía en la pantalla era un individuo de extraña apariencia. Parecía un Terrícola, aunque su enorme y desgarbada figura vestida de negro, su descomunal cráneo y su amplia frente, y sus ojos negros de mirada ardiente e hipnótica, le otorgaban a su aspecto un aura de superioridad indefinida pero impresionante.
 --Al habla el Doctor Zarro, llamando a los habitantes del Sistema Solar, -dijo, con una voz profunda y carraspeante-. Habitantes de los nueve planetas, os aviso de un peligro letal... un peligro que vuestros estúpidos y petulantes científicos no han descubierto todavía.
 "¡Una enorme estrella negra se dirije hacia nuestro Sistema Solar, procedente de los insondables abismos del espacio exterior! Este colosal sol extinguido viene desde la dirección de la constelación de Sagitario... su posición exacta es, en posición ascendente, a diecisiete horas, cuarenta y un minutos, con una declinación de menos veintisiete grados, cuarenta y ocho minutos. Viene directa hacia nosotros, y alcanzará nuestro Sistema en pocas semanas, si continúa avanzando a su velocidad actual. Este monstruo a la deriva aniquilará todo nuestro Sistema... a menos que logremos variar su rumbo.
 La carraspeante voz del Doctor Zarro se hizo más profunda, convirtiéndose en un trueno reverberante.
 --¡Yo puedo desviar el curso de esa estrella negra a la deriva, si se me da a tiempo el poder para lograrlo! -Exclamó-. ¡Sólo yo! Domino una serie de fuerzas que son desconocidas para vuestros ignorantes científicos, pues no soy del todo un nativo de este Sistema. Quién soy yo, es algo que carece de importancia, en medio de una emergencia de esta magnitud.
 "Pienso formar una legión de hombres que crean en mi, y que me ayudarán a eliminar este peligro... ¡Una Legión del Destino! Pero, con el fín de preparar las fuerzas que consigan librarnos de esta terrible amenaza, deberé de gozar de una autoridad absoluta sobre todos los recursos del Sistema. Para poder desembarazarnos de este espantoso peligro, yo y mi Legión deberemos gobernar, temporalmente, a todo el Sistema, en un régimen dictatorial.
 La figura del Doctor Zarro desapareció de la telepantalla, dejando perplejos al teleoperador y al Primer oficial de la nave Pallas.
 --¿Quién diablos era ese tipo? -Musitó el atónito Oficial-. ¡No parecía ser del todo humano!
 El joven teleoperador sacudió la cabeza, extrañado. Entonces, el controlador del Espaciopuerto de la Tierra volvió a aparecer en pantalla, y exclamó:
 --¿Han recibido también ustedes esa transmisión del hombre que se hace llamar Doctor Zarro? Ha interceptado todas las ondas de emisión... ¡Le han visto en todas las telepantallas del Sistema!
 El controlador cortó entonces la transmisión. El joven Chispas miró excitado al Oficial.
 --¿Cree que hay algo de cierto en su advertencia? Si fuera verdad que un sol negro se dirije hacia el Sistema...
 --Paparruchas, no creo que sea nada, -declaró el Oficial-. No es más que un truco publicitario, aunque hay que reconocer que es muy efectista.
 --Pues no parecía ningún truco, -murmuró Chispas, no muy seguro. Presionó varios interruptores, sintonizando diferentes frecuencias. Un caleidoscopio de rostros pasó por la telepantalla. Un verdadero huracán de mensajes estaba siendo intercambiado entre todos los planetas, refiriéndose a la asombrosa transmisión del autodenominado Doctor Zarro.
 --¡Desde luego, ha atraído la atención de todo el Sistema! -Declaró el teleoperador-. Y, a juzgar por los mensajes, no todo el mundo es tan escéptico como usted.
 Entonces se encendió una luz roja en lo alto de la telepantalla.
 --¡Una llamada general del Gobierno! -Exclamó Chispas, poniendo en tensión su juvenil rostro. Al instante, presionó un interuptor. Un oficial del Gobierno del Sistema apareció en la telepantalla. Habló con una firmeza absoluta.
 --Este mensaje es para informar a las gentes del Sistema, que el autodenominado Doctor Zarro, que ha emitido un aviso esta noche, no es más que un embaucador, que intenta asustar a los habitantes del Sistema, -dijo el oficial del Gobierno-. Sus afirmaciones no son ciertas. Los Astrónomos se han apresurado a escrutar en las coordenadas espaciales que ha indicado, y no han encontrado nada. ¡Ese sol negro no existe!
 --¿Qué te había dicho? -Se chanceó el Primer Oficial, mientras el Oficial del Gobierno daba fín a su transmisión-. No ha sido más que una farsa estrafalaria, eso es todo.
 --Puede, -musitó el teleoperador-. Pero ese hombre no parecía ningún farsante. Parecía extraño, poderoso... ¡Y sobrehumano!
 --Narices... no era más que un lloriqueante alarmista, -repitió el robusto oficial-. La Policía Planetaria no tardará en dar con él.

 Pero la Policía Planetaria no logró localizar al Doctor Zarro. Dos semanas más tarde, el servicio de noticias Mercuriano anunciaba:
 --"...y así, la Policía Planetaria ha sido completamente incapaz de encontrar al misterioso Doctor Zarro, que realizara la controvertida transmisión, pues su onda de emisión era de un tipo tan nuevo y extraño, que su fuente no ha podido ser analizada ni rastreada.
 "Karthak, Saturn: Una desastrosa explosión atómica tuvo lugar hoy en esta colonia..."
 La multitud de ingenieros y mineros de cromo que atestaban la pequeña cantina, en el lado iluminado de Mercurio, dejó de prestar atención al boletín de noticias. Uno de ellos, un enorme minero calvo, había comenzado a discutir con un pequeño ingeniero Mercuriano.
 --¡Te digo que yo vi esa transmisión, -insistía el Mercuriano-, y te aseguro que ese tal Doctor Zarro no era ningún Terrícola! Parecía...
 --¡Mirad...! ¡Ahí está otra vez! -Aulló uno de los presentes, señalando la telepantalla.
 Todos los presentes observaron estupefactos. El programa de noticias había desaparecido de la pantalla, y, en su lugar, había aparecido la desgarbada figura de ojos ardientes del Doctor Zarro.
 --No creísteis mi advertencia, habitantes de los nueve planetas, -bramó el Doctor Zarro-. En lugar de eso, elegísteis creer a vuestros estúpidos "científicos". Pero ahora podréis verlo con vuestros propios ojos. La estrella negra que se aproxima se ha vuelto ya tan grande que puede ser avistada desde cualquier telescopio pequeño.
 "Mirad vosotros mismos en las coordenadas espaciales que ya mencioné, y podréis comprobar que ese monstruoso sol muerto se acerca más y más a cada fatídico minuto que pasa. Mirad... y ved con vuestros propios ojos quién tiene razón... si vuestros "científicos" o el Doctor Zarro.
 La figura del Doctor Zarro desapareció de la telepantalla, dejando perplejos a la concurrencia de mineros e ingenieros.
 --¡Otro falso aviso! -Exclamó el Terrícola calvo.
 --Me pregunto..., -musitó el pequeño ingeniero Mercuriano. Se volvió hacia otro Mercuriano, más joven-. Atho, tu tenías un telescopio pequeño, ¿No es así? Ve a por él y enfócalo... Vamos a echar un vistazo.
 Poco después, en las oscuras calles de la metálica ciudad Mercuriana, se agruparon alrededor del pequeño electro-telescopio, que estaba orientado hacia un punto de la constelación de Sagitario.
 --¡Oye! ¡Allí hay algo! -Exclamó el joven Mercuriano-. ¡Puedo verlo!
 Uno a uno, fueron mirando por la lente. Contemplaron un pequeño disco que irradiaba oscuridad, en medio de la Vía Láctea.
 --Es verdad, es una estrella oscura, -musitó el pequeño ingeniero-. Y debe de tener un tamaño descomunal, para poder resultar visible desde el exterior del Sistema.
 Aquel grupo de hombres, de diferentes etnias planetarias, se miraron los unos a los otros. Un escalofrío de duda se había instalado en el interior de todos ellos.
 --¡Si una estrella oscura se dirige hacia el Sistema, aniquilará los nueve planetas, tal como nos previno el Doctor Zarro! -Exclamó un Venusiano de ojos saltones-. A lo mejor deberían darle esa autoridad sobre el Sistema que ha solicitado.
 --Bah, yo sigo sin creerle, -declaró el calvo minero Terrícola-. Veamos que dice el Gobierno sobre todo esto.
 Se agruparon frente a la telepantalla de la cantina. Se estaba emitiendo un anuncio del Gobierno.
 --"Gentes del Sistema, nuestros científicos han localizado, en Sagitario, un cuerpo oscuro de naturaleza desconocida, -admitió el oficial-; ¡Pero no supone peligro alguno! Por lo que han podido deducir los científicos, no posee masa. De modo que no hay nada que temer.
 --¿Veis? -Exclamó triunfante el minero calvo-. Ya os dije que era una tontería.
 Pero los demás parecían preocupados. Uno de ellos, el joven Mercuriano, dijo en voz alta lo que todos estaban pensando.
 --Pero, al principio, los científicos dijeron que no había ninguna estrella oscura! Ahora admiten que el Doctor Zarro tenía razón, que hay una estrella oscura. Y afirman que, aunque es muy grande, no tiene la masa suficiente como para hacernos daño... Supongamos que los científicos se vuelven a equivocar... ¿Y si el aviso del Doctor Zarro es verdad?
 Se miraron unos a otros, preocupados.
 --¡Si así fuera, entonces el Doctor Zarro es el único que puede salvarnos de la estrella oscura! Fue el único que nos avisó de ella, mientras nuestros científicos negaban su existencia...
 El minero calvo sacudió la cabeza. Como toda la gente moderna, tenía una fé absoluta en los científicos del Sistema. Esa fé continuaba intacta, a pesar de que el Doctor Zarro, una vez, había demostrado que los científicos se equivocaban.
 --Sigo fiándome más de la palabra de nuestros científicos, antes que en la de ese misterioso Doctor Zarro, -declaró tozudamente-. Ellos nos dirán si de verdad hay algún peligro...
 Aquel Terrícola en particular poseía una fé de hierro. Pero otros muchos, en diferentes sectores del Sistema, la estaban perdiendo rápidamente.

 --¡Hay peligro! ¡Un peligro terrible para todo el Sistema! ¡Y sólo el Doctor Zarro puede evitarlo!
 El que así hablaba era un colono Terrícola en Saturno, un hombre de unos cuarenta años, cuyo bronceado rostro no podía ocultar su profunda preocupación.
 Se hallaba reunido con su esposa, su familia y unos pocos amigos, en la sala estar de su rancho. En la noche exterior se extendían las vastas planicies de Saturno, en las que los extraños Saturnianos cabalgaban de un lado a otro, subidos en sus grotescas monturas, a la luz de las brillantes lunas.
 --Los soles negros existen... eso, los científicos no pueden negarlo... y uno de ellos se dirige a nuestro Sistema a una velocidad terrible, a juzgar por la rapidez con la que se hace visible día tras día, -continuó con vehemencia el ranchero-. Si no logramos variar su rumbo, del modo que sea, aniquilará todo el Sistema. Y el Doctor Zarro es el único que puede realizar ese logro.
 --¿Crees que el Doctor Zarro podría conseguir algo así? -Preguntó escéptico uno de sus contertulios, un oficial Colonial.
 --No lo sé, pero si él no puede ¿Quién podrá? Él descubrió la llegada de la estrella oscura mucho antes de que los científicos pudieran detectarla. Es evidente que debe poseer poderes desconocidos para nuestra ciencia. Yo digo que le demos ese poder absoluto sobre el Sistema que ha pedido, y que le dejemos hacer lo que sea necesario.
 --Eso significaría proclamarle dictador de todo el Sistema, -señaló otro ranchero vecino suyo, también Terrícola.
 --¡Es mejor tener un dictador temporal que ver cómo una catástrofe devasta los nueve planetas!
 El Terrícola acababa de decir lo que pensaba cada vez más gente en todo el Sistema. Los científicos ya se habían equivocado una vez con el Doctor Zarro. ¿Qué pasaría si volvían a equivocarse? La respuesta a esa pregunta podría significar la vida o la muerte de todo el Sistema.

 Más y más personas reconocían creer las advertencias del Doctor Zarro. Y los seguidores del misterioso profeta, su Legión del Destino, comenzaron a aparecer por todo el Sistema. Todos ellos vestían de negro, mostraban un emblema en sus guantes y llevaban un emblema similar en los cascos de sus cruceros espaciales. Volaban a toda velocidad por las rutas espaciales del alarmado Sistema, como correos misteriosos del enigmático Doctor.
 --El Doctor Zarro siempre emite a esta hora, -estaba diciendo la esposa del ranchero-. Veamos si vuelve a hacerlo esta noche.
 Encendieron la telepantalla. Minutos después, la impresionante figura del doctor llenó la pantalla.
 --"Habitantes del Sistema. Vuestros científicos os han dicho que no hay peligro, -exclamó-. ¿Pero dónde están ahora todos esos científicos? ¿Dónde está Robert Jons, el astrónomo Mercuriano que ridiculizó mis advertencias? ¿Dónde está Henry Gellimer, el astrofísico que me denunció como a un farsante? ¿Por qué motivo han desaparecido esos "grandes científicos", que tanto se rieron de mis avisos?
 "¡Esos científicos han escapado del Sistema Solar, para evitar ser aniquilados en la inminente catástrofe! -Tronó el Doctor Zarro-. Han huído con sus familias, escapando al exterior del Sistema en diversas naves espaciales, para esperar hasta que termine la catástrofe, y puedan regresar a lo que quede de los planetas. ¡Se están salvando ellos solos, mientras que vosotros, todos los billones de personas que creéis en ellos, estáis destinados a perecer!"
 Mientras el oscuro profeta desaparecía de la pantalla el ranchero Terrícola y sus amigos, perplejos, intercambiaron miradas.
 --¡Si es cierto que esos científicos han huido del Sistema, eso prueba que el Doctor Zarro tiene razón! -Exclamó el ranchero.
 --No podemos saber lo que ha pasado en realidad... el Doctor Zarro puede estar mintiendo, -dijo preocupado el oficial colonial-. ¡Van a emitir un nuevo comunicado del Gobierno!
 Al momento, la pantalla mostró el rostro preocupado de un oficial del Gobierno del Sistema, emitido en alta frecuencia, pues, ahora, el Gobierno se dedicaba a contestar todas las emisiones del Doctor Zarro, respondiendo con mensajes tranquilizadores. Pero aquel mensaje no resultaba nada tranquilizador.
 --"Gentes del Sistema, es cierto que muchos de nuestros científicos más eminentes, y sus familias, han desaparecido. Pero estamos seguros de que no han huido... creemos que se está llevando a cabo un juego sucio. Le rogamos a todos los habitantes del Sistema que no den crédito a las afirmaciones de ese tal Doctor Zarro, y que, por el contrario, tengan fé en que no hay ningún peligro..."
 --¿Que tengamos fé? -Exclamó el ranchero de Saturno-. ¿Cómo vamos a tener fé en las afirmaciones de los científicos, de que no hay peligro, cuando ellos mismos han decidido huir para salvarse? El peligro es real... ¡Y el Doctor Zarro es la única posibilidad que tenemos para evitarlo!
 --Empiezo a creer que tienes razón, -concedió con preocupación su vecino, también ranchero-. ¡Vamos a tener que obligar al Gobierno para que le entregue todo el poder al Doctor Zarro!

 EN frente de la descomunal torre que albergaba la sede del Gobierno del Sistema, en la ciudad de Nueva York, en la Tierra, se concentraba, aquella noche, una gran multitud.
 --¡El Presidente... y el Consejo... deben resignarse... y entregar el mando al Doctor Zarro... y a la Legión... hasta que pase el peligro! -Gritaba al unísono la muchedumbre.
 James Carthew, el Presidente del Gobierno del Sistema, los observaba desde la ventana de su oficina, contemplando aquella horda rabiosa y aterrorizada, que crecía cada vez más. Su secretario, junto a él, le esperaba ansioso.
 --Esto no puede seguir así, -dijo Carthew firmemente mientras miraba cómo la policía contenía al gentío a duras penas-. Un poco más, y terminarán derrocando el Gobierno por la fuerza.
 Cerró los puños, apretándolos con fuerza.
 --¡Ese tal Doctor Zarro es un astuto intrigante que está jugando con los miedos del Sistema para conseguir un poder dictatorial! ¡Es el complot más diabólicamente ingenioso que jamás ha amenazado a este Gobierno!
 North Bonnel, el joven secretario, sacudió la cabeza, preocupado y lleno de dudas.
 --Pero, señor, -le recordó-, el Doctor Zarro auguró la llegada de la estrella oscura, cuando nuestros mejores científicos, empleando los telescopios más potentes, se vieron incapaces de detectarla.
 --Lo sé, y no sé cómo explicarlo, -admitió Carthew-. Pero eso no cambia el hecho de que nos enfrentamos a un diabólico plan para usurpar el poder de todo el Sistema. No puede existir ningún peligro real en esa estrella oscura que se aproxima, cuando tiene una masa tan ridículamente pequeña. Pero lo único que cree el público es que hay peligro, y el Doctor Zarro alimenta sus miedos a cada hora que pasa.
 La puerta de la oficina se abrió violentamente. El hombre que entró llevaba un uniforme oscuro, con estrellas plateadas en los hombros. Se trataba de Halk Anders, comandante de la Policía Planetaria.
 --Señor, debo informarle, -dijo sin aliento al Presidente, mientras saludaba-, que toda esa muchedumbre se nos está yendo de las manos. En estos instantes, estamos evitando a duras penas que irrumpan en este edificio. He recibido llamadas de los Cuarteles Generales en otros planetas, y la gente se está alzando, también en ellos, reclamando que le otorgue plena autoridad al Doctor Zarro, como medida de emergencia.
 El anguloso rostro de Carthew empalideció.
 --¿Aún no han sido capaces de localizar a ese tal Doctor Zarro? -Exclamó-. Si consiguiéramos arrestarle, y acabar así con esas infames emisiones suyas...
 El corpulento comandante meneó la cabeza.
 --Hemos sido incapaces de encontrar el Cuartel General del Doctor Zarro. Sus emisiones se realizan mediante un nuevo tipo de onda, que no podemos rastrear. Hemos intentado seguir a las naves de la Legión del Destino, pero siempre se las arreglan para despistarnos en medio del espacio.
 --¿Y qué pasa con Jons, Gellimer y el resto de los científicos que han desaparecido? -Preguntó Carthew-. ¿Han averiguado algo?
 --No, señor.
 North Bonnel se volvió hacia su superior, con expresión abatida.
 --¿Qué vamos a hacer, señor? ¡Si el terror del público sigue aumentando a este ritmo, el Gobierno caerá en las manos del Doctor Zarro en menos de una semana!
 El rostro de James Carthew seguía pálido. Miró hacia afuera, a través de la ventana lateral de la elevada estancia, en dirección a la Luna llena que se alzaba mayestática en los cielos, como un gran escudo plateado.
 --Sólo hay un hombre que puede combatir los planes del Doctor Zarro, si es que alguien puede, -musitó-. No deseaba tener que recurrir a llamarle, pues no es de esa clase de hombres que se mezclan con los asuntos que las autoridades pueden manejar...
 El secretario se puso tenso, y sus labios temblaron.
 --¿Se refiere al... Capitán Futuro?
 --Si, al Capitán Futuro, -dijo el Presidente, con los ojos aún fijos en la Luna saliente-. Si alguien puede detener al Doctor Zarro y a su Legión, eson son el Capitán Futuro y sus tres extraños camaradas.
 Se dió la vuelta abruptamente, con una determinación desesperada escrita en su rostro marcado por la preocupación.
 --¡Bonnel, quiero que televise de inmediato una orden, para que envíen la señal sobre el Polo Norte!

 Media hora más tarde, por encima de las gélidas llanuras de los eternos hielos del Polo Norte, se vislumbró una enorme flor de fuego, producto de la detonación de una deslumbrante bengala de magnesio. Su intensidad era tal, que resultaba visible desde el espacio. Su brillo intenso y parpadeante lanzaba, en silencio, una urgente llamada, a través del vacío espacial.
 --"¡Llamando al Capitán Futuro!"
 ¡Se convocaba así al gran enemigo del mal, para que se enfrentara a los planes del misterioso Doctor Zarro, que deseaba dominar a la humanidad!
 
 

CAPITULO II
Los Hombres del Futuro






 Una llanura desolada, de un blanco mortecino, se extendía por la superficie de la Luna. Bajo el resplandor del ardiente sol, las planicies lunares permanecían en eterno silencio, hasta tocar los colosales cráteres, que se alzaban como fauces amenazadoras. En aquel mundo desolado no había aire, sonidos, ni vida humana... excepto en cierto lugar. Bajo la superficie del fondo del Cráter Tycho algo parecía brillar, como si fuera un lago de cristal. Se trataba de un enorme ventanal de glasita, empotrado en la roca lunar. Bajo aquel ventanal, excavada en la suave roca, se hallaba la caverna artificial que servía de hogar, y de laboratorio del hombre más famoso de todo el Sistema... el Capitán Futuro.
 El gran laboratorio de la morada subterránea se hallaba bañado por la luz que penetraba a través del ventanal. Había allí toda clase de extraños mecanismos y aparatos singulares, dispuestos de un modo peculiar. Generadores gigantescos y condensadores que podían almacenar cantidades ilimitadas de energía atómica. Grandes telescopios y spectro-telescopios cuyos tubos sobresalían sobre la superfcie lunar.
 Instrumentos químicos y eléctricos, de increible diseño y gran complejidad. ¡Todo el equipo del más grande maestro de la ciencia de todo el Sistema!
 Dos individuos trabajaban en tensión en una esquina del laboratorio, y se podía escuchar sus palabras, por entre el murmullo de la maquinaria.
 --¿Cortamos ya el flujo de electrones, Simon? -Preguntaba una voz clara y profunda.
 --Aún no, Curtis, -respondió la voz del otro sujeto, con un sonido metálico e inhumano-. La transmutación no ha concluido todavía.
 Los dos individuos estaban trabajando con una máquina esférica, en la que diversos generadores atómicos estaban insuflando grandes cantidades de energía.
 Uno de los sujetos era un joven pelirrojo, de estatura elevada, que vestía un mono de seda sintética, de color gris. Su figura esbelta, ancha de hombros, se alzaba a más de un metro noventa del suelo. Su rostro apuesto y bronceado y sus brillantes ojos grises mostraban un cierto toque de humor constante, que no podía ocultar una aguda inteligencia y una férrea determinación.
 En su mano izquierda llevaba un gran anillo... un anillo cuyas nueve diminutas joyas se movían gracias a un minúsculo motor atómico, que las hacía rotar lenta y contínuamente alrededor de una joya central. Aquel anillo, cuyas joyas representaban los nueve planetas, era conocido en todo el Sistema como el emblema identificativo del Capitán Futuro, mago de la ciencia e implacable enemigo del mal.
 El Capitán Futuro... o Curtis Newton, que era un nombre que pocos conocían... se alzaba expectante frente a los mandos de la máquina esférica. Sobre un pedestal, observando las evoluciones del aparato, se hallaba su compañero de trabajo.
 Se trataba de Simon Wright, el Cerebro. Pues era, sencillamente, eso... un cerebro humano vivo, carente de cuerpo. En su lugar, el cerebro se hallaba albergado en un tanque de suero cúbico y transparente, que contaba con un aparato resonador para la voz, sobre el cual se movían sus ojos retráctiles y lenticulares.
 --La transmutación casi se ha completado, -declaró el Cerebro con su voz metálica y artificial, mientras sus lentes oculares observaban atentamente los indicadores-. Estate preparado para cortar el flujo de electrones.
 Un momento después, dijo rápidamente:
 --¡Ahora!
 Curt Newton bajó al instante el interruptor. El bombardeo de energía recibido por la esfera cesó de inmediato.
 El científico pelirrojo desbloqueó una portilla, y la abrió. Del interior de la esfera manó un torrente de un extraño polvo blanco.
 --¡Lo hemos logrado! -Exclamó Curt-. Cien libras de cobre transmutadas en un isótopo puro de borio.
 Retrocedió un paso y le dedicó una sonrisa al Cerebro.
 --¡Guau! ¡Menudo logro! Esto va a ahorrarnos más de un viaje a Urano, para conseguir este isótopo tan raro.
 --Si, muchacho, -carraspeó el Cerebro-. Esta transmutación de elementos es, hasta la fecha, uno de tus logros científicos más importantes.
 Los ojos grises de Curt brillaron de buen humor.
 --Eres un sinvergüenza, Simon, -acusó-. Sabes tan bien como yo que jamás habría podido conseguirlo si tú no hubieras trabajado conmigo.
 En aquel momento, escucharon una súbita explosión de voces airadas, que parecían discutir acaloradamente en otra de las cámaras de la morada subterránea. Una de ellas era un voz alta, atronadora, y de sonido mecánico. La otra voz era siseante, sibilina y furiosa.
 --¡Ya están otra vez Grag y Otho chinchándose el uno al otro! -Exclamó impaciente el Capitán Futuro-. Te juro que esos dos van a terminar volviéndome loco.
 Subió la voz para llamarles.
 --¡Grag! ¡Otho!
 Dos criaturas de una apariencia extrañamente inhumana entraron en el laboratorio, como respuesta a su llamada.
 Uno de ellos era un androide de piel blanca y gomosa, un hombre sintético. Otho, el androide, poseía una figura humanoide, y su carne sintética había sido modelada según la forma humana, en el momento de ser creado. Pero su cara y su cabeza, blancas y sin cabello, y sus rasgados ojos verdes, que ahora brillaban de ira, no se parecían a los de ningún hombre. Tampoco ningún ser humano habría podido moverse con su increible rapidez y agilidad.
 Grag, el robot de metal, era el segundo en discordia. Con una impresionante estatura de dos metros diez, sus poderosos brazos de metal poseían una fuerza increible. Los rasgos principales de su bulbosa cabeza de metal eran sus dos ojos foto-eléctricos, que brillaban con luz propia, y la apertura, similar a una boca, que contenía su mecanismo de habla. No había una sola criatura en todo el Sistema más fuerte que Grag, el robot.
 Subido en el hombro de Grag había un pequeño y curioso animal, compuesto por carne inorgánica de silicio, y que recordaba ligeramente a un oso, con fuertes garras, un hocico alargado, lobuno e inquisitivo, y unos brillantes ojillos negros. Era un cachorro de lobo lunar, una de esas extrañas criaturas que no necesitaban respirar, que vivían en las llanura lunares, y que asimilaban los nutrientes que necesitaba mediante la ingestión directa de minerales, que eran capaces de destrozar, merced a sus poderoso dientes. En aquellos instantes, la pequeña criatura gris se hallaba distraida masticando una pequeña pieza de cobre.
 --¿Y ahora, qué diablos os pasa a vosotros dos? -Preguntó el Capitán Futuro al robot y al androide-. ¿Acaso Simon y yo no podemos trabajar durante un solo minuto sin que vosotros dos os pongáis a discutir?
 --¡Es culpa de Grag! -Siseó Otho furioso. Señaló al pequeño animalillo gris-. ¡Esa maldita mascota suya acaba de comerse una de mis mejores pistolas!
 GRAG, el robot, palmeó protectoramente al pequeño cahorro de lobo lunar con su enorme manaza de metal.
 --No es culpa de Eek, jefe, -le dijo al Capitán Futuro con genuina indignación-. Eek estaba hambriento... y le encanta el cobre.
 --¡O se marcha ese lobezno lunar o me voy yo! -Estalló el androide-. Esa bestia se zampa cualquier cosa de metal sobre la que pone las fauces... ¡Y encima, cuando come algún tipo de metal precioso, le dá por emborracharse y ponerse a aullar! Y tiene otros muchos hábitos que le convierten en una plaga. Ha sido una locura que Grag atrapara a esta maldita cosa y decidiera adoptarla como mascota.
 --A nosotros, los humanos, nos gusta tener mascotas, -se defendió el robot-. Otho no lo entiende, jefe, porque no es humano como nosotros.
 --¿Que tú eres humano? -Aulló Otho furioso-. ¡Pero si no eres más que un electrodoméstico andante, y cualquiera puede ver que yo soy un humano de carne y sangre, mientras que tú no eres más que una máquina parlante! Si yo...
 --¡No empecéis otra vez con esa discusión! -Les interrumpió el Capitán Futuro-. Ya la he oido bastantes veces.
 --Si, yo también, -carraspeó Simon Wright, el Cerebro, con sus lentes oculares fijas en los dos contendientes-. Siempre estáis discutiendo acerca de quién es más humano de los dos. Y yo, que una vez fui humano de verdad, os puedo asegurar que no merece la pena discutir sobre ello.
 --Simon tiene razón, -dijo Curt Newton severamente-. Cada vez que tenéis un poco de tiempo libre, empezáis a provocaros el uno al otro, y me estoy empezando a cansar de ello.
 A pesar de su tono severo, y mientras observaba al robot, el androide y el Cerebro, los ojos grises del aventurero científico no pudieron ocultar un marcado afecto hacia sus compañeros.
 ¡Pues aquellos eran los Hombres del Futuro, el leal trío de camaradas que, junto a él, habían combatido y navegado por todos los confines del Sistema Solar! Sus tres extraños camaradas, inhumanos en aspecto pero sobrehumanos en habilidades, que habían permanecido a su lado en más de una situación desesperada, en el espacio de nuestro sol. Y, aún más, los tres seres que habían criado a Curt Newton desde su más tierna infancia hasta convertirle en un hombre, en aquella caverna de la Luna.
 Veinticinco años antes, los padres del Capitán Futuro habían viajado en secreto a la Luna. Roger Newton era un joven biólogo Terrícola que poseía un gran sueño: esperaba crear vida artificial... criaturas vivas e inteligentes que pudieran servir a la humanidad. Pero su obra estaba en peligro. Ciertos individuos ambiciosos habían seguido sus descubrimientos científicos, e intentaron robarlos.
 Roger Newton había decidido buscar refugio en la inhóspita y deshabitada Luna. Había alunizado en secreto, a bordo de un pequeño cohete, y con él viajaban su joven esposa, Elaine, y su leal ayudante y compañero de investigaciones, Simon Wright, el Cerebro.
 Simon Wright había sido un afamado científico, anciano y decrépito, que estaba a punto de morir debido a una enfermedad incurable. Mediante una brillante operación, Newton había extraido el cerebro de Simon y lo había transferido a un tanque especial de suero. A partir de entonces, el Cerebro había sido su amigo más leal.
 Newton, su joven esposa y el Cerebro lograron llegar a salvo a la Luna, y construyeron una morada subterránea, bajo el Cráter Tycho. Fue allí, poco después de su llegada, donde nació el hijo de aquel hombre y aquella mujer... un infante al que pusieron de nombre Curtis. Y fue ellí, también, donde comenzaron su tarea de crear seres vivos artificiales.
 Grag, el robot, fue la primera criatura creada por Roger Newton y el Cerebro. Su segunda creación no estaba formada de metal, sino de una carne plástica sintética, que modelaron según la figura humanoide de un androide... Otho, el hombre sintético. Aquellas dos criaturas artificiales, inteligentes, fuertes y leales, demostraron a Roger Newton que, por fín, había logrado alcanzar su meta.
 Pero entonces se desencadenó el desastre. Los sujetos malvados que codiciaran los secretos científicos de Newton le habían seguido el rastro hasta la Luna. Se produjo una lucha... y Roger Newton y su joven esposa fueron asesinados, antes de que el robot y el hombre sintético acabaran, a su vez, con sus asesinos.
 Moribunda, Elaine Newton confió a su bebé al cuidado de las tres criaturas inhumanas: Cerebro, robot y androide. Les rogó que lo criaran, hasta alcanzar la madurez, y que le inculcaran odio contra todos aquellos que desearan emplear los avances de la ciencia con fines malvados... y que le entrenaran para convertirse en el adversario implacable de todos aquellos que desearan oprimir o explotar a las gentes del Sistema. Simon Wright, Grag y Otho habían sido fieles a dicha promesa. Habían criado y educado al pequeño Curtis Newton hasta su madurez. Y el Cerebro, con su portentoso conocimiento científico, le había enseñado de tal modo que convirtió al muchacho en un verdadero mago de la ciencia, que sobrepasaba con creces las habilidades científicas de su profesor. Grag, el robot, el ser vivo más fuerte que se conocía, se dedicó a cultivar la fuerza del muchacho, hasta convertirla en sobrehumana. Y Otho, el androide, la más ágil y veloz de todas las criaturas, le había entrenado hasta conseguir que su destreza y velocidad fueran inigualables.

 Así fue como Curtis Newton creció hasta hacerse un hombre, en la solitaria morada lunar, junto a sus tres tutores inhumanos. Cuando alcanzó la madurez, el Cerebro le había narrado la historia de sus orígenes, y le repitió el último deseo de su agonizante madre, de que se convirtiera en el campeón de los habitantes del Sistema, contra todos los que amenazaran con oprimirles.
 --¿Harás tuya esta cruzada contra el mal interplanetario, Curtis? -Le había preguntado el Cerebro-. ¿Te embarcarás en esta cruzada, en esta lucha por el futuro del Sistema?
 Y Curtis Newton había tomado su fatídica decisión, una que estaba destinada a cambiar la historia.
 --Si, Simon... alguien tiene que interceder entre las gentes del Sistema y sus explotadores. Y, con vosotros tres ayudándome, lo lograremos. -Y había añadido, en tono de humor-: Ya que dices que lucharemos por el futuro de todo el Sistema, creo que me haré llamar... Capitán Futuro.
 Entonces, como Capitán Futuro, Curt le había ofrecido sus servicios al Presidente del Sistema, en la guerra contra el crimen interplanetario. Al principio, dudando aún de aquel extraño joven pelirrojo, había sido necesaria una emergencia desesperada para que el Presidente le pidiera ayuda.
 El Capitán Futuro y los hombres del Futuro habían demostrado su poder, su rapidez y su constancia. Desde entonces, el Presidente les había llamado en numerosas ocasiones, empleando la señal acordada. Y en todas aquellas ocasiones, Curt Newton y sus tres extraños pero leales camaradas habían acudido prestos para enzarzarse en peligrosos combates.
 Ahora que observaba a sus tres camaradas, Curt recordaba todo aquello.
 --Para mi, vosotros dos sois mucho más que humanos, -dijo de modo impulsivo a Grag y Otho-. De modo que ¿Por qué no dejáis de una vez esta perpetua discusión acerca de quién es el más humano de los dos?
 --Otho es demasiado presumido, -tronó Grag, acunando al cachorro lunar en su enorme brazo de metal-. Debería recordar más a menudo que a mi me crearon antes que a él.
 --Claro que si... y resultaste un fracaso tal, que tuvieron que esforzarse al máximo e intentarlo de nuevo, hasta que me crearon a mi, -se burló Otho, con una expresión irónica en sus rasgados ojos verdes.
 --¿Por qué le dejas hablar así, jefe? -Se quejó Grag ante Curt Newton-. Él...
 --¡La señal! -Exclamó de súbito el Cerebro. Las lentes ocualres de Simon habían estado mirando a través del ventanal, en dirección a la gran esfera verde de la Tierra. El grito dado por el Cerebro hizo que los otros tres miraran al instante hacia arriba. Allí, sobre el enorme y nublado planeta verde que parecía colgar en el espacio estrellado, por encima de la gran mancha blanca del Polo Norte, un palpitante punto de luz brillaba intermitente.
 --¡Es la señal! -Dijo gravemente el Capitán Futuro-. Nos necesitan.
 El bronceado rostro del Capitán Futuro había cambiado su expresión, que se había vuelto sombría. Las aletas de su nariz se habían ensanchado, y sus brillantes ojos grises poseían ahora un brillo escalofriante, y similar al del acero. Los Hombres del Futuro fueron presas de la misma emoción. ¡La llamada de la Tierra! ¡La consigna que les llamaba, a los cuatro, para pasar a la acción! Era esperando dicha llamada, que aguardaban largas semanas, viviendo y trabajando en el laboratorio lunar.
 La voz del Capitán Futuro sonó como una rugiente trompeta que les convocara a la batalla.
 --¡Al Cometa! Esa llamada no admite demora de ningún tipo. El Presidente nunca llama por cosas sin importancia.
 --Llévame, Grag, -carraspeó la voz calmada y mecánica del Cerebro.
 El robot agarró el asa del tanque cúbico del Cerebro. Con el cachorro lunar colgado del otro brazo, Grag siguió con rápidas zancadas los pasos de Curt Newton y Otho. Diez minutos después, una pequeña nave con forma de gota despegaba de un hangar subterráneo en la superficie de la Luna. Se trataba del Cometa, el velocísimo transporte de los Hombres del Futuro, conocido a lo largo y ancho del Sistema como la nave más veloz del espacio.
 Menos de dos horas después, tal era su velocidad, el Cometa rugió al atravesar la estratosfera del lado oscuro de la Tierra. Curt Newton lanzó la pequeña nave directamente hacia la gran Torre del Gobierno, que sobresalía por encima de los demás edificios, en la resplandeciente Nueva York.
 El Cometa se posó sobre la punta truncada de la torre. Mientras Curt y los Hombres del Futuro salían de la nave, observaron que, en la plaza que se extendía más allá, una gran muchedumbre se agolpaba violentamente intentando romper los cordones policiales.
 Curt apretó los labios.
 --Por el aspecto que presenta esto, algo debe de ir condenadamente mal. Vamos... Démonos prisa...
 Se apresuraron a descender por unas escaleras, que conducían directamente hasta la oficina privada del Presidente del Sistema. Los tres hombres presentes en la oficina, Carthew, su secretario y el Comandante Anders de la Policía Planetaria, se dieron la vuelta sobresaltados.
 --¡Capitán Futuro! -Exclamó Carthew, con la voz chillona por el alivio, mientras avanzaba a su encuentro.
 El joven Bonnel y el robusto Comandante, no sin asombro, al joven mago de la ciencia y a sus compañeros.
 La elevada figura de Curt Newton irradiaba poder y confianza, al igual que el insólito trío de Hombres del Futuro que permanecían junto a él... el gigantesco Grag, el Cerebro que llevaba a cuestas, y el gomoso androide.
 --¿Qué ha sucedido, señor? -Preguntó Curt al Presidente-. ¿Qué es lo que quiere todo ese gentío?
 --¡Quieren que le entregue el Gobierno del Sistema al Doctor Zarro y a su Legión! -Estalló Carthew.
 --¿Al Doctor Zarro? -Curt frunció el ceño-. ¿Quién demonios es ese tipo?
 --¿No ha oido hablar de él? -Exclamó Bonnel incrédulo-. Pero si todo el Sistema ha escuchado sus emisiones sobre el sol negro.
 --¿Qué Sol negro? -Saltó el Capitán Futuro-. No sabía nada de eso. Simon y yo llevamos varias semanas enfrascados en ciertos experimentos de electrónica avanzada. Cuénteme lo que ha sucedido.
 James Carthew se lo resumió, con palabras apresuradas y temblorosas.
 --¡Y ahora, las nueve décimas partes de la población creen por completo en las advertencias del Doctor Zarro! -Finalizó Carthew con voz ronca-. Quieren que le ceda todo el poder, porque dice tener los medios para evitar el desastre.
 Los ojos grises de Curt se entrecerraron.
 --Obviamente, ese tal Doctor Zarro se está limitando a usar la estrella oscura como pretexto para obtener un poder dictatorial. ¿Dice usted que los astrónomos del Sistema están convencidos de que no hay un auténtico peligro con ese sol negro?
 --Si. Todos estuvieron de acuerdo en que la estrella oscura posee una masa demasiado ridícula como para constituir una amenaza. Aunque resulta difícil creer que un cuerpo astral tan enorme pueda tener una masa tan pequeña.
 --Simon y yo lo comprobaremos, examinando la estrella oscura por nuestra cuenta, -musitó Curt-. Pero lo primero que hay que hacer es atrapar a ese Doctor Zarro, y silenciarle, antes de extienda aún más el pánico.
 El Comandante Anders negó con la cabeza, desesperanzado.
 --¡No hay modo de encontrar al Doctor Zarro! Resulta imposible localizar la base oculta que están empleando él y su Legión. Y continúan desapareciendo más científicos... ¡Kansu Kane, el astrofísico del Observatorio de Venus, ha desaparecido hace sólo una hora!
 --Es lógico suponer que la Legión del Doctor Zarro está detrás de esas desapariciones, -dijo Curt-. Debemos establecer un punto de partida. Creo que iremos a Venus e intentaremos encontrar alguna pista...
 De repente, la telepantalla del escritorio zumbó inesperadamente. El Comandante Halk Anders se lanzó hacia ella.
 --Ordené que me pasaran aquí todas las transmisiones de Venus, -exclamó-. Puede que se trate de alguno de los agentes que tengo allí... -Apretó un botón. En la pantalla apareció el rostro de una bellisima joven Terrícola, con el cabello oscuro y ondulado. Su rostro pequeño y firme estaba pálido, y sus ojos color avellana brillaban de emoción.
 --¡Joan Randall! -Exclamó Curt Newton.
 Había reconocido a la muchacha como a una de los mejores agentes secretos de la Policía Planetaria. Recientemente, la joven le había ayudado en Júpiter, en el caso del Emperador del Espacio.
 --¡Capitán Futuro! -Exclamó la joven con deleite- Entonces, ¿También tu estás trabajando contra el Doctor Zarro? ¡Gracias al Cielo! -Continuó hablando, con precipitación-. Creo que he dado con una pista hacia ese tal Doctor Zarro. Yo estaba aquí, en Venus, cuando el científico Kansu Kane desapareció hace una hora. Ha sido raptado por la Legión del Destino. Le he seguido la pista a los hombres de la Legión, que lo llevaron a su nave, y les he oído decir que su próximo trabajo iba a ser secuestrar a Gatola, el astrónomo Marciano...
 Joan calló de repente. Luego exclamó:
 --¡Alguien está intentando entrar aquí! Si los hombres de la Legión me vieron y me han seguido...
 De improviso, desapareció de la pantalla. Escucharon el sonido de una puerta destrozada, y luego un grito de mujer. La telepantalla se apagó.
 --¡Joan! -Exclamó el Capitán Futuro. No hubo respuesta.
 --¡Parece que los de la Legión del Destino se dieron cuenta de que les estaba espiando! ¡La han raptado a ella también, muchacho! -Carraspeó el Cerebro.
 
 

CAPITULO III
En el Desierto Marciano






 El frío viento de la noche que azotaba los desiertos Marcianos, parecía murmurar misteriosas palabras sobre su imponente pasado. Suspiraba como un hálito, como un aliento alienígena, en dirección a las iluminadas torres de Syrtis, la metrópolis ecuatorial de Marte, que se alzaba en la distancia.
 Allí afuera, en el desierto iluminado por la luna, a un par de kilómetros de la ciudad de Syrtis, el Cometa yacía inmóvil, oculto entre dos grandes dunas de arena. En el interior de la pequeña nave, en el laboratorio super-compacto que ocupaba la sección central, el Capitán Futuro se preparaba con celeridad para una peligrosa tarea.
 Su cabello rojo cai tocaba el techo, mientras su elevada figura caminaba de un lado a otro, explicando su plan a los Hombres del Futuro.
 --¡Es nuestra única posibilidad de liberar a Joan Randall de las garras de la Legión del Destino, y de conseguir una pista que nos lleve hasta el Doctor Zarro! -Explicó, con un brillo ferviente en los ojos-. Por ese motivo insistí en partir de inmediato de la Tierra y venir directamente a Marte, nada más darnos cuenta de que Joan había sido capturada. Joan dijo que la Legión, o quienquiera que fuera el que había secuestrado a Kansu Kane, pensaba dirigirse a continuación a Marte, para abducir a Gatola, el astrónomo y director del Observatorio de Syrtis. Para intentarlo, deberían llegar esta misma noche. ¡Y cuando vengan, les estaré esperando!
 Las lentes oculares del Cerebro observaban, llenas de dudas, el vehemente rostro del joven mago de las ciencias.
 --Pero si los hombres de la Legión escucharon a Joan hablarnos de sus planes, no creo que sean tan estúpidos como para venir aquí, -objetó.
 --Dudo mucho que la oyeran. De todos modos, deberemos correr el riesgo. Cuando vengan a secuestrar a Gatola, llevarán consigo, como cautivos, a Joan y a Kansu Kane. Volveremos las tornas de este asunto... si tenemos suerte.
 Grag, el robot, movió incómodo su enorme cuerpo metálico. Había permanecido escuchando junto a Otho y el Cerebro, mientras el pequeño cahorro lunar de ojos brillantes masticaba a sus anchas un trozo de cobre, subido en su brazo.
 --Desde luego, podemos de sobra con esos hombres de la Legión, Jefe, -dijo con tosca sutileza.
 Curt le sonrió.
 --No será tu caso, Grag... tu te quedarás aquí, en la nave, junto a Simon. Otho vendrá conmigo.
 --¡Siempre te lo llevas a él! -Se quejó Grag en voz alta-. ¿Por qué no puedo ir yo también?
 Otho lanzó una risa burlona.
 --¿No pensarás que queremos con nosotros a una masa de maquinaria metálica montando un escándalo por toda la ciudad? Tu te quedas aquí, con tu pequeña mascota rabiosa... y ten cuidado de que no se coma mi equipo, o me encargaré de lanzarla al espacio cuando menos se lo espere.
 Eek, el grisáceo cachorro de lobo lunar, levantó su agudo hocico hacia Otho y bufó furiosamente, mientras sus afilados dientecillos rechinaban.
 El cachorro lunar era telépata, pues aquel era el único medio de comunicación que poseían las especies que vivían en la Luna, dado que en ella no había aire ni sonido. Había entendido por completo el desdén de Otho, y se lo devolvía de todo corazón.
 --¡Has herido los sentimientos de Eek! -Tronó Grag airado-. Siempre la estás tomando con él, sólo porque, en ocasiones, mastica un poco de metal.
 --¿"Un poco"? -Coreó Otho-. ¡Esa maldita bestia se ha comido hoy media viga metálica, antes de que la detuviéramos!
 Curt Newton se había dado la vuelta, y hablaba con vehemencia al Cerebro, cuyo tanque descansaba en un pedestal especial.
 --Simon, mientras estoy fuera, podrías realizar algunos estudios fotográficos y espectroscópicos de la estrella oscura. Especialmente, necesitamos medir su masa con cierta precisión.
 --De acuerdo, muchacho, -carraspeó el Cerebro-. Lo tendré todo listo en unas pocas horas.
 La sección central del Cometa, en la que se hallaban en aquellos instantes Curt y los Hombres del Futuro, contenía todo el equipo que el Cerebro pudiera necesitar para sus investigaciones. Desde electro-telescopios, espectro-telescopios, o bolómetros, hasta compactos espectro-heliógrafos se almacenaban en la esquina dedicada a la ciencia astronómica. Un maravilloso equipo fotográfico ocupaba un lugar próximo a éste, y contenía espectros de todos los cuerpos celestes del Sistema, así como de miles de estrellas, y ejemplos atmosféricos de todos los planetas.
 Y aún así, aquella era tan sólo una esquina del laboratorio volante del mago de la ciencia. La sección botánica incluía cientos de especímenes vegetales, así como drogas naturales de muchos planetas. En la sección mineralógica había ejemplos de minerales, recolectados desde Mercurio hasta Plutón. La sección química contaba con contenedores de todos los elementos conocidos por la ciencia, así como una maravillosamente completa colección de aparatos de química.
 En la esquina dedicada a la bio-medicina se hallaban, comprimidos, todos los instrumentos necesarios para una investigación biológica exhaustiva, además de una mesa plegable de operaciones, en la que el Capitán Futuro había ejercitado en más de una ocasión sus extraordinarias habilidades como cirujano.
 El laboratorio se completaba con una exhaustiva biblioteca de libros de consulta... pese a lo cual, era una biblioteca sin libros. Se trataba de una cabina cuadrada de metal, que contenía todos y cada uno de los libros científicos y monografías de cierto valor que se hubieran publicado jamás, pero reducidas a tamaño de microfilms, que podían ser leídos mediante un aparato especial.
 --Yo me encargaré de comprobar los datos de la estrella oscura, -repitió el Cerebro, dirigiéndose a Curt-. ¡Pero tu ten mucho cuidado, muchacho!
 --Yo me cuidaré de que no corra riesgos innecesarios, Simon, -prometió Otho solemnemente.
 --¿Y quién cuidará de tí, imprudente buscador de líos? -Preguntó el Cerebro al androide-. Atraes los problemas como un imán.
 Curt se rió al ver la cara que ponía el androide.
 --Vamos, Otho... el observatorio está al otro lado de Syrtis, a tres kilómetros de aquí. Debemos apresurarnos.

 Emergieron al frío estremecedor de la noche Marciana, y cruzaron las dunas de arena en dirección a las iluminadas torres de Syrtis; Curt se desplazaba con grandes zancadas, mientras que Otho se deslizaba tan ligero y silencioso como una sombra.
 Curt miró hacia arriba, en un impulso, hacia Fobos y Deimos, las dos brillantes lunas que iluminaban el interminable desierto. Habían pasado varios meses desde la última vez que estuviera en Marte, pero la magia de aquel viejo mundo viejo de susurrantes desiertos le inspiraba de un modo especial.
 Ante ellos se alzaba la ciudad. Se trataba de la típica urbe Marciana, de esbeltas torres de piedra cuyas cubiertas cónicas eran aún más altas que la torre misma, otorgándole un aspecto de macicez. Un revoltijo de serpenteantes galerías y escaleras unía unas torres a otras. Semejante estilo arquitectónico sólo resultaba posible en un mundo como aquel, de baja gravedad.
 El Capitán Futuro observó que el centro de la ciudad, brillantemente iluminado, estaba atestado de gente. Desde la plaza se escuchaba una algarabía de voces excitadas.
 --¿Vamos allá, a ver qué es lo que pasa? -Preguntó ansioso Otho. El despreocupado androide no podía evitar que le atrajera la emoción.
 --No, ya tenemos demasiadas cosas que hacer, -le dijo Curt con severidad-. No podemos perder un solo instante en llegar al Observatorio.

 Otho y él evitaron las atestadas calles principales, manteniéndose ocultos bajo sus capas con capucha, que llevaban bajada sobre la cabeza.
 La muchedumbre la componían colonos Terrícolas, plantadores, mineros y marinos espaciales. Pero los superaban en número los grupos de nativos Marcianos, gentes de pecho amplio y miembros robustos, con piel rojiza, curtida como el cuero y cabezas calvas.
 El Capitán Futuro escuchó cómo un oficial colonial Terrícola hablaba con ruda vehemencia, dirigiéndose a la multitud.
 --¡No dejéis que las emisiones alarmistas del Doctor Zarro os empujen a cometer un terrible error! -Gritaba-. El Gobierno y los científicos nos han asegurado que la estrella oscura no supone ningún peligro...
 --¡Los científicos! -Se burló una fiera voz Marciana-. ¡Pero si al principio hasta negaron que hubiera una estrella oscura! Y ahora, la mayoría de ellos han escapado del Sistema, para su seguridad.
 --¡Si! -Aulló un coro de voces, secundándole-. No pueden ayudarnos en esta situación. El Doctor Zarro es el único que puede salvarnos. ¡Dadle al Doctor Zarro el poder que está pidiendo!
 --¡Locos estúpidos! -Murmuró Otho-. Están rogando que les gobierne un dictador, sólo porque están asustados por un puñado de mentiras.
 El bronceado rostro de Curt tenía una expresión grave.
 --A menos que el Doctor Zarro y sus emisiones se detengan pronto, terminará siendo el dictador del Sistema. Las cosas están peor de lo que pensaba... ¡Tenemos muy poco tiempo!
 El androide y él se abrieron paso por la ciudad, y no tardaron en alcanzar el Observatorio de Syrtis. Se hallaba en las afueras de la ciudad, junto al desierto, con su enorme cúpula alzándose negra y silenciosa.
 En el interior en penumbra, un Marciano rojo, calvo y de mediana edad, se hallaba sentado, enfrascado en sus cálculos, frente a un escritorio iluminado situado bajo el gran telescopio. Se levantó de un salto cuando descubrió la presencia de Curt y del androide inhumano.
 --Qué... quién... -balbuceó. Entonces, cuando Curt extendió la mano izquierda, observó su gran anillo-. ¡Capitán Futuro!
 --¿Es usted Gatola, el director del Observatorio? -Preguntó Curt cortante.
 El Marciano, observándole anonadado, asintió.
 --Un grupo de la Legión del Destino se dirige hacia aquí para secuestrarle. Llegarán en cualquier momento.
 Gatola abrió los ojos como platos.
 --Por los Dioses de Marte. Si me...
 --Pero, para cuando lleguen, usted ya no estará aquí, Gatola, -prosiguió Curt-. Otho, mi compañero, tomará su lugar.
 Se volvió hacia el androide.
 --Muy bien, Otho... maquíllate como este Marciano. ¡Y date prisa!
 --¿Alguna vez me demoro? -Susurró Otho indignado. Estaba extrayendo su equipo de disfraces del interior de una pequeña cajita que llevaba en el cinturón.
 Usando un pequeño frasco de plomo con spray, Otho se regó la cabeza y el cuerpo con un aceite químico incoloro.
 La gomosa y blanquecina carne sintética de Otho no se parecía en absoluto a la carne ordinaria. Podía ser reblandecida mediante agentes químicos, y, cuando se volvía maleable, resultaba tan plástica y fácil de modelar como la arcilla. Esa cualidad hacía del androide el mayor maestro del disfraz de toda la historia del Sistema.
 En pocos minutos, la extraña carne de Otho se volvió blanda y suave, casi viscosa... todo, excepto sus manos, que había puesto mucho cuidado en no exponer al agente químico. Entonces, comenzó a modelar la carne de su cuerpo, formando nuevos rasgos... ¡Como si fuera un escultor que trabajara en sí mismo!
 Modeló sus piernas volviéndolas más delgadas, casi escuálidas, a semejanza de las del Marciano. ExpandIó su pecho. Y, finalmente, modeló su rostro hasta lograr una réplica exacta, rasgo por rasgo, de la cara de Gatola.
 Entonces, su carne se endureció, volviéndose firme de nuevo, y manteniendo los nuevos rasgos. Velozmente, Otho se tiñó la piel con un compuesto rojizo, que extrajo de su bolsa de maquillajes. Por fín, Otho se había convertido en una réplica exacta de Gatola... era como si fuera su hermano gemelo.
 --Trabajo terminado, Jefe, -informó Otho al Capitán Futuro, hablando con una precisa imitación de la voz del Marciano.
 Los ojos de Gatola estaban abiertos de puro asombro. Pero Curt no le dejó al Marciano el menor tiempo para manifestar su maravilla.
 --Váyase al instante, Gatola, -ordenó el Capitán Futuro-. Otho se encargará de tomar su lugar esta noche. ¿Lo entiende?
 --No entiendo nada, -dijo el Marciano, perplejo-, pero me iré. Me marcho a casa, y me quedaré allí.
 Cuando el Marciano hubo salido, Curt le dió a Otho las últimas instrucciones.
 --Si aparece la Legión del Destino, aterrizarán en el exterior. Al menos una parte de su tripulación subirá aquí, para secuestrar a Gatola... es decir, a ti. Quiero que discutas con ellos, que te resistas, que hagas cualquier cosa, excepto hacerte matar, para entretenerles aquí dentro. Eso me dará la oportunidad que necesito para entrar en su nave, y liberar a Joan y a Kansu Kane.
 --¡Creo que vas a arriesgarte demasiado! -Protestó Otho-. ¿Por qué no avisamos para que un escuadrón de la Policía Planetaria se embosque aquí para apresar a esos diablos misteriosos en cuanto aparezcan?
 --La Legión podría resistirse, y Joan podría morir en la escaramuza, -argumentó Curt-. Y cuento con obtener alguna pista que nos lleve hasta el Doctor Zarro, dependiendo de lo que ella haya descubierto.
 --¡Y además, estás bastante preocupado por esa muchacha policía! ¿Verdad que si? -Preguntó Otho con malicia.
 Curt le pegó una colleja que hizo trastabillar al sonriente androide.
 --Este no es momento para tus tonterías. Colócate junto al telescopio e intenta actuar como si de verdad supieras algo de astronomía.
 --¿Qué quieres decir con eso de que "actúe"? -Siseó Otho indignado-. Sé mucho más sobre los otros planetas de lo que puedan saber estos viejos que se quedan sentados observándolos a distancia. Yo no estudio astronomía... ¡La vivo!
 Riendo a carcajadas, Curt se apresuró a salir del observatorio en penumbra. Se agazapó en las sombras, aflojando la pistolera de su arma de protones, y se preparó para esperar. El tiempo pasaba lentamente. Pero el Capitán Futuro había aprendido a tener paciencia nada menos que de Grag, el robot, que era capaz de quedarse sentado una semana entera sin mover uno solo de sus miembros de metal. De manera que el joven mago de la ciencia se mantuvo inmóvil, oculto en las sombras, acechando y esperando.
 La luna Fobos no tardó en desaparecer del cielo. La noche se volvió entonces oscura como boca de lobo, excepto por los débiles rayos de las grandes constelaciones, que brillaban sobre los ancestrales desiertos. Una ligera brisa agitaba el aire de la noche.
 Curt se percató de que un pequeño objeto negro volaba en círculos, en lo alto, bajo las estrellas. Al principio, pensó que debía tratarse de un búho Marciano. Entonces, su agudizado sentido del oido le permitió escuchar el débil murmullo de unas turbinas silenciosas.
 --¡La nave de la Legión del Destino! -Murmuró-. Vienen a por Gatola...
 En aquellos instantes, la nave descendía en dirección al observatorio, trazando una amplia espiral. Resultaba casi invisible a la luz de las estrellas, y, con el ruido de sus turbinas amortiguado, casi silencioso, la negra nave casi parecía un fantasma... Se distinguían en ella, vagamente delineadas, las líneas de varios módulos de salvamento, así como siniestras baterías de cañones atómicos. Se posó muy cerca del observatorio, y Curt vió cómo se abría su portilla.
 Una docena de hombres emergieron a la noche, tan silenciosos como sombras. Dos de ellos tomaron posiciones a ambos lados de la portilla de la nave, mientras la luz de las estrellas arrancaba destellos en sus pistolas atómicas. El resto se movió velozmente y en silencio en dirección al observatorio. El Capitán Futuro se agachó al amparo de las sombras cuando pasaron junto a él. A la luz de las estrellas, parecían ser Terrícolas; llevaban un uniforme gris, y en sus hombros lucían el disco negro distintivo de la Legión del Destino. Entraron en el edificio, precedidos por un voluminoso gigantón, de aspecto impresionante.
 --¡Malditos guardias! -Pensó Curt, mientras observaba a los dos Legionarios que permanecían en el exterior de la compuerta de la nave. Recurrió entonces a un instrumento con forma circular que llevaba en su cinturón de tungstita-. Esto va a ser arriesgado, pero no hay otro modo-, musitó-. Tendré que recurrir a la invisibilidad, si es que quiero evitar que den la alarma.
 Uno de los mayores secretos del joven mago de la ciencia era su facultad de hacerse invisible. Lograba el efecto transmitiendo a su cuerpo un campo de fuerza temporal, que refractaba la luz a su alrededor, permitiéndole no ser visto. El efecto duraba tan sólo diez minutos... pero ese tiempo debería ser suficiente, o eso pensaba Curt.
 Levantó el aparato circular por encima de su cabeza, y lo presionó. Una fuerza invisible brotó del instrumento, bañando todo su cuerpo, y alcanzando a todas sus fibras. Al mirar hacia abajo, comprobó que su cuerpo, rápidamente, se estaba volviendo translúcido, borroso. Al mismo tiempo, la oscuridad comenzó a rodearle.
 Escuchó un estruendo procedente del observatorio... Otho gritando, con la voz de Gatola, pies apresurándose y muebles derribándose. Otho estaba cumpliendo con su parte, para contener, el mayor tiempo posible, a los hombres de la Legión en el interior del edificio.
 Curt se encontró rodeado de la oscuridad más absoluta. Supo entonces que ya debía resultar totalmente invisible. Toda la luz que le rodeaba estaba siendo refractada... aunque aquello le dejaba enteramente sin visión.
 Pero el Capitán Futuro había memorizado la dirección exacta, así como la distancia que le separaba de la compuerta de la nave de la Legión. Comenzó a avanzar hacia ella.
 Curt, debido a su larga práctica, y como consecuencia de su agudizado sentido del oído, podía caminar sin ver casi con la misma precisión que cualquier hombre que pudiera ver. Se deslizó velozmente hacia delante, y, cuando se acercaba a las inmediaciones de la nave, pudo escuchar la respiración de los dos guardias que había en el exterior de la compuerta.
 Pasó justo entre los dos, subiendo por la rampa, cruzando la exclusa de aire de la nave y penetrando en un corredor recubierto de metal.
 Escuchó voces, así como el murmullo de los ciclotrones. Permaneció inmóvil, esperando en tensión a que pasara su invisibilidad... necesitaba poder ver, si quería encontrar a Joan en aquella nave. El estruendo proveniente del interior del observatorio se oía cada vez más alto. Otho lo estaba haciendo la mar de bien a la hora de darle problemas a sus secuestradores. Curt imaginó que el androide se lo estaba pasando estupendamente. La oscuridad que envolvía al Capitán Futuro comenzó entonces a disiparse. Su invisibilidad estaba terminando. En un instante podría ver... y ser visto.
 Se encontraba en un pasillo que avanzaba hacia la proa del crucero de la Legión. A su espalda se escuchaba el zumbido de los potentes ciclotrones, y las voces de los hombres que los atendían.
 Curt, basándose en su conocimiento enciclopédico de los diseños de naves de espaciales, llegó a la conclusión de que los prisioneros debían hallarse más adelante.
 El joven aventurero pelirrojo encontró un pasillo que le conduciría en la dirección que deseaba, de modo que lo cruzó, corriendo en silencio, con la pistola de protones preparada.
 --Otho no podrá entretenerles mucho más tiempo, -musitó entre dientes-. ¿Donde diablos...?
 Un hombre de la Legión salió de un compartimento, emergiendo al corredor. Miró a Curt, asombrado, y entonces levantó su pistola atómica.
 Pero Curt ya había disparado su pistola de protones. Podía utilizarse para matar o para aturdir, y en esta ocasión, fue un rayo aturdidor los que salió de su cañón. El haz blanquecino arrojó al hombre de bruces contra el suelo.
 Entonces, Curt vio que la puerta de la que había salido el sujeto tenía una barra para bloquearla. Desplazó la barra y abrió la puerta. El interior estaba a oscuras... se trataba de una pequeña cámara, totalmente ciega, pero distinguió a dos personas.
 Una de ellas era una joven Terrícola vestida con un mono de seda gris; se hallaba sentada, apoyando en sus manos su cabeza de cabello oscuro. La otra persona era un anciano Venusiano, espigado y de pequeña estatura.
 --¡Joan! ¡Kansu Kane! -Susurró Curt en tensión-. Venid... ¡Tenemos que salir de aquí!
 Joan Randall levantó la mirada, y cuando vió al alto joven pelirrojo y de anchos hombros que permanecía en la puerta, pistola en mano, no pudo evitar dejar escapar un grito de pura alegría.
 --¡Capitán Futuro! Sabía que vendrías...
 --¡Baja la voz! -Avisó Curt. Entonces se dió la vuelta-. Demasiado tarde... ¡Nos han oido!
 El grito de la joven acababa de ser coreado por un grito de alarma, que había sonado en alguna aprte de la nave. Numerosos hombres de la Legión, procendentes de la proa, aparecieron en el pasillo, corriendo hacia ellos. Curt disparó su rayo de protones una y otra vez, derribando a la mitad de ellos. Pero el resto avisó a gritos a la aprtida que había ido al observatorio.
 --¡Es una trampa del Capitán Futuro! ¡Volved!
 Curt se arrojó hacia delante, disparando su pistola de protones. Pero uno de los hombres de la Legión, un Terrícola enano, de rostro malvado, acababa de sacar un puñado de objetos serpenteantes, que lanzó en un instante contra el Capitán Futuro.
 --¡Serpientes-soga! -Gritó Joan-. Cuidado...
 Pero ya era demasiado tarde. Aquellas serpenteantes cosas rosadas no eran otra cosa que serpientes-soga Saturnianas, una especie criada y empleada por los criminales interplanetarios.
 Con increible rapidez, se enrroscaron alrededor de los miembros de Curt, y se apretaron, aprisionándole. El resto se anudaron alrededor de Joan y Kansu Kane. Curt forcejeó, intentando romper aquellas ataduras vivientes.

 El legionario enano de rostro malvado gritó entonces a los del exterior.
 --¡Kallak, ven aquí! Puedes dejar ir a Gatola... ¡Despegamos!
 Los hombres de la Legión que había en el observatorio, liderados por un colosal gigante Terrícola, corrieron de vuelta hacia el crucero.
 --Ciclotrones activados... ¡Despegue! -Aulló el enano.
 Las turbinas de la nave rugieron, y ésta se elevó del suelo, mientras el Capitán Futuro se debatía furiosamente intentando liberarse.
 Pero Otho había corrido hacia la nave que despegaba. Con los ojos ardientes, y el cuerpo maltrecho por el combate que acababa de luchar, el hombre sintético saltó hacia la puerta, aún abierta, de la nave. Nadie en todo el Sistema, a excepción del androide, podría haber logrado aquel salto increible. Las manos de Otho se aferraron al borde de la puerta, y quedó colgando en el espacio, mientras la nave volaba rugiendo sobre el oscuro desierto.
 Curt, forcejeando aún, lanzó un grito de advertencia cuando vió a un hombre de la Legión que se inclinaba sobre la portilla, para introducir a Otho en la nave, con el fín de que la puerta pudiera cerrarse. El Legionario, creyendo aún que el androide era Gatola, seguía intentando capturarle en el último minuto.
 Otho y el Legionario se enzarzaron en un forcejeo, mientras la nave avanzaba cada vez más rápido, incrementando la potencia de sus turbinas. Curt se debatía, intentando salir en ayuda del androide, pero no podía hacer nada.
 Entonces, tanto Otho como su antagonista perdieron el equilibrio por la súbita aceleración, fueron absorbidos hacia el exterior por la puerta abierta, y cayeron juntos a la oscuridad de la noche. El crucero de la Legión cerró su compuerta, y, con un rugir de motores, ascendió hacia el cielo estrellado.
 
 

CAPITULO IV
Vuelo al Peligro





 El Capitán Futuro luchaba desesperadamente por liberarse de sus ataduras vivientes.
 Resultaba imposible. Para entonces ya tenía, alrededor de sus brazos y piernas, a más de media docena de las rosáceas serpientes-soga.
 Esa especie de serpiente Saturniana poseía una fuerza increible en sus delgados y viscosos cuerpos. Los criminales del Sistema llevaban empleándolas mucho tiempo, criando y entrenando a las criaturas para que les sirvieran de ligaduras vivientes. El enano de la Legión se acercó entonces, y observó a Curt con una mirada aviesa. Se trataba de un Terrícola de mediana edad, con un rostro chato y repulsivo y unos ojos negros, que destilaban maldad.
 Junto a él se hallaba el gigantesco Terrícola, al que anteriormente había llamado Kallak... un hombre increiblemente grande, de hombros enormes, cabeza diminuta, y una expresión bastante estúpida.
 El enano golpeó cruelmente el cuerpo maniatado de Curt.
 --Así que el famoso Capitán Futuro ha decidido tenderle una trampa a la Legión del Destino, ¿Eh? -Se burló-. ¡Pues has caido en tu propia trampa!
 Curt, reconociendo la futilidad del forcejeo, levantó la mirada con calma.
 --Te conozco, -dijo el Capitán Futuro con voz inexpresiva-. Tu nombre es Roj... eras un biólogo con tendencias criminales. Hiciste de ese hombre, Kallak, un verdadero gigante, mediante una inyección glandular, y le usabas para que te ayudara en tus crímenes. Os atraparon hace cinco años, y a ti y a Kallak os condenaron a cumplir cadena perpetua en Cerbero, la luna prisión.
 --Tienes buena memoria, -dijo el enano con regodeo-. Pero se te ha olvidado mencionar que fueron las pruebas que tu obtuviste contra mi las que me enviaron a Cerbero. -Había furia en sus ojos-. Tengo muchas cuentas que ajustar contigo, Capitán Futuro. Y nunca volveré a tener una oportunidad mejor...
 El enano estaba extrayendo una pistola atómica de su cinturón cuando uno de los hombres de la Legión avanzó hacia él. Por lo que pudo ver Curt, aquellos Legionarios eran todos Terrícolas, pero, aún así, había algo extraño en su apariencia... algo que no escapó a la aguda vista del Capitán Futuro. Había cierto tono macilento en sus rostros inmóviles, y sus ojos parecían carecer de expresión. Incluso su ropa tenIa un aire extraño, ajeno.
 --Roj, no puedes matar a este hombre, -dijo el que había avanzado con una voz átona y ronca-. Recuerda las órdenes del Doctor Zarro.
 El enano lanzó una imprecación, pero volvió a enfundar su pistola en la cartuchera.
 --Llamaré al Doctor, -dijo-. Creo que le interesará que le quite de en medio a este demonio del Capitán Futuro.
 La telepantalla de la nave se hallaba en un cubículo de aquel mismo pasillo. Curt vió cómo el enano se acercaba a ella, sintonizaba la conexión, y apretaba el botón de llamada.
 Escuchó a Joan y a Kansu Kane, aprisionados como él con serpientes-sogas, que se debatían futilmente junto a él, en el suelo.
 --Tranquilízate, Joan, -susurró-. Ya nos las arreglaremos para salir de aquí, de alguna manera. -Su mente había adoptado una tranquila pero férrea resolución.
 La muchacha habló con voz desesperada.
 --¡Todo esto ha sido por mi culpa, Capitán Futuro! Si no hubieras intentado rescatarme...
 Roj, mientras tanto, había conseguido contactar. En la pantalla del aparato aparecieron la cabeza y los hombros de un hombro. Se trataba del Doctor Zarro. Y Curt, yaciendo indefenso, levantó la mirada para contemplar la imagen del archi-villano que había jurado derrotar.
 La desgarbada figura del Doctor Zarro, que vestía totalmente de negro, estaba rígida; Su cráneo, enorme y muy voluminoso, se movía ligeramente arriba y abajo, mientras escuchaba el informe del enano. Entonces, sus ojos negros, ardientes e hipnóticos bajaron la mirada, para observar a los prisioneros.
 --De modo que... el Capitán Futuro, el defensor supremo del Sistema, intenta vérselas conmigo, -carraspeó el Doctor Zarro con una voz ronca y profunda. Sus ojos sobrehumanos parecieron fulminar a Curt con la mirada-. ¡Estúpido! ¡Yo soy el único que puede salvar al Sistema del peligro que lo amenaza!
 --A mi no intentes venderme esa historia, -le replicó Curt, con su rostro bronceado y sus ojos grises destilando severidad-. Si de verdad hubiera algún peligro y tu pudieras hacer algo para remediarlo, ya habrías puesto tus habilidades al servicio del Gobierno. Tan sólo estás conspirando para conseguir el poder.
 "Me he encontrado a otros como tu, -continuó Curt con voz acerada-. Los Señores del Poder, que tenían bajo sus garras a medio Sistema. El Emperador del Espacio, que provocó aquella espantosa epidemia en Júpiter. Yo desbaraté sus malvados planes, igual que pienso acabar con los tuyos. Te lo advierto.
 --¿Que tu "me adviertes"? -Repitió el Doctor Zarro con violencia-. ¡Me parece que te olvidas, Capitán Futuro, de que eres mi prisionero!
 --¿Le mato ahora mismo, Doctor? -Exclamó ansioso el enano Roj.
 --No, no debes matarle... y ya sabes por qué, -respondió el oscuro profeta al enano-. Traedle aquí, al Cuartel General, junto con los otros. Creo que le gustará nuestro Salón de los Enemigos.
 Roj lanzó una risa ratonil, llena de malicia.
 --Si, si, Doctor... le va a encantar el Salón, y también a la chica y al Venusiano.
 Kansu Kane, el astrónomo Venusiano cautivo, levantó la voz en una airada protesta.
 --¡Todo esto es un ultraje! -Exclamó el pequeño Venusiano, dirigiéndose a la imagen del Doctor Zarro-. Pienso adoptar medidas extremas a no ser que usted nos suelte. ¡Le denunciaré a la policía, caballero!
 Curt Newton, a pesar de su situación, no pudo evitar sonreir ante la airada amenaza del pequeño científico. El Doctor Zarro no prestó la menor atención al astrónomo. Se hallaba ladrando órdenes al enano.
 --Dirigíos al Cuartel General a la máxima velocidad, -dijo a Roj con voz ronca-. Y ocúpate de mantener bien vigilado a ese demonio de Capitán... recuerda que tiene la reputación de ser un tipo muy escurridizo.
 --No se me escurrirá de las manos, -prometió Roj con un énfasis malévolo.
 El Doctor Zarro desapareció de la telepantalla. El enano se dio la vuelta y comenzó a repartir órdenes.
 --Volved a meter a los tres prisioneros en la cámara de suministros, donde teníamos a la chica y al Venusiano, -ordenó.
 Kallak, el enorme y estúpido gigante, se agachó, y levantó la atada figura del Capitán Futuro como si fuera un niño pequeño. Curt se dio cuenta de que la fuerza de aquel gigante gladular era colosal.
 Otros hombres de la Legión se encargaron de Joan y Kansu Kane. Fueron arrojados sin la menor ceremonia en la pequeña cámara lateral en la que Joan and Kansu habían estado confinados anteriormente.
 Roj le quitó al Capitán Futuro su cinturón de tungstita y su pistola de protones, y los arrojó al pasillo, en el exterior. Entonces, el enano extrajo un pequeño instrumento que, al ser manipulado, emitió un sonido largo y agudo.
 Al escuchar dicho sonido, las rosáceas serpientes-soga que apresaban a los prisioneros, se relajaron y los soltaron, quedándose lacias sobre el suelo. Luego, las criaturas regresaron junto al enano, que observaba desde el pasillo, y volvieron a meterse en su bolsa.
 El Capitán Futuro se puso en pie de un salto. Pero, mientras lo hacía, la puerta de la cámara se cerró en sus narices, y la barra se movió, bloqueándola.
 Curt ayudó a Joan Randall y al Venusiano a ponerse en pie.
 --En menuda ratonera me he metido, -declaró disgustado. Estaba empezando a sentir el aguijón del remordimiento, por haber actuado con demasiada precipitación.
 Kansu Kane, el pequeño Venusiano, hervía de ira, y su indignación explotó ruidosamente...
 --¡Nunca jamás, en toda mi vida, me habían tratado con tanta rudeza! ¡El principal ideólogo del Observatorio Sur de Venus, descubridor de la Nebulosa Cepheid, y autor de la teoría del doble espectro... tratado como un saco de hortalizas! -La furia hacía que le costara hablar con claridad-. ¡Haré que estos hombres se arrepientan! ¡Les haré procesar por una corte interplanetaria! ¡No soy un hombre vengativo, pero este tratamiento es excesivo!
 Curt no pudo evitar sonreir ante la ingenua indignación de aquel hombrecillo.
 --Cálmese... por el momento no puede hacerles juzgar, -dijo al Venusiano.
 Joan Randall se había colocado al lado de Curt. Levantó la vista y le miró, con sus ojos color avellana muy abiertos, y una expresión de vergüenza en su pálido y firme rostro.
 --Si no hubiera gritado cuando apareciste, nada de esto habría pasado, -dijo, totalmente abatida.
 Curt le dio una palmada en el hombro.
 --No ha sido cosa tuya, Joan. Tu hiciste más que cualquier otro agente secreto, cuando descubriste la pista de la Legión del Destino, en Venus, y cuando nos avisaste de que pensaban venir a Marte para secuestrar a Gatola. El fallo ha estado en el plan que hemos llevado a cabo Otho y yo.
 --¿Crees que Otho habrá muerto cuando cayó de la nave junto a ese hombre de la Legión? -Preguntó Joan muy ansiosa.
 --Eso es algo que me preocupa bastante, aunque Otho puede casi con todo, -dijo Curt. Apretó los labios. Si le había ocurrido algún daño a su amigo, que Dios ayudara a esos Legionarios. ¡Se encargaría de que Otho fuese vengado!
 --¿Y qué le vamos a hacer? -dijo sombrío Kansu Kane-. Ni siquiera podemos escapar de este compartimento.
 El Capitán Futuro sonrió al hombrecillo.
 --He estado en lugares más seguros que éste, y he logrado salir de ellos.
 Miró a través de una pequeña escotilla, la única apertura de todo el compartimento, y observó el espacio interplanetario. El crucero de la Legión, apurando al máximo sus turbinas de propulsión, cruzaba el vacío a una velocidad cada vez mayor.
 La roja esfera de Marte y el deslumbrante sol se encontraban a un lado, y quedaban atrás. El crucero volaba directamente al exterior del Sistema.
 --Nos dirigimos a los límites exteriores del Sistema, -murmuró Curt-. Los dos únicos planetas en el sector del espacio que tenemos ante nosotros son Urano y Plutón. La base del Doctor Zarro debe encontrarse en uno de eso dos mundos.
 --Capitán Futuro, ¿Quienes son esos hombres de la Legión? -Preguntó Joan-. No me refiero a Roj y a Kallak... me refiero a los demás. Su aspecto es el de Terrícolas, pero hay algo en ellos que resulta extraño y estremecedor. Además, sus voces son bastante raras. Cuando uno de ellos me tocó, sus manos no se parecían en nada a las de un Terrícola.
 --Desde luego, son una tropa bastante rara, -concedió Curt, frunciendo el ceño-. Me pregunto...
 Pero, llevado por la impaciencia, dejó a un lado sus suposiciones.
 --No tenemos tiempo para especulaciones. Ahora, lo más importante es salir de aquí, antes de que puedan entregarnos al Doctor Zarro. No sé que podrá ser eso de "La Sala de los enemigos", pero me da la sensación de que debe ser algo bastante desagradable.
 Curt lamentaba la pérdida de su cinturón de tungstita. En el interior de aquel cinturón, ocultos en compartimentos secretos, había una gran cantidad de aparatos en miniatura y herramientas que podían haberles permitido salir de ahí, con más rapidez que si hubieran tenido la llave.
 Inspeccionó la escotilla, que no era más que un pequeño óculo de glasita.
 --Si rompemos esto, lo único que conseguiremos será morir de asfixia cuando todo el aire salga al espacio, -musitó-. De modo que mejor lo olvidamos.
 La puerta era la única alternativa que les quedaba. Estaba formada de metal sólido, y la barra del cerrojo exerior era muy gruesa. En aquel caso, la fuerza bruta no serviría.
 Pero creyó atisbar una débil esperanza de escapar. Tomó asiento y se quitó el gran anillo que llevaba en la mano izquierda. Con sus hábiles dedos, comenzó a desmontar las piezas del famoso anillo.
 --En el interior de este anillo hay una diminuta pila atómica que mantiene a las joyas que hacen de "planetas" en un constante movimiento, -dijo el joven mago científico a sus compañeros-. Pero me va a llevar algo de tiempo desmontarlo todo.
 --No veo cómo va a poder ayudarnos una pequeña pila atómica, -dijo Kansu Kane, mirando atentamente.
 Curt sonrió.
 --¡Nunca se sabe! Quizá pueda hacer que se acople con las turbinas de la nave, para provocar que cambie de dirección.
 Kansu Kane parecía perplejo.
 --Acoplarla con las... -entonces el Venusiano se enderezó, muy digno-. Está usted de broma, jovencito. Y sus bromas son de muy mal gusto, considerando nuestra situación. ¡Mi gran investigación, acerca de la naturaleza de las binarias de Andrómeda está sólo medio terminada, y aquí estoy, siendo arrastrado a los inhóspitos confines exteriores del Sistema! ¡Y usted, señor, se pone a hacer bromas sobre ello!
 Curt se rió.
 --Cálmese, Kansu. Si mi idea funciona, podrá volver a su investigación sobre las binarias de Andrómeda.
 El crucero proseguía su rápido avance. Mientras trabajaba en el mecanismo de relojería del anillo, Curt pensaba en los Hombres del Futuro. Sabía que nunca se darían por vencidos hasta que le encontraran. Pero no podían tener la menor idea acerca de dónde le llevaban. Careciendo de pistas, lo único que podían hacer era peinar futilmente todo el espacio, en una búsqueda a ciegas.
 --Ya debemos estar más allá de la órbita de Júpiter, -declaró Kansu Kane-. Y seguimos volando hacia el exterior del Sistema. Yo creía que usted tenía una especie de idea maravillosa para sacarnos de aquí.
 --Tampoco es que sea maravillosa, pero puede hacernos el apaño, -replicó Curt, poniéndose en pie. Sostenía en la mano un instrumento diminuto-. He convertido la pequeña pila atómica de mi anillo en un lazarrayos atómico. Consumirá toda su energía en pocos minutos, pero puede que sea capaz de cortar el metal de la puerta y la barra del cerrojo.
 --Y aunque así sea, y podamos salir de esta horrible cámara... ¿Entonces, qué? -Preguntó Kansu Kane con pesimismo-. ¿Acaso va a intentar capturar la nave?
 --Me temo que son demasiados como para intentarlo, -dijo el Capitán Futuro-. Intentaremos escabullirnos en una de las lanchas salvavidas. Si podemos conseguirlo, podremos encontrar una telepantalla en alguna parte, y llamar a los Hombres del Futuro para que acudan con el Cometa... y entonces buscaremos la base secreta del Doctor Zarro en Urano y en Plutón.
 Curt se acercó a la puerta, y permaneció a la escucha. Luego, tras quedar satisfecho al comprobar que no había nadie al otro lado, en el pasillo, dirigió su pequeño instrumento contra el metal del borde de la puerta.
 Una pequeña llama de fuego atómico brotó desde el cañón del diminuto lanzarrayos improvisado. Atravesó el metal, provocando una mancha negruzca y una llamita azulada. Poco a poco, la llama fue penetrando cada vez más profundamente en el metal de la puerta.
 Curt estaba en tensión. Su pequeño rayo de fuerza penetraba cada vez más en el metal, pero sabía que la energía atómica almacenada en el interior del minúsculo aparato debía de hallarse casi exhausta. Movió el rayo arriba y abajo, intentando partir la barra del cerrojo que había al otro lado de la puerta.
 El siseante rayo de fuego comenzó a parpadear, y terminó apagándose. El pequeño aparato había gastado toda su potencia, y resultaba inútil.
 El Capitán Futuro presionó suavemente contra la puerta. No cedió. La barra del exterior seguía de una pieza.
 Sintió una punzada de decepción. Apoyando el hombro contra la puerta, empujó con todas sus fuerzas. La puerta se abrió de par en par. La barra había llegado a cortarte casi por completo... y había sido su propia fuerza la que había terminado el trabajo.
 --¡Vamos! -Susurró a los otros el Capitán Futuro, con sus ojos grises brillando de excitación-. Hay una lancha-espacial salvavidas en el costado de la nave, un poco más adelante... la divisé cuando la nave aterrizó junto al observatorio.
 Comenzaron a avanzar por el pasillo. Mientras caminaban, Curt parecía buscar algo. Finalmente, descubrió lo que esperaba.
 En un lateral del pasillo había un pequeño armario de armas, que contenía diversas herramientas, así como pistolas atómicas. Allí dentro, colgados de un gancho, se hallaban su cinturón de tungstita y su pistola de protones.
 --Esperaba poder recuperarlos, -exclamó con deleite, avanzando rápidamente hacia el armario.
 --¡Capitán Futuro! -El grito de Joan fue bajo, agónico... Un Legionario de rostro pétreo acababa de entrar en el pasillo, procedente de la sala de control, que se hallaba al fondo, en la parte de proa. El hombre echó mano de su pistola.
 Curt se lanzó hacia su propia arma, que colgaba inmóvil en el armario. Con la extraordinaria rapidez que Otho el androide le había inculcado, agarró su pistola de protones, se dio la vuelta y disparó. Un delgado rayo blanquecino cruzó velozmente el corredor, derribando al suelo al Legionario.
 --¡Rápido! -Exclamó el Capitán Futuro, ajustántose velozmente el cinturón-. No creo que tarden más de un minuto en encontrar a ese hombre.
 Les condujo hasta un comparimento bajo y oscuro, situado a estribor. Al otro lado de aquella pared metálica, adosada al casco del crucero, se hallaba una de las pequeñas lanchas espaciales salvavidas, que se empleaban para evacuar la nave en caso de desastre. Una escotilla redonda atravesaba la pared metálica del crucero, dando acceso a la pequeña nave.
 Joan Randall se introdujo velozmente en el interior de la lancha espacial.
 Kansu Kane la seguía de cerca cuando, de repente, el pequeño astrónomo se detuvo.
 --¡Tengo que regresar a nuestra celda! -Exclamó-. He dejado allí algunas de mis notas sobre las binarias de Andrómeda... Las estaba estudiando, y las dejé en el suelo... -el pequeño Venusiano comenzó a darse la vuelta, pero el Capitán Futuro le agarró a tiempo.
 --¿Está usted loco? -Preguntó Curt-. Métase ahi dentro, con Joan, ahora mismo.
 Kansu Kane se resistió.
 --¡No puede usted darme órdenes como si fuera su criado, señor! Tengo mis derechos...
 Curt finalizó la discusión lanzando de mala manera al pequeño e iracundo astrónomo al interior de la lancha espacial. Luego se lanzó al interior, detrás de él, y cerró la escotilla redonda; entonces comenzó a desenrroscar desesperadamente los tornillos que adosaban la lancha al casco del crucero, con la herramienta colocada ahí para dicho propósito.
 Cuando la última unión quedó suelta, el Capitán Futuro se lanzó por la pequeña cabina de la lancha espacial, dirigiéndose a sus sencillos controles. Con sumo cuidado, activó uno de los cohetes.
 La lancha espacial se separó de la enorme pared del crucero, y comenzó a desplazarse siguiendo un rumbo en ángulo recto a partir del de la gran nave. Se propulsaba mediante ráfagas suaves e intermitentes de sus propias turbinas.
 La nave de la Legión, una masa negra con las luces apagadas, siguió avanzando por los vastos abismos del espacio estrellado, desapareciendo rápidamente. Curt alteró el rumbo de la lancha espacial, marcando un curso de espaldas al Sol.
 --¡Lo hemos conseguido! -Exclamó Joan emocionada-. Oh, Capitán Futuro, jamás pensé...
 Kansu Kane la interrumpió, molesto.
 --¡Todas mis notas, el fruto de varias semanas de trabajo, abandonadas en esa nave! -Espetó al Capitán Futuro-. Y usted se ha atrevido a ponerme las manos encima...
 --Tranquilícese... aún no estamos fuera de peligro, -le interrumpió Curt severamente-. No tardarán en encontrar al hombre que dejé inconsciente. Cuando lo hagan, y descubran nuestra fuga en esta lancha, darán la vuelta...
 Mientras hablaba, abrió las turbinas, hasta ponerlas a máxima potencia. La pequeña lancha espacial se precipitó hacia delante, de espaldas al Sol, a una velocidad creciente.
 De repente, la pequeña nave se estremeció, perdiendo el rumbo, y luego volvió a enderezarse, continuando su avance suave.
 --¿Qué ha sido eso? -Preguntó perplejo Kansu Kane.
 --Corrientes de Éter, -replicó Curt brevemente. El bronceado rostro del joven mago de la ciencia se ensombreció-. Nos hallamos en una zona del espacio sumamente peligrosa...
 --¡Capitán Futuro! ¡Vienen tras nosotros! -Exclamó Joan.
 Curt se giró rápidamente. Detrás de ellos, recortada sobre un fondo de estrellas, la enorme masa negra del crucero de la Legión del Destino estaba volviendo a hacerse visible a gran velocidad.
 --Ya me temía yo que lo harían, -dijo Curt entre dientes-. Y su nave es mucho más veloz que esta lancha... nuestra única posibilidad radica en esquivarles cuanto podamos, hasta que logremos perderles.
 La vieja emoción de los combates espaciales regresó al espíritu del Capitán Futuro, mientras hacía avanzar la lancha de un lado a otro, por el espacio. Pero el crucero poseía una velocidad demasiado alta como para ser despistado. Además, en dos ocasiones, la lancha espacial quedó atrapada en sendas corrientes de éter, que la sacudieron violentamente, haciendo que perdiera terreno. El crucero de la Legión les estaba dando alcance.
 Curt se extrañó de que el crucero no les hiciera volar por los aires con un disparo de sus cañones atómicos. Sabía que podían haberlo hecho perfectamente. ¿Por qué tendría el Doctor Zarro esa fijación por hacerles prisioneros?
 --Se están acercando más, -musitó Joan.
 De repente, la lancha espacial quedó atrapada por una nueva corriente de éter, bastante más fuerte que las anteriores, que la arrastró consigo, a pesar de la fuerza de las turbinas de la pequeña nave.
 El Capitán Futuro luchó para sacar a la lancha de aquella fortísima corriente invisible, pero las turbinas parecían totalmente inútiles. A una velocidad de vértigo, la lancha espacial giraba en un remolino espacial.
 Se dio cuenta entonces del terrible peligro del que habían caído presa. Su cercanía había estado acechándoles durante todo el tiempo.
 --¡El crucero ha abandonado la persecución! -Exclamó Joan con deleite-. Están dando la vuelta... ¡Nos dejan atrás!
 El bronceado rostro del Capitán Futuro estaba terriblemente serio.
 --Lo hacen porque no quieren quedar atrapados, igual que nosotros.
 --¿Atrapados? -Exclamó Kansu Kane-. ¿Qué quiere decir con eso?
 --No podemos salir de esta corriente de éter, -anunció Curt-. Es demasiado fuerte. Y este remolino que nos rodea es uno de los lugares más peligrosos de todo el espacio... uno del que ninguna nave interplanetaria ha escapado jamás.
 Joan levantó una mano para asirse la garganta.
 --Te refieres a...
 El Capitán Futuro asintió gravemente.
 --Si. Hemos sido arrastrados hasta el Mar Espacial de los Sargazos.
 
 

CAPITULO V
La Pista de Plutón






 Cuando Otho, el androide, y su adversario, cayeron desde la veloz nave de la Legión del Destino, se hallaban a más de quince metros del suelo del desierto.
 Forcejeando en la oscuridad, y atacando fieramente a su oponente, Otho realizó un supremo esfuerzo por colocar su cuerpo encima de el del otro.
 El hombre sinténtico, el más ágil y veloz de todos los seres vivos, tuvo éxito en su maniobra. En los poco segundos que duró la caída, logró colocar bajo él a su antagonista, y fue ese otro hombre quién recibió de lleno el impacto, amortiguando la caída de Otho. Aún así, el shock de la colisión estuvo a punto de dejar inconsciente a Otho.
 Tras unos instantes, algo aturdido, logró ponerse en pie.
 --¡Por los demonios del espacio! ¡Qué cerca he estado! -Siseó, bastante impresionado. Se inclinó sobre su oponente, cuyo cuerpo se había destrozado bajo el suyo propio. El Legionario había fallecido. Su muerte había sido instantánea.
 Entonces, los ojos de Otho parecieron salir de sus órbitas. Miró anonadado el cadáver del legionario, incapaz de creer a sus sentidos.
 --¿Me estoy volviendo loco? -Exclamó, hablando solo-. En nombre de los Nueve Planetas... ¿Qué es eso...?
 Acababa de ocurrir algo increible, absolutamente fantástico. El Legionario con el que había estado luchando Otho era un Terrícola. Mientras habían combatido en la portilla de la nave, y mientras caían desde lo alto del cielo estrellado, Otho había podido verle con claridad.
 Pero ahora, después de muerto, el hombre de la Legión del Destino había experimentado una extraordinaria metamorfosis, convirtiéndose en una criatura de aspecto misterioso y desconocido por la ciencia.
 ¡Su cuerpo destrozado era, ahora, el de un ser semi-humano, cubierto de los pies a la cabeza por un espeso vello blanco, corto y grueso! Los pies poseían dos dedos, al igual que sus grotescas manos. Su cabeza era chata e inhumana, e incluso su cara estaba cubierta con aquel vello blanquecino. Tenía dos ojos, dos enormes orbes negros, sin pupila, que miraban sin ver, muertos. La criatura vestía un arnés de cuero. En su cinturón había adosado un extraño aparato -o arma- de metal, de forma cilíndrica, que se había partido en varios fragmentos, como consecuencia del golpe.
 --¿Estaré delirando por el impacto? -Musitó Otho-. ¡No puedo estar viendo esto!
 Entonces, el lejano rugir de unas turbinas atrajo su atención. Levantó la mirada y vió el crucero de la Legión del Destino, un pequeño punto negro, que se elevaba en el cielo estrellado, y terminaba por desaparecer.
 Aquella visión llenó al androide de ira y desesperación.
 --Se han ido... ¡Y se llevan al jefe de prisionero! ¡Y no hay manera de saber a dónde se lo llevan!
 Su cuerpo gomoso, aún con el aspecto del astrónomo Marciano, se quedó rígido de ira e impotencia.
 --¡Si hubiera podido quedarme en esa maldita nave...!
 Otho poseía una cualidad que era incluso más fuerte que su imprudente costumbre de buscar emoción y aventuras. Dicha cualidad era su férrea lealtad hacia el Capitán Futuro. Y, ahora, había permitido que la Legión oscura del Doctor Zarro atrapara a su jefe y se lo llevara prisionero.
 --¡Tengo que regresar al Cometa! -Se dijo fieramente. Y entonces gruñó-. ¡No quiero ni pensar lo que dirá Grag cuando se entere de que he dejado que atrapen al jefe! ¡Y lo peor es que me lo merezco!

 Otho comenzó a caminar a la luz de las estrellas por el desierto, pero, un instante después, se dió la vuelta y regresó a la carrera. Acababa de recordar al cadáver del Legionario, que tan extraña transformación había sufrido. Aquel cuerpo tan velludo y extraño bien podía ser una pista que les llevara a encontrar la Legión del Doctor Zarro. Se lo llevaría, para que el Cerebro pudiera examinarlo.
 El cuerpo peludo resultaba muy pesado, pero Otho logró colocárselo a los hombros. Además, ardiendo como estaba de ira y ansiedad, casi no se enteró del peso. De nuevo, comenzó a caminar por la arena, intentando rodear las afueras de la ciudad de Syrtis, en dirección al lugar oculto en el que se hallaba posado el Cometa.
 Tan sólo los ojos blancos de las estrellas parecieron reparar en él. Tan sólo las estrellas, y los diabólicos remolinos de arena que se alzaban por la brisa nocturna, susurrando los misterios del viejo Marte.
 Otho se mantuvo alejado de las iluminadas torres de Syrtis. Finalmente, llegó ante la resplandeciente masa metálica del Cometa, que yacía en silencio, oculto tras dos enormes dunas.
 Apretó el botón secreto que había en un lateral, y la portilla se abrió. Otho entró tambaleándose, y depositó el cadáver en el suelo.
 El compacto laboratorio de la sección central del Cometa estaba en semipenumbra. El Cerebro estaba mirando por el gran telescopio, enfocado hacia Sagitario, mientras que Grag, el robot, estaba colocando varias placas fotográficas bajo la exposición de un telescopio más pequeño, siguiendo las indicaciones del Cerebro.
 Cuando Otho entró en la nave, la gran figura metálica de Grag se dió la vuelta, así como las lentes oculares del Cerebro.
 --¡Soy yo... Otho! -Dijo rápidamente el androide, viendo que ninguno de los dos le reconocía, debido a su disfraz de Marciano. Al observar la apariencia abatida de Otho, Simon Wright supuso al instante que algo había salido mal.
 --¿Donde está Curtis? -Carraspeó cortante el Cerebro.
 Otho tragó saliva.
 --Le han atrapado... la Legión del Destino. En parte, ha sido culpa mía.
 El androide les contó rápidamente lo que había sucedido. Cuando hubo concluido, Grag estalló en un rugido de rabia.
 El gran robot, con los ojos fotoeléctricos ardiendo de ira, avanzó amenazador hacia el abatido androide.
 --¿Y has permitido que se lo lleven? -Tronó Grag. Con gran furia, cerró uno de sus enormes puños de metal-. ¡Ya le advertí al jefe que le meterías en problemas! Ya le dije yo que me llevara a mi. Pero no, tenías que convencerle para que te eligiera a ti. ¡Sabía que esto iba a ocurrir!
 --No ha sido del todo culpa mia, -balbuceó Otho a la defensiva-. Esperé en el Observatorio, tal como me ordenó, y, cuando vinieron los hombres de la legión, les entretuve todo el tiempo que pude, esquivándoles para que no pudieran atraparme. Pero entonces se produjo una alrma procedente de la nave, y todo el mundo volvió a ella... Intenté seguirles, pero despegó demasiado rápido.
 --¡Si yo hubiera estado allí, habría hecho pedazos esa nave, antes de que hubiera podido llevarse al jefe! -Gritó Grag.
 La voz fría y austera del Cerebro interrumpió cortante la discusión, como si fuera una espada de hielo.
 --Tranquilízate, Grag, -ordenó Simon Wright-. Esto no nos conduce a ningún sitio. Debemos seguir a esa nave lo antes posible.
 --No sé hacia dónde se dirigía, -admitió Otho, sintiéndose miserable. Entonces, el androide añadió rápidamente-: Pero me he traido a uno de los de la Legión del Destino... muerto. Y, cuando murió, le pasó la cosa más rara que he visto en mi vida.
 Les habló entonces de la mágica transformación del Legionario Terrícola, que se había convertido, al morir, en una criatura extraña y velluda.
 --Quiero examinar ese cadáver, -dijo al momento el Cerebro-. Grag, colócalo ahí.
 Las lentes oculares del Cerebro se movieron de un lado a otro con sus flexibles tubos telescópicos, inspecionando atentamente el grotesco cadáver.
 --Nunca antes había visto una raza como ésta, -musitó Simon-. Y no puedo comprender cómo podía parecer un Terrícola cuando estaba con vida.
 --Pues era exactamente igual a un terrícola, y vestía un uniforme. -Afirmó Otho con énfasis.
 --¿Te pareció que tenía el tacto de un Terrícola cuando peleabas con él?
 Otho dudó.
 --No me acuerdo demasiado... ¡Si!. ¡Ahora lo recuerdo! Al hacerle una presa, mientras caíamos, sentí el vello al tacto. Lo había olvidado.
 --Entonces, -declaró el Cerebro-, esta criatura nunca fue un Terrícola. Lo que ocurre es que posee la manera de parecer serlo, alguna extraña técnica que le permite proyectar la ilusión de que es un Terrícola.
 --Pero ¿por qué se desvaneció esa ilusión tan de repente cuando este bicho murió? -Quiso saber Otho.
 --¿Ves ese aparato roto en el cinturón de la criatura? -dijo el Cerebro-. Está demasiado destrozado como para sacar nada de él. Pero creo que bien podría tratarse de un dispositivo para proyectar una ilusión, que disfrace a esta criatura con el aspecto de un Terrícola. El aparato se hizo trizas en el impacto, de modo que la ilusión desapareció.
 --Me parece una idea un tanto fantástica, -murmuró Otho-. Y aún así, parece la única que puede explicar lo que sucedió.
 Grag había estado caminando de un lado a otro, lleno de ansiedad, con enormes zancadas. Entonces, el robot emitió una exclamación airada.
 --¿Qué diablos hacemos aquí, hablando, cuando se están llevando al jefe? -Tronó furioso-. ¿Por qué no les seguimos?
 --Tenemos que saber a dónde debemos seguirles, Grag, -explicó con calma el Cerebro.
 --Si. No podemos peinar el Sistema entero en busca de esa nave, -añadió Otho.
 --¡A mi no me hables! -Espetó Grag al androide-. Estoy haciendo ímprobos esfuerzos por no convertirte en chatarra, de modo que no me provoques.
 --¡Ni tu, ni un par de miles de chiflados de metal como tu podrían nunca llegar a conseguir algo así! -Estalló Otho, poniéndose en pie de un salto.
 Eek, el cachorro lunar, se había despertado de la siesta, uniéndose al grupo en discordia. Ahora, sintiendo la furia hacia Otho que emanaba de su amo metálico, la pequeña bestia gris enseñó sus fauces al androide, en un gesto amenazador.
 --¡Basta ya de trifulcas! -Restalló la fría voz de Simon Wright-. Es una orden.
 Los otros dos Hombres del Futuro relajaron unos instantes su fiera actitud. El Cerebro podía carecer de cuerpo, podía ser incapaz de moverse sin ayuda, pero, tanto Otho como Grag acataban la voluntad de aquel vasto y calmado intelecto que moraba en el interior del tanque de suero transparente... un intelecto que había ayudado a crearles a ambos.
 --Colocad el cadáver en la mesa de operaciones, bajo las lámparas de Rayos X, -ordenó el Cerebro-. He estado estudiendo sus ojos, y creo que tengo una pista sobre su procedencia.
 Otho abrió la mesa de operaciones, y Grag colocó sobre ella el cadáver cubierto de vello blanco; a continuación, encendió las potentes lámparas de Rayos X.
 Por medio de unos filtros fluoroscópicos, que acababan de deslizarse sobre sus lentes oculares, el Cerebro estudió la anatomía interior del peludo cadáver.
 --¡Tenía yo razón! -Declaró finalmente-. Esta criatura es un nativo de Plutón, o de algún lugar muy cercano a dicho planeta.
 --¿Cómo puedes decir eso? -Preguntó Otho, lleno de dudas.
 --Esos ojos enormes y sin puilas, demuestran que la criatura se originó en un planeta de eterna penumbra, uno que posee menos luz incluso que Neptuno, -respondió el Cerebro-. Esa envoltura velluda, de huesos ligeros debe haber evolucionado en un mundo frío, de tamaño medio. Eso nos sugiere Plutón, ya que es el único planeta de todo el Sistema que responde a dichas condiciones.
 --Pero... ¿Podría ser que esta criatura procediera de algún mundo completamente exterior a nuestro Sistema? -Aventuró Otho.
 --No. Eso es imposible, -carraspeó el Cerebro-, ya que las retinas de sus ojos están adaptadas a la radiación ultra-violeta de un modo totalmente acorde con la de nuestro Sol. No existen dos soles que emitan exactamente el mismo tipo de radiación. Esta criatura procede de nuestro Sistema solar... concretamente de Plutón.
 --¡Pero nadie ha visto nunca a una criatura semejante en Plutón! -Objetó Otho-. Los nativos Plutonianos no tienen este aspecto.
 --Plutón, en su mayoría, continúa aún inexplorado, -le recordó Simon-. Ese mundo helado y sus tres lunas podrían ocultar a más de una raza desconocida en sus gélidas e inhóspitas superficies.
 --Entonces, ¿El Doctor Zarro y el Cuartel General de la Legión se encuentran en Plutón? -Exclamó ansioso Otho.
 --Estoy convencido de ello, -replicó el Cerebro-. Es bastante posible que el resto de los hombres de la legión del Destino, que parecían Terrícolas, sean también criaturas como ésta, disfrazados con sus dispositivos de proyectar ilusiones.
 Otho tragó saliva ante aquella suposición. Pero la mente de Grag se ciñó a una sola cosa... su jefe.
 --¿Entonces se han llevado al jefe a Plutón? -Exclamó-. ¿Salimos a por ellos?
 --¡Salimos de inmediato! -Espetó el Cerebro-. Despega de Marte al momento y traza un rumbo directo hacia Plutón.
 Pocos minutos después, con Grag en los controles, el Cometa se alzó del desierto Marciano, sobrevoló las iluminadas torres de Syrtis, y ascendió rugiendo, internándose en el vacío del espacio.
 --Será mejor que actives el camuflaje de la nave, ahora que nos alejamos de Marte, -carraspeó el Cerebro-. No queremos que esa nave de la Legión se dé cuenta de que los estamos persiguiendo.
 Grag obedeció, tirando al momento de una palanca roja que había junto a los mandos. El resultado fue sorprendente.
 ¡De repente, el Cometa se convirtió en un auténtico cometa! El Capitán Futuro había desarrollado hace ya tiempo aquel perfecto camuflaje para su nave. Lograba aquel efecto proyectando una densa descarga de iones resplandecientes, a partir de los tubos de las turbinas. Aquella nube de átomos electrificados, que envolvía la nave y que dejaba un rastro tras ella, en el espacio, hacía que el Cometa tuviera exactamente la misma apariencia que el fenómeno del que tomaba su nombre.
 La nave camuflada prosiguió su avance. Mientras las horas pasaban, el Cerebro empleó un pequeño telescopio en la sala de control, para continuar su escrutinio del diminuto punto negro que avanzaba desde la Constelación de Sagitario.
 --¿Cómo puedes pensar ahora en esa estrella negra, cuando el jefe se encuentra en peligro? -Exclamó Otho dirigiéndose a él.
 Simon miró al androide con sus fríos y calmados ojos lenticulares.
 --Estoy tan preocupado por Curtis como puedas estarlo tu, -dijo-, pero debo continuar con estos estudios de la estrella negra, que me pidió que hiciera. Necesitará tener todos los datos posibles para poder combatir los planes del Doctor Zarro.
 --Lo hará, si aún sigue con vida, -dijo Otho con tono aciago.
 --¡El jefe aún vive! -Tronó Grag en voz alta, con una fé absoluta-. Le encontraremos... ya veréis.
 Con cierto aire pesimista, Otho siguió observando la zona del espacio hacia la que se dirigían. Un momento después, el androide emitIó un grito siseante.
 --¡Hay algo ahí delante! ¡Puede ser la nave que estamos persiguiendo!
 La vieron venir... una nave espacial enorme, de extraño aspecto, que venía hacia ellos, aproximándose más y más a cada segundo que pasaba.
 --No puede ser la nave de la legión, porque viaja en dirección contraria...
 --Viene hacia nosotros... ¡Va a embestirnos!
 La extraña nave que tenía frente a ellos se hallaba en rumbo de colisión con el camuflado Cometa, y proseguía su avance imparable...
 
 

CAPITULO VI
El Cementerio de las Naves Espaciales





 Mientras tanto, ¿Qué les había ocurrido al Capitán Futuro y sus compañeros?
 ¡El Mar Espacial de los Sargazos! ¡Ese legendario y misterioso peligro para la navegación espacial, que era temido por todos los marinos espaciales del Sistema!
 El hermoso rostro de Joan Randall estaba pálido y aterrado, y el diminuto Kansu Kane observaba perplejo, mientras el Capitán Futuro les confesaba que su lancha espacial había sido arrastrada hasta el interior de esa trampa mortal.
 La lancha espacial seguía siendo arrastrada por el vacío a una velocidad de vértigo, a merced de las corrientes de éter que tiraban de ella. El crucero de la Legión, dándose cuenta del peligro, había desaparecido.
 --Es culpa mia, -dijo Curt Newton, con su bronceado rostro lleno de auto-reproche-. Sabía bien, por las corrientes, que estábamos cerca del Mar Espacial de los Sargazos. Pero pensé que podríamos esquivarlos, y de paso burlar a nuestros perseguidores.
 --¡Has estado formidable logrando que saliéramos de esa nave! -Exclamó Joan, mostrando su lealtad al pelirrojo mago de la ciencia-. Y también lograrás que salgamos de este Mar de los Sargazos... Sé que lo harás.
 --Pero ¿Qué es este Mar de los Sargazos espaciales del que están hablando? -Quiso saber Kansu Kane-. No soy un marino espacial... Nunca oí hablar de un sitio así.
 --Pero sabe lo que es una corriente de éter, ¿No es así? -Le preguntó el Capitán Futuro-. Pues bien, en el mismo éter existen una serie de fortísimas corrientes, extrañas mareas luminescentes que surcan dicho éter, y que abundan en esta parte del Sistema. Todas ellas fluyen en dirección a un vórtice central, y cualquier cosa que sea arrastrada hasta dicho vórtice es incapaz de salir de él, o de vencer a las corrientes. Ese vórtice central es el Mar Espacial de los Sargazos.
 Curt volvió a asir los controles.
 --Voy a intentar una vez más zafarnos de la corriente, -murmuró-. Pero mucho me temo que...
 Abrió las turbinas hasta colocarlas al máximo de energía. Fue inútil. Su potencia no era suficiente para permitirles salir de la implacable corriente de éter, que les arrastraba fatalmente hacia una desconocida y temida región del espacio.
 El Capitán Futuro apagó las turbinas.
 --No hay manera, -dijo, sacudiendo su cabeza pelirroja-. Mejor será que ahorremos energía, hasta que lleguemos al vórtice central. Una vez allí, ya veremos lo que encontramos.
 Joan le dedicó a Curt una sonrisa confiada. La muchacha tenía en él una fé inquebrantable. Curt lo sabía. Se preguntó, con aire pesimista, si dicha confianza no estaría a punto de verse destruida. Lo cierto era que no veía sino una mínima posibilidad de poder escapar de aquella extraña trampa espacial.
 --Será mejor que duermas un poco, -dijo, y la joven le obedeció.

 El Capitán Futuro permanecía mirando al frente, mientras su bronceado y apuesto rostro intentaba parecer despreocupado. Le daba la sensación de que se estaban aproximando al vórtice central de aquel descomunal remolino de corrientes de éter. La lancha espacial se movía ahora de un lado a otro como si rebotara en paredes invisibles.
 Joan se despertó por el movimiento, y, frotándose los ojos, se apresuró a ponerse a su lado. Aún no había nada a la vista, pero ambos sabían perfectamente que estaban entrando en el hirviente corazón de aquel enorme remolino invisible.
 --Agarraos donde podáis -dijo el Capitán Futuro en voz alta, dirigiéndose a los demás.
 Sujetándose a los asientos, notaron cómo la nave era arrastrada por la titánica fuerza de una marea invisible, dando vueltas sobre sí misma.
 Entonces, tras varios minutos aterradores de caótico movimiento, la lancha espacial pareció salir a una zona del espacio desprovista de corrientes y de cualquier clase de movimiento. Ahora permanecía flotando tan plácidamente como si estuviera en una charca.
 --Pero si hemos salido de las corrientes, -farfulló Kansu Kane, mirando al frente con sus ojos miopes.
 --¿Hemos escapado del Mar de los Sargazos? -Exclamó Joan gozosa, dirigiéndose al Capitán Futuro.
 Curt meneó la cabeza.
 --Siento mucho desilusionaros, pero hemos llegado a un punto muerto; estamos en el vórtice central del remolino de corrientes, un área de espacio bastante más tranquila, pero que se encuentra en el corazón de este torbellino espacial.
 Abrió las turbinas y accionó los cohetes.
 --Vamos a intentar abrirnos camino para volver, pero mucho me temo que va a ser inútil.
 Los cohetes llamearon, y la pequeña lancha se impulsó hacia atrás, retrocediendo por donde había venido. Medio minuto más tarde, volvía a ser atrapada de nuevo por las invisibles y titánicas corrientes de éter. Una vez más, las corrientes arrastraron a la nave, y, como si fuera un juguete, la arrojaron de regreso al centro estático del torbellino.
 --Ya me lo temía, -murmuró Curt-. Estamos condenados a quedarnos aquí, a menos que podamos desarrollar la suficiente potencia como para salir.
 --¿Y donde espera usted encontrar la energía adicional suficiente en medio de este agujero vacío del espacio? -Preguntó Kansu desesperanzado.
 --Allí, -dijo con calma el Capitán Futuro, señalando hacia delante.
 La muchacha y el doctor miraron en aquella dirección. A lo lejos, una descomunal masa metálica flotaba inmóvil en el espacio. La forma de la nave era lenticular, y se encontraba en el mismísimo centro del área muerta, en el vórtice del remolino.
 Mientras la lancha se iba acercando, vislumbraron que, junto a aquella masa metálica, había una gran concentración de naves más pequeñas, y de desperdicios de toda clase y descripción. Todos aquellos deshechos flotaban unos junto a otros, atraídos por la ligera gravitación mutua que se formaba entre ellos.
 --¿Qué es eso? -Susurró Joan Randall aterrada.
 --Es el cementerio de las naves espaciales, -dijo Curt-. El último lugar de reposo de todas aquellas naves que quedaron atrapadas en el Mar Espacial de los Sargazos, desde que comenzó la Era de los viajes interplanetarios. Ni una sola nave ha conseguido nunca escapar de aquí... todas las que entraron se encuentran aún aquí.
 Guió la lancha espacial hasta el borde de la vasta concentración de naves varadas. Ahora podían verlas con más claridad.
 En aquel grupo había naves espaciales de todas las clases conocidas que alguna vez navegaron por el Sistem. Enormes cisternas Jovianas de grano, pequeños cargueros Marcianos, esbeltos buques de línea procedentes de las rutas de neptuno y Urano, cruceros negros de la Policía Planetaria, naves piratas, ominosamente armadas, e incluso pequeños yates espaciales.
 Aquellas naves fantasma flotaban casi inmóviles, chocando ligeramente unas con otras. Y, entre ellas y a su alrededor, flotaba todo tipo de desperdicios interplanetarios, que habían ido depositándose allí, atraídos por el torbellino... meteoritos grandes y pequeños, fragmentos de asteroides destrozados, piezas de metal de los distintos naufragios, e incluso numerosos cadáveres, vestidos con trajes espaciales, algunos de los cuales, posiblemente, habían flotado por el vacío durante años, antes de llegar a aquel sitio, su último lugar de reposo.


 Era aquella una visión impactante y desesperanzadora, débilmente iluminada por la tenue luz del lejano sol. Allí habían concluido muchos viajes intrépidos y arriesgados. Allí, muchas naves excelentes, que antaño se trasladaran de un mundo a otro, se habían detenido por fín en un lugar de inmutable descanso. Era aquel un Valhalla de marinos y naves espaciales, cuya eterna tranquilidad y silencio no serían alterados hasta que el Sistema entero no fuera destruido.
 --¿Crees que puede haber alguien con vida en esas naves, Capitán Futuro? -Preguntó Joan Randall en voz baja.
 --Me temo que no hay ninguna posibilidad de ello. El suministro de aire de cualquier nave que haya naufragado aquí dentro no tardaría en agotarse, de modo que, todas las personas que estuvieran a bordo, habrán muerto con toda seguridad.
 --¿Entonces, nosotros también moriremos cuando los tanques de aire de nuestra nave se vacíen? -Exclamó la joven-. ¿Sólo nos quedan dos días a partir de ahora?
 --Vamos a intentar salir de aquí antes de que eso ocurra, -dijo Curt, muy serio-. Tenemos una pequeña posibilidad si logramos ajustar en esta pequeña lancha todos los ciclotrones adicionales que podamos recolectar en las naves abandonadas; eso podría darnos el suficiente impulso como para vencer a las corrientes. Vamos a tener que recorrer las naves naufragadas, a ver si podemos encontrar suficientes ciclotrones que estén en buen estado, -añadió.
 Joan se estremeció.
 --¿Rebuscar en medio de esas naves muertas... silenciosas?
 --Si lo prefieres, puedes quedarte en la lancha espacial, con Kansu Kane, -le dijo Curt-. La búsqueda va a ser un trabajo bastante extenuante.
 --¡No, no, prefiero ir contigo! -Exclamó la joven.
 --Bueno, pues yo no, -dijo Kansu Kane con amargura-. A lo mejor puedo reconstruir de memoria mis notas perdidas acerca de Andrómeda, mientras ustedes dos andan dando tumbos por ahí fuera.
 Curt y Joan se embutieron en los negros trajes espaciales y se colocaron sendos cascos de glasita. El Mago de la ciencia comprobó el interfono entre ambos trajes, para asegurarse de que funcionaba correctamente, y, entonces, ambos salieron por la pequeña exclusa de aire de la lancha espacial.
 Emergieron al vacío del espacio, y allí flotaron juntos, mágicamente suspendidos en medio de la nada, al borde de aquel vasto grupo de naves naufragadas, y rodeados de estrellas. Entonces, Curt accionó el tubo propulsor que llevaba adosado al cinturón de su traje. Al encenderlo, el diminuto cohete propulsor le envió con fuerza en dirección a la nave abandonada más cercana. Joan le siguió, empleando su propio propulsor. El cuerpo de Curt rebotó ligeramente contra un costado de la nave. Se trataba de un carguero, que lucía el nombre "Thenia, Venus," en un costado de su casco. Fueron avanzando por encima de la parte superior de aquella nave con forma de torpedo, y descubrieron que toda la proa había sido destruida, como aplastada por una mano gigantesca.
 --Esto lo ha hecho un meteoro, -dijo Curt, hablando con la joven por el interfono-. No tiene sentido que busquemos aquí un ciclotrón en buen estado. Sígueme.
 La siguiente nave fantasma, un gran navío de línea, era el "París. La Tierra". No parecía estar dañado, de modo que Curt y Joan se las arreglaron para entrar por una exclusa de aire, cuyas puertas estaban abiertas de par en par.
 En el interior del navío de Línea, sus ojos contemplaron una escena dantesca. Las atestadas cubiertas estaban repletas de pasajeros muertos... Marcianos, Venusianos, Terrícolas, y hombres y mujeres de otras razas, que yacían por doquier, inmóviles y congelados. Aún así, su estado de conservación era perfecto, de manera que parecía que todos ellos estuvieran durmiendo.
 --¿Qué le ocurrió a esta nave? -Susurró Joan, mientras, tras su yelmo transparente de glasita, su rostro se tornaba aún más pálido.
 --Debieron de ser absorbidos por el torbellino del Mar de los Sargazos, y terminaron quedándose sin aire, -murmuró Curt-. Parece que alguien de aquí, finalmente, decidió abrir las exclusas de aire, para darle a sus compañeros una muerte rápida y piadosa.
 Curt descendió hasta la sala de los ciclotrones. Los enormes generadores cilíndricos de energía atómica estaban intactos.
 --Hasta ahora vamos bien. Pero tenemos que conseguir más.
 Tras abandonar la nave, entraron en un navío de línea de aspecto anticuado, del tipo que se construía hace varias décadas, y que parecía haber sido atacado por piratas espaciales. Sus almacenes habían sido saqueados, sus oficiales asesinados con armas de rayos, y, posteriormente, los atacantes habían repartido el fuego de sus armas atómicas por todo el casco, matando a todo el que estuviera en su interior.
 --No me imaginaba que, en el pasado, habían ocurrido cosas tan horribles en nuestro Sistema, -dijo Joan, estremeciéndose.
 --Este ataque en particular parece haber ocurrido hace ya mucho tiempo, -señaló el Capitán Futuro-. Las naves que se encuentras más cerca del centro del vórtice son también las más antiguas. Será mejor que volvamos a movernos por las naves más cercanas al borde; en ellas tendremos muchas más probabilidades de encontrar ciclotrones en buen estado, ya que las naves serán de modelos más recientes.
 Pero, mientras se alejaban de aquella nave marcada por una remota tragedia, Joan señaló de repente hacia un extremo del conjunto de naves fantasma.
 --¿Qué puede ser eso, Capitán Futuro?
 Curt miró hacia el punto señalado por la joven. La muchacha se refería a un extraño objeto, que se hallaba a varias naves de distancia. Se trataba de un cilindro de metal grisáceo, a poco menos de un kilómetro de ellos, y que carecía de las líneas habituales que definen la forma de una nave.
 --No lo sé... desde luego no se trata de una nave espacial que pertenezca a nuestro Sistema, -declaró Curt-. Puede que proceda del exterior del Sistema... un extraño artefacto procedente del espacio interestelar, que penetró en nuestro Sistema y quedó atrapado aquí, en el Mar espacial de los Sargazos. -Sus ojos grises se iluminaron por el interés científico-. Creo que iré a echarle un vistazo. Vamos, Joan.
 Comenzaron a avanzar hacia el enigmático cilindro. Pero, antes de alcanzarlo, volvieron a detenerse, mudos de asombro, tras contemplar la nave que flotaba frente a ellos.
 Se trataba de una nave de un tamaño ridículamente pequeño, y de apariencia endeble. Su diseño era muy tosco, con unas turbinas propulsoras de un tipo bastante anticuado y poco eficaz. Hasta el momento, aquel pequeño bajel era el más anticuado y obsoleto que habían visto en los alrededores.
 --¡Pero si se parece a una de las primeras naves espaciales que se construyeron! -Exclamó Joan-. ¿Cómo podrían los hombres viajar por el espacio en unas naves como esa?
 El bronceado rostro de Curt se quedó repentinamente tenso, y adoptó una expresión extraña.
 --Se me acaba de ocurrir de qué nave puede tratarse, -dijo-. Si, tenía yo razón... ¡Mira el nombre que hay escrito en su casco!
 El nombre de la nave era Pioneer III.
 --¿Pioneer III? -Exclamó Joan-. Pero... ¿No era esa la nave de Mark Carew, el primer hombre en...?
 --El primer hombre que se aventuró más allá de Júpiter, -continuó suavemente el Capitán Futuro, mirando casi con reverencia la pequeña y endeble navecilla-. Mark Carew, el segundo de los grandes pioneros del espacio... el primer hombre que visitó Saturno, Urano y Neptuno, y que se perdió en el espacio en su postrero viaje. Y fue aquí donde se perdió... aquí, en el Mar Espacial de los Sargazos.
 El misterio del cilindro interestelar quedó olvidado de momento, ante el intenso interés provocado por aquel nuevo descubrimiento. Curt y Joan forcejaron con la bara de la exclusa de aire, hasta que lograron entrar en el pequeño Pioneer III.
 El vetusto artefacto tan sólo llevaba una tripulación de seis hombres. Todos ellos yacían muertos, congelados, eternamente conservados... Se trataba de aquellos Terrícolas que hacía ya tanto tiempo, habían surcado el vacío espacial a bordo de su pequeña nave, para trazar las sendas por las que otros vendrían después.
 Con gran respeto, el Capitán Futuro caminó suavemente hacia el cubículo de control, situado en la proa. Allí, en la silla del piloto, halló sentado el cadáver congelado de un hombre de rostro delgado y oscuro, de mediana edad. Estaba allí, sentado, con su enjuto rostro dotado de una expresión cercana a la vida, y sus ojos negros, abiertos, mirando eternamente por la ventanilla de su pequeña nave.
 --¡Mark Carew! -Susurró Joan entre dientes-. He visto tantas fotos de él, y tantos monumentos... El segundo hombre en viajar al espacio... tan sólo Gorham Johnson se le adelantó.
 Los ojos de Curt se habían fijado en un cuaderno de notas, que había en las manos del cadáver del explorador. Con suma delicadeza, arrebató el cuaderno de entre los dedos congelados.
 Se trataba de un diario. Él y Joan leyeron las últimas anotaciones de la página por la que estaba abierto.

 22 de Enero. (Calendario de la Tierra.) Nuestros viajes han llegado a su fín. Jamás alcanzaremos Plutón, como yo soñaba. Ese ha de ser un viaje reservado para algún otro pionero. Ayer mismo fuimos atrapados por estas fortísimas corrientes de éter, que nos han arrojado a esta zona vacía y muerta del espacio, de la cual no podemos escapar. Nuestras reservas de aire ya no pueden durar mucho tiempo, pues las teníamos casi agotadas, y contábamos con poder reabastecernos al llegar a Saturno.
 23 de Enero. Hemos descubierto que uno de nuestros tanques de aire, que creíamos lleno, está en realidad vacío. Sin que nos diéramos cuenta, se ha agrietado, dejando escapar al exterior su valioso fluido. La muerte es cuestión de horas. Nos hemos sentado aquí, en silencio, pensando en nuestra Tierra, que ya no volveremos a contemplar jamás. Me pregunto si alguna vez llegarán a encontrar nuestros cuerpos... Tampoco importa mucho... aunque, me gustaría tanto volver a contemplar el cielo azul de la Tierra...
 24 de Enero. La tripulación está medio inconsciente... el aire escasea... asfixia parcial... Esto es... el fín. Nuestro fín, pero no... el de nuestra obra. Vendrán otros después de nosotros. Me parece... estar viendo... todo el espacio repleto de naves... en algún tiempo futuro. A lo mejor... Gorham Johnson, mis hombres y yo... seremos recordados. Las manos me tiemblan... los ojos se me cierran... no puedo escribir... más...

 Aquella última frase terminaba con un garabato. No había ninguna anotación posterior en el pequeño cuaderno de bitácora.
 El Capitán Futuro, con un nudo en la garganta, levantó la mano hasta su casco de glasita, en solemne saludo a aquel cadáver sedente.
 
 

CAPITULO VII
Encuentro en el Espacio





 El Mago de la ciencia y la muchacha salieron de aquella nave silenciosa, que se había convertido en la tumba y el monumento de un grupo de hombres valientes.
 La atención del Capitán Futuro volvió a recaer en el gran cilindro de metal gris, que flotaba junto a ellos en medio de la aglomeración de naves fantasma. Lo había olvidado momentáneamente, pero ahora volvió a atraer su interés.
 --¡Ese cilindro debe de ser una nave de más allá del Sistema! -Exclamó-. Ven... no tenemos demasiado tiempo, pero pienso echarle un vistazo.
 Joan Randall flotó junto a él hasta alcanzar un costado del enorme y enigmático cilindro. Permanecieron allí unos instantes, observando sus paredes curvadas. No parecía haber puertas, ni exclusas, ni ningún tipo de ventanilla o escotilla.
 --No me gusta la pinta que tiene, -murmuró la joven, con una expresión de desagrado en los ojos-. Resulta demasiado ajeno, extraño y alienígena.
 --Después de todo este tiempo, no puede haber nada vivo en su interior, -le aseguró Curt-. Y debe de haber algún tipo de puerta en alguna parte. Ojalá podamos encontrarla y abrirla.
 Un momento después, ocurrió algo que le hizo estremecerse bajo su traje espacial, y que arrancó un gritito de sorpresa a Joan. En medio del cilindro acababa de abrirse una puerta.
 Se había abierto como el iris del disparador de una cámara, expandiéndose a partir de una diminuta apertura, hasta formar una entrada circular de tres metros de diámetro.
 --¿Cómo se ha abierto esa puerta? -Exclamó la joven, agitada por el pánico-. Ni siquiera estábamos cerca de ella.
 Los ojos grises de Curt lanzaron un destello.
 --Debe de tratarse de una puerta operada telepáticamente... ¡Cuando deseé que se abriera... se abrió! -Su pasión científica le hacía disfrutar-. ¿Qué clase de raza habrá sido capaz de diseñar un mecanismo semejante? ¡Vamos, Joan!
 Con temerosa reluctancia, la joven le siguió, atravesando el umbral de la portilla que se había abierto por arte de magia. Se encontraban en el interior del gran cilindro, un dédalo de vigas, pasarelas y maquinaria de insospechable propósito y diseño.
 En los laterales había una especie de vainas de metal, sobre cada una de las cuales brillaba una lámpara de luz purpúrea. El purpúreo haz de luz de cada una bañaba el cuerpo de una criatura grotesca e inmóvil, que yacía, aparentemente congelada, en el interior de cada vaina.
 Se trataba de criaturas completamente alienígenas.
 Parecían ser un híbrido horripilante entre un pulpo y un ser humano. Todos ellos poseían un cuerpo escamado, con una serie de protuberancias punteagudas que descendían desde la cabeza por toda la espina dorsal, y contaban con cuatro brazos, similares a tentáculos.
 --Debían de proceder de otra estrella... y se quedaron varados aquí, en el Mar espacial de los Sargazos, mientras exploraban nuestro Sistema, hace mucho tiempo, -murmuró el Capitán Futuro-. No me parece que estas criaturas respiren aire.
 --¿Qué es esa luz púrpura que hay encima de cada uno de ellos? -Preguntó Joan con aprensión.
 --No lo se... puede ser algún tipo de fuerza preservadora, -musitó el Capitán Futuro-. Aquí dentro hay un misterio.
 Encontró un grupo de bidones diseminados a lo largo de la pared. Todos ellos estaban vacíos. Habían contenido un líquido rojizo, cuyos restos aún podían percibirse.
 --¡Llevaban sangre en estos bidones! -Afirmó Curt-. Debía de tratarse de su alimento. Y cuando se quedaron sin él...
 Se aproximó al extremo frontal de la nave cilíndrica. Allí encontró un panel de control, con indicadores, diales e interruptores de aspecto poco familiar... fruto, sin duda, de una ciencia y mecánica alienígenas.
 De repente, mientras Joan y el Capitan Futuro se acercaban al panel de control... ¡Una brillante luz se encendió por encima de los controles! Su presencia debía de haber activado algún tipo de delicado mecanismo entre toda aquella vorágine de dispositivos extraños.
 Entonces, Curt se percató de que las luces púrpuras que brillaban sobre las dos criaturas octopoides que había junto al panel de control, acababan de apagarse. Y, como resultado de ello, ambas criaturas comenzaron a desperezarse.
 --¡Ahora lo entiendo! -Exclamó, avanzando de un salto, con una expresión de alarma en sus ojos-. Se quedaron si comida... sin sangre... y por eso se pusieron en animación suspendida. Pero dejaron activado un detector, para que despertara a sus líderes si, por algún casual, alguna criatura de sangre caliente llegaba a entrar en esta nave...
 Desesperadamente, comenzó a tocar el grotesco panel de control, intentando desactivar el detector, estuviera donde estuviera.
 --Si esos dos llegan a despertarse del todo, despertarán a su vez a todos los demás, desconectando sus lámparas de animación suspendida... y nuestras vidas no valdrán nada... ¡Necesitan nuestra sangre!
 --¡Capitán Futuro! -Exclamó Joan. Curt se dio la vuelta, y en ese mismo instante, se sintió agarrado por tentáculos escamados.
 ¡Las dos criaturas octopoides se habían despertado mucho más rápido de lo que había creido posible! Una de ellas le tenía sujeto, rodeándole la cintura con un tentáculo, la garganta con otro y el pecho con dos más.
 ¡La otra criatura se precipitaba hacia el resplandeciente panel de control, para despertar a los compañeros que yacían en animación suspendida!
 Joan Randall, con el rostro de un pálido mortecino bajo el cristal de su escafandra, intentó ayudar a Curt a liberarse de los tentáculos que le aprisionaban. El Capitán Futuro, tras realizar un enorme esfuerzo, consiguió liberar su brazo y empuñó su pistola de protones.
 Disparó a quemarropa contra la criatura octopoide que intentaba llegar con sus cuatro tentáculos a los instrumentos del panel de control. El rayo de protones alcanzó a la grotesca criatura, convirtiéndola en una masa chamuscada.
 La cosa que sujetaba a Curt intentó levantarle en vilo, para estamparlo contra el suelo. Pero Curt volvió a disparar, apuntando en esta ocasión a la criatura cuyos tentáculos le aprisionaban.
 El rayo de protones alcanzó el cuerpo escamoso, y el Capitán Futuro pudo retroceder, ya libre, mientras el ser octopoide caía al suelo, muerto.
 Curt se enderezó y, frenético, miró a su alrededor. Ninguno de los otros seres octopoides que dormían bajo el influjo de las lámparas parecía haberse movido un ápice. El detector que se había disparado con su presencia y la de Joan parecía diseñado para despertar únicamente a los dos líderes de la tripulación alienígena, suponiendo que éstos se encargarían de despertar a sus compañeros.
 --¡Qué cerca hemos estado! -Jadeó Curt-. Lo que buscaban era alimento... sangre. ¿De qué parte del universo habrán venido? Son criaturas inteligentes, immunes al frío del espacio y a la falta de aire, pero necesitadas de los elementos vitales contenidos en la sangre...
 --¡Vámonos de aquí, Capitán Futuro! -Imploró Joan, estremeciéndose-. ¡Este lugar es insano, impío!
 Curt Newton habría dado un año de su vida a cambio de la oportunidad de estudiar y analizar aquellos productos de la ciencia inhumana que ahora le rodeaban. Pero hubo de reconocer que tal cosa resultaba imposible, pues el tiempo pasaba y el peligro aumentaba mientras estaban allí.
 Con cierta reluctancia, abandonó el sombrío y misterioso bajel espacial. Una vez en el exterior, deseó mentalmente que la apertura se cerrara. Y, en efecto, la portilla se cerró en silencio.
 --Ahora, los que han quedado ahí dentro, continuarán durmiendo, seguramente para siempre, -dijo, mientras contemplaba la extraña nave.
 ¡Unos exploradores de más allá del universo conocido, durmiendo eternamente en el corazón de un cementerio de naves espaciales!
 CURT paseó la mirada por el resto de las naves abandonadas que formaban la flotilla fantasma, en cuyo centro se hallaban.
 --Será mejor que regresemos hacia la lancha espacial, -decidió-, y busquemos entre las naves más recientes en la parte exterior del grupo. Así tendremos más probabilidades de encontrar más ciclotrones.
 Y eso fue lo que hicieron. Cada vez que Curt encontraba un ciclotrón, lo extraía de la nave abandonada en cuestión, arrastrándolo por los límites de la flotilla fantasma en dirección a la lancha espacial. Fueron horas de arduo trabajo para el Capitán Futuro. Finalmente, consiguió reunir diez ciclotrones, muy apretados, en el compartimento de máquinas de la popa de la lancha, precariamente atornillados al suelo.
 Al terminar, se encontraba jadeando, y levantó la mirada hasta Joan, que le había ayudado en lo que había podido.
 --Y ahora... ¿Podremos salir de aquí? -Preguntó ella muy resuelta. Tenía una graciosa mancha de grasa en la nariz.
 --O eso, o saldremos volando en pedazos hacia otra dimensión. ¿Estáis listos Kansu y tu? ¡Vamos con los fuegos artificiales!
 Mientras hablaba, encendió los ciclotrones. Una docena de enormes generadores cónicos de energía atómica comenzaron a funcionar en el compartimento que, originalmente, había sido diseñado para albergar sólo dos. El murmullo que producían se convirtió en una insoportable vibración, que amenazaba con destrozar la nave en pedazos. Resultaba atronador y enervante... pero Curt aumentó aún más la potencia.
 Entonces, cuando parecía que la nave no iba a poder resistir la vibración, Curt encendió los cohetes de las turbinas de proa.
 Fueron empujados hacia atrás, en sus sillas de protección, presa de una aceleración inimaginable. Los cohetes desprendían un descomunal torrente de fuego atómico, haciendo avanzar a la pequeña lancha a una velocidad increible.
 La flotilla fantasma quedó atrás. Curt, tenso y preparado, mantuvo la potencia al máximo. Entonces se toparon con el torbellino de corrientes de éter que circulaba alrededor de aquel área muerta. Durante un momento, Curt pensó que había llegado el final. Aquel infierno de fuertes corrientes invisibles sacudía la lancha como si fueran manos gigantescas, intentando devolverla al centro del vórtice, mientras las hiperalimentadas turbinas la arrastraban salvajemente hacia delante.
 ¡Pero la increible potencia de la lancha le hizo salir del vórtice de corrientes!
 Curt no se atrevía aún a desconectar la energía. Pasaron varios minutos en tensión, mientras la pequeña nave avanzaba por entre corrientes más débiles. Entonces, bruscamente, dejaron atrás la última corriente; y la lancha espacial avanzó por el espacio limpio como si fuera un meteoro.
 Al instante, el Capitán Futuro desconectó todos los ciclotrones menos dos.
 --¡Guau! -Jadeó el joven pelirrojo.
 --¡Eres el único hombre en la historia que ha logrado sacar una nave del Mar espacial de los Sargazos! -Exclamó Joan con los ojos brillantes.
 --Y ahora que estamos fuera... ¿Qué? -Quiso saber Kansu Kane, mirando con amargura el vasto vacío del espacio.
 --Retrocederemos hacia Júpiter, -decidió el Capitán Futuro-. Desde allí llamaremos a los Hombres del Futuro.
 --Y desde allí podré conseguir una nave para volver a Venus, -dijo con énfasis Kansu Kane-. Puede que a algunos les guste viajar por el espacio, pero a mi no.
 La pequeña nave puso rumbo al sol, hacia el blanco orbe de Júpiter. Pero, unos instantes más tarde, Curt Newton fijó la mirada en la lejanía y emitió una exclamación de júbilo.
 --¡Pero si son los Hombres del Futuro! -Exclamó-. De algún modo, deben de habernos seguido la pista.
 Joan Randall y el pequeño astrónomo siguieron la dirección de su mirada, pero lo único que acertaron a ver fue un pequeño cometa brillante, de aspecto bastante común, que se aproximaba a ellos en dirección opuesta.
 --No veo nada excepto ese pequeño cometa, -se quejó Kansu Kane.
 --¿Qué cometa es ese? -Preguntó Curt con picardía.
 Kansu se rascó la cabeza.
 --Pues no lo sé... ahora que lo pienso, no hay ningún cometa que siga una órbita así.
 El Capitán Futuro se rió.
 --Eso no es un cometa... es El Cometa, mi nave. Los chicos están usando el camuflaje de cometa.
 --¿Cómo vamos a llamarles si no tenemos telepantalla? -Preguntó Joan ansiosa.
 --Tendré que correr algún riesgo para hacer que se detengan, -dijo Curt-. ¡Agarraos!
 Accionó las turbinas y envió la lancha espacial directamente hacia el rumbo del Cometa, como si pretendiera colocarles en rumbo de colisión. ¡Aquello era lo que habían visto Grag y Otho!

 Cuando ambas naves se hallaban próximas, la aguda visión de Curt llegó a percibir a Grag, Otho y el Cerebro en la sala de control de la nave camuflada. Les saludó con la mano y, en el último momento, para evitar la colisión, levantó la proa de la lancha espacial.
 --¡Me habrán visto! -Le dijo a Joan confiado-. ¡Los ojos de estos chicos no se pierden detalle!
 De hecho, el resplandeciente Cometa deceleraba rápidamente. Poco después, flotaba inmóvil en el espacio, junto a la lancha espacial.
 El Capitán Futuro y sus dos compañeros, ataviados con sus trajes espaciales, flotaron unos instantes en el vacío, hasta alcanzar el lateral del casco del Cometa. Un instante después se quitaban los trajes y escafandras, ya en el interior de la nave con forma de lágrima.
 --¡Jefe, ya sabía yo que no te había pasado nada! -Tronó Grag, el robot, con tono desesperado, mientras agarraba el brazo de Curt con tal fuerza que amenazaba con rompérselo-. Le dije a Otho que te encontraríamos ileso... aunque no ha sido precisamente gracias a él.
 --¿Qué ocurrió en la nave de la Legión del Destino, Jefe? -Preguntó Otho con interés-. ¿Tuviste que luchar para escapar? ¿Mataste a muchos de esos canallas?
 --No, mi querido amigo sediento de sangre, no maté a nadie, -se rió Curt-. Me las arreglé para que escapáramos sin recurrir a eso... y entonces, como un estúpido, me metí de cabeza en el Mar espacial de los Sargazos.
 --¿El Mar de los Sargazos? -Las lentes oculares de Simon Wright se movieron interrogadoras sobre su rostro-. ¿Cómo has conseguido salir de allí, Curtis?
 Curt se lo contó.
 --Y ahora estoy seguro de que la base del Doctor Zarro y su Legión se encuentra en Urano o Plutón, -concluyó.
 --Es en Plutón, muchacho, -le dijo el Cerebro. Entonces Simon le habló de sus análisis del extraño cadáver peludo del legionario disfrazado, y de las pistas que les llevaban a Plutón.
 --Plutón, ¿Eh? -Musitó Curt, con una mirada reflexiva en sus ojos grises-. Entonces mi suposición era correcta.
 Aquello le entusiasmó.
 --¡Entonces salimos para Plutón ahora mismo! No tenemos mucho tiempo para detener a ese tal Doctor Zarro. Todo el Sistema se encuentra en tal estado de pánico que, en pocos días, le concederán a ese intrigante el poder absoluto que está exigiendo.
 Kansu Kane, el pequeño astrónomo, observaba maravillado al inhumano trío de los hombres del Futuro. El hombrecillo retrocedió, presa del pánico, cuando el grandullón Grag posó en él sus ojos fotoeléctricos.
 --¿Quién es este, Jefe...? ¿Un prisionero? -Tronó el robot de metal.
 --No, es Kansu Kane...  el astrónomo Venusiano que secuestró la Legión, -se apresuró a decir Curt.
 Las lentes oculares de Simon Wright se fijaron en el hombrecillo.
 --¿El mismo Kansu Kane autor de la teoría del doble espectro? -Preguntó el Cerebro.
 Kansu se enderezó, orgulloso.
 --Si, esa teoría es obra mia...
 --Esa teoría es la hipótesis más imposible que he visto jamás, -carraspeó el Cerebro-. ¿Cómo se le ocurrió postularla?
 El pequeño astrónomo reaccionó airado. La indignación le hizo olvidar el asombro que le producía aquel cerebro viviente.
 --¡Debe estar loco para preguntar algo así! -Exclamó furioso-. En mis cálculos, probé concluyentemente que...
 --Dejemos para más tarde las discusiones científicas, -sugirió rápidamente el Capitán Futuro-. Estamos gastando un tiempo precioso. Grag, ponte en marcha... rumbo directo a Plutón.
 --Si, Jefe, -tronó con júbilo el gran robot, y se alejó a grandes zancadas hacia la sala de control-. En un momento estaremos a máxima velocidad.
 --Más tarde me gustaría examinar ese cuerpo con vello blanco del que me has hablado, -dijo Curt al Cerebro-. Mientras tanto, háblame de tus observaciones acerca de la Estrella Oscura.
 --Estoy perplejo, Curtis, -confesó el Cerebro-. Ese sol negro es, indudablemente, de un tamaño descomunal, según mis observaciones visuales y fotográficas. Y aún así, la medición de su masa es increiblemente pequeña para un cuerpo de un tamaño tan enorme.
 --¿Podría ser que hubiera algún factor desconocido que estuviera induciendo a error a tus mediciones? -Preguntó Curt.
 --Resulta posible, -admitió el Cerebro-. Necesitaría un equipo mejor y más grande para estar más seguro.
 --Cuando lleguemos a Plutón, podrás emplear para tus estudios el equipo del Observatorio del Monte Tartarus. Si resulta que al final ese Sol negro tiene de verdad una gran masa, eso podría suponer el desastre absoluto para todo nuestro Sistema, Simon.
 --Lo sé, -musitó el Cerebro-. Todo esto es bastante intrigante.
 El Capitán Futuro se dio la vuelta, y descubrió que Joan, sentada en una de las sillas de la nave, tenía el rostro pálido y demacrado.
 --Grag, -ordenó-, pon el piloto automático y prepáranos algo de comida. Joan está extenuada.
 El gran robot obedeció; tras regresar, extendió una mesa plegable, sobre la que colocó una curiosa mezcolanza de substancias e instrumentos para la "cena". Para Joan y para Kansu Kane, sentados a la mesa junto a Curt Newton y sus Hombres del Futuro, se trató del almuerzo más extraño en el que hubieran participado jamás.
 Curt, Joan y el Venusiano comieron alimentos interplanetarios ordinarios, extraídos de unos recipientes que los conservaban al vacío. Había allí un rosbif frío Terrícola, manzanas del desierto Marcianas, varias tortas planas de "pan espacial", cocinadas a partir de grano Joviano, y una gran vasija del negro vino Venusiano de los pantanos.
 Otho podía ingerir comida ordinaria en caso de necesidad, pero solía preferir los elementos alimenticios sintéticos y químicos, con los que satisfacía mejor su apetito. El androide se bebió de un trago un gran bol de una papilla química de aspecto poco apetitoso, y eso fue todo.
 Simon Wright no tenía necesidad de comer, pues carecía de cuerpo que tuviera que mantener con vida. Habitualmente, el Cerebro tomaba, por todo refrigerio, un masaje vibratorio estimulante. Grag Colocó un pequeño proyector de dichas vibraciones sobre el cubo transparente del Cerebro viviente, y Simon, en silencio, disfrutó de aquella fuerza refrescante.
 El propio Grag, cuyo enorme cuerpo de metal se alimentaba de energía atómica, abrió tranquilamente una placa oculta de su poderoso torso metálico, y dejó caer un pequeño fragmento de cobre en el receptáculo que allí se abría, para mantener funcionando su sistema de energía. Tras cerrar la placa de metal, le entregó a su mascota, Eek, los restos sobrantes de cobre. El pequeño cachorro lunar se abalanzó al instante sobre el metal, mientras sus ojos brillaban de satisfacción.
 --¿Se alimenta de todo tipo de metal? -Preguntó Joan al robot, mientras contemplaba a Eek asombrada.
 A Grag le encantó que se hubieran fijado en su mascota.
 --Si, puede comer cualquier metal, -bramó-, pero sus preferidos son los metales pesados.
 --¿Y por qué no le da por comerse tus dedos? -Preguntó Joan al robot con curiosidad-. Son de metal... y siempre los está mordisqueando.
 --Mi cuerpo es de un metal inerte e inquebrantable en el que ni siquiera los dientes de Eek pueden hacer mella, -contestó Grag-. Además, él prefiere el cobre, y, especialmente, la plata y el oro.
 --Lo que sí que le gusta es el aroma de mis tubos de plata de maquillaje, -siseó Otho, mirando irritado al cachorro lunar-. Debe ser así, porque se los come todos.
 Joan se quitó de la muñeca un pesado brazalete de oro y se lo tendió al cachorro Lunar.
 --Toma, Eek, -dijo.
 --No puede oirte... debes pensarlo, y él oirá tus pensamientos, -le dijo Grag.
 Joan obedeció. Cuando el animalito sintió telepáticamente el permiso que le daba la joven, aceptó al instante el brazalete. Mordisqueó el oro con lo que parecía ser un placer extremo. No obstante, un instante después, sus miembros empezaron a quedar laxos.
 --A veces, cuando se pasa con el oro, Eek se pone un poco enfermo, -dijo Grag con ansiedad.
 --¿Enfermo? ¡Mejor di borracho! -Espetó Otho-. Cualquier metal de un número atómico superior al del cinc hace que esta bestia tenga delirium tremens. ¡Mírale ahora!
 Lo cierto era que los movimientos de Eek se habían vuelto inseguros, y sus ojos parecían algo nublados.
 --Seguro que ahora está cantando telepáticamente a voz en grito, -se rió el Capitán Futuro.
 Tras concluir el extraño almuerzo, Grag regresó a los controles, llevando consigo a un Eek decididamente intoxicado. El Cometa continuó surcando el vacío. Simon Wright y Kansu Kane retomaron su discusión sobre la teoría del Venusiano. Otho, que siempre se aburría con facilidad, se entretuvo probándose un disfraz tras otro. Aquello provocó a Joan más de un estremecimiento, a pesar de que a menudo había visto cómo el androide reblandecía su carne, y la moldeaba con nuevos rasgos.
 Volvió la vista hacia el Capitán Futuro. El joven pelirrojo se reclinaba en una silla, mirando al vacío, mientras sus fuertes dedos acariciaban distraidos su instrumento favorito, una guitarra Venusiana de veinte cuerdas.
 El instrumento dejó escapar el hechizo de las sutiles melodías alienígenas de media docena de mundos diferentes. Aún así, cuando Joan observó el apuesto rostro del Capitán Futuro, y sus ausentes ojos grises, supo que su mente estaba muy lejos de aquella música.
 Sabía que era en el Doctor Zarro en quién estaba pensando; sabía que pensaba en el enfrentamiento con ese oscuro profeta, y con su misteriosa Legión, que les aguardaban en Plutón... ¡Una batalla a vida o muerte, de la que dependía todo el Sistema, y a la que se dirigían a toda velocidad, surcando el espacio!
 
 

CAPITULO VIII
En el Mundo Ártico




 El Cometa avanzaba por la penumbra del día Plutoniano, en dirección a la gran cúpula de Tartarus, la capital de la colonia.
 El Capitán Futuro en persona sujetaba los mandos de la nave, mientras sus ojos escrutadores se fijaban en una ensenada, un poco al norte de la ciudad contenida en una cúpula.
 --En esa ensenada está el espaciopuerto, -comentó-. ¿Te acuerdas, Simon...? Ya hemos estado aquí antes.
 --Yo también me acuerdo, -murmuró Otho-. Casi morimos congelados en una de las franjas ecuatoriales.
 El androide observaba con intenso desagrado la desoladora extensión en penumbra que se extendía más allá de la ciudad... un paisaje de negras planicies heladas que terminaban en vastos campos de hielo blanco, los cuales, en la lejanía, se alzaban hasta formar borrosas cordilleras resplandecientes. Otho odiaba el frío.
 Grag, a quién el frío o el calor le dejaban indiferente, miraba imperturbable junto al Cerebro. Y Joan Randall y Kansu Kane también se habían adelantado hasta la sala de control, y miraban llenos de ansiedad.
 --¿Quién está ahora al mando de la Policía Planetaria en Plutón? -Preguntó Curt a la joven agente.
 --El Sheriff Ezra Gurney, -respondió Joan-. ¿Te acuerdas de él?
 --¿Del viejo Ezra? Claro que le recuerdo... ese viejo zorro interplanetario que me he ido encontrando a lo largo de todo el Sistema. La última vez que le vi fue en Júpiter, en el caso del Emperador del Espacio.
 --Pues le ascendieron por el valor demostrado durante aquellos desagradables sucesos de Júpiter, -dijo Joan-. Ahora tiene a su cargo a toda una división de la Policía Planetaria, y su Cuartel General está ahí abajo, en Tartarus.
 --Entonces lo primero que vamos a hacer es ir a verle, -declaró Curt.
 Justo al oeste del espaciopuerto, a cierta distancia de la gran cúpula de la ciudad, se alzaba un gran edificio chato y con la cubierta curvada.
 --El Observatorio de Tartarus, -observó Curt-. Es necesario que esté fuera de la ciudad para que sus telescopios no queden obstaculizados por la cúpula. En cuanto volvamos de charlar con Ezra Gurney, te dejaré allí, para que prosigas tus investigaciones acerca de la estrella oscura, Simon.
 --Estoy decidido a acompañarte a esa ciudad, Jefe, -declaró Grag con firmeza-. No pienso permitir que Otho vuelva a meterte otra vez en problemas.
 --Si, Grag, vas a venir conmigo, pero no por ese motivo. Eres completamente inmune al frío. Ve a por ese misterioso cadáver cubierto de vello que Otho nos consiguió. Quiero que Gurney le eche un vistazo.
 Curt abrió la exclusa de la nave. Una bofetada de aire frío le golpeó en la cara.
 --¡Tan frío como siempre! -declaró Curt-. Este planeta jamás será un destino turístico, eso seguro.
 Caminaron hacia la gélida penumbra del exterior: Joan iba a un lado del gran aventurero pelirrojo, y Grag con su macabra carga al otro. Eek, el cachorro lunar, estaba, como siempre, agazapado alrededor del cuello de Grag.
 La noche estaba cerca.. la noche de Plutón, mucho más dura aún que su día. Caronte, la más grande de las tres lunas, brillaba como un disco blanco próxima a su cenit. Cerberus y Styx, las otra dos lunas, estaban saliendo en ese instante, emitiendo una extraña luminosidad por encima del frígido paisaje del planeta helado.
 El Capitán Futuro observó las lunas con atención. Cerberus era el famoso Satélite Prisión, la temida penitenciaría lunar a la cual se sentenciaba a los peores criminales interplanetarios de todo el Sistema. En Caronte había cotos de caza pertenecientes a los Terrícolas, en los cuales se cazaba extraños animales de largo cabello. Styx era la única que no había sido colonizada ni visitada por los Terrícolas, ya que se hallaba completamente cubierta de agua, y aterrizar en ella resultaba imposible.

 Poco después, Curt y sus dos compañeros se encontraban en el interior de la cúpula de Tartarus, tras haber entrado por una puerta deslizante que se operaba automáticamente mediante una célula fotoeléctrica. En el interior del domo reinaba un calor agradable que resultaba un contraste muy placentero con el escalofriante frío del exterior. El Capitán Futuro observó la sobria ciudad, cuyas calles estaban iluminadas por resplandecientes lámparas atómicas. Había relativamente poca gente por los alrededores. Se toparon con varios colonos Terrícolas, que se detuvieron a mirar asombrados la imponente figura metálica de Grag, y el cachorro lunar que colgaba de su hombro. También se encontraron con unos pocos nativos Plutonianos.
 Los Plutonianos, nativos indígenas de aquel gélido planeta, eran seres humanoides cuyos voluminosos cuerpos se hallaban completamente cubiertos de un vello negro y denso. Dicho vello les cubría por completo incluso a lo largo de su redonda cabeza, y, a través de sus marcadas cuencas, sus ojos extraños y fosforescentes observaban con fijeza, como si lo hicieran desde el interior de una caverna. Su desarrollado cabello negro, que había evolucionado como una especie de protección contra el frío de las llanuras heladas en las que vivían, parecía convertirse en una calurosa molestia una vez que entraban en las caldeadas ciudades Terrícolas. Por ese motivo, los peludos Plutonianos parecían sofocados, y se habían abierto las túnicas de piel que solían ser su atuendo habitual.
 --¿Qué es toda esa algarabía? -Preguntó Joan mientras pasaban junto a una calle brillantemente iluminada, de la que salía un contínuo caos de gritos.
 Curt sonrió.
 --Eso es la Calle de los Cazadores... a los Terrícolas que se aventuran a salir al exterior para capturar pieles, les gusta celebrarlo cuando regresan a Tartarus.

 --¡Ya hemos llegado! -Exclamó un momento después, mientras se acercaban a un edificio cuadrado, de dos plantas, construido con hormigón oscuro.
 El emblema de la Policía Planetaria colgaba orgulloso sobre la puerta.... y un oficial de servicio, ataviado con el uniforme negro reglamentario les detuvo al entrar, mirando un poco asustado el enorme corpachón de Grag.
 Curt Newton levantó la mano, mostrándole el gran anillo "planetario" cuyo mecanismo había reconstruido mientras estaba de camino a bordo del Cometa.
 --¡Capitán Futuro! -Exclamó el oficial. Retrocedió un paso y le saludó con respeto.
 Al momento, una figura dinámica y corpulenta emergió del interior de una de las oficinas. Se trataba de un hombre de pelo canoso, que vestía el uniforme de la policía y llevaba al pecho la placa de Sheriff. Sus fríos ojos azules se iluminaron nada más contemplar al joven aventurero pelirrojo.
 --¡Pero si es el Capitán Futuro! -Aulló-. ¡Que me ahorquen si no eres una visión alegre para estos ojos cansados! ¡Y vienes con Joan y Grag! ¿Qué demonios estáis haciendo aquí fuera, en Plutón?
 Ezra Gurney, veterano Sheriff fronterizo interplanetario, estrechó la mano de Curt mientras hablaba, expresando su deleite.
 --¿Hay problemas aquí? -Preguntó esperanzado-. Tiene que haberlos si has venido hasta aquí, Capitán Futuro... tu eres, en este Sistema, como esos petreles de la antigüedad, que aparecían justo antes de las tormentas.
 --El mismo viejo Ezra de siempre, -sonrió Curt-. Siempre intentando meterse en apuros. ¿No crees que ya estás un poco viejo para tanta acción?
 --¿Viejo yo? -Exclamó indignado el curtido Sheriff-. Pero si puedo hacer frente a cualquier...
 Calló bruscamente. Acababa de percibir la mirada de seriedad que emitían los ojos de Curt.
 --¿Qué es lo que ocurre, Capitán Futuro?
 --Se trata del Doctor Zarro, -respondió Curt-. ¿Has escuchado sus emisiones?
 --¿Y quién no? -dijo sencillamente Ezra Gurney.
 --He venido a detenerle, -dijo el Capitán Futuro.
 Una luz fría ardió en los ojos azules de Ezra Gurney.
 --Me estoy acordando de cierto tipejo de Júpiter que terminó volviéndose más ambicioso de lo que le convenía, -dijo con intención-. Y a ese también le detuviste.
 --¡El Doctor Zarro es una amenaza aún más grande, pues ha asustado a la gente de todo el Sistema para que le secunden! -declaró Curt-. Tengo que encontrar su base y la de la Legión, y debo de hacerlo rápidamente.
 Ezra le miró extrañado.
 --¿No pensarás que están aquí, en Plutón?
 --Sé que están aquí, en alguna parte, -le contestó Curt. Entonces narró al viejo Sheriff cómo un miembro capturado de la Legión del Destino se había convertido, al morir, en una extraña criatura peluda, dándoles la pista que les había llevado hasta Plutón-. Debe de haber una raza entera de estas criaturas por aquí, en alguna parte... ¡Y allí es donde estará la base del Doctor Zarro!
 --Deja que le eche un vistazo a ese bicho de que me hablas.
 Grag descubrió el cadáver que llevaba en brazos. El viejo Sheriff contempló asombrado el cuerpo cubierto de pelo blanco de la criatura muerta, sus extraños miembros de dos dedos, su cabeza chata y grande y sus ojos sin pupilas.
 --Jamás había visto nada parecido, -murmuró Gurney-. Por lo que yo sé, no hay en Plutón ninguna raza como ésta.
 --¿Quién podría informarnos sobre la procedencia de estos seres, si es que alguien puede hacerlo? -Preguntó Curt.
 Ezra Gurney se acarició la barbilla, pensativo.
 --Supongo que Cole Romer sería la mejor opción. Es el planetógrafo en jefe aquí, y está al mando de la Expedición Plutón, que está intentando explorar y cartografiar todo el planeta. En estos momentos está aquí, en Tartarus... Voy a hacerle venir.

 Cole Romer, cuando llegó, unos pocos minutos después, resultó ser un Terrícola de unos cuarenta años, cuyo rostro fino y erudito se había curtido y endurecido tras la larga exposición a los gélidos vientos de Plutón tras numerosas expediciones de exploración. Los inteligentes ojos del planetógrafo inspeccionaron el peludo cadáver con apasionada perplejidad.
 --Nunca jamás oí hablar de una raza parecida aquí en Plutón, Capitán Futuro! -Exclamó-. Claro está que ahí afuera hay vastas extensiones de llanuras heladas y glaciares vivos de los cuales no sabemos aún nada. Pero esto parece ser el miembro de una raza inteligente, y es de suponer que ya se habrían dado a conocer ante nosotros.
 El bronceado rostro de Curt estaba pensativo.
 --¿Y qué hay de las lunas? -Preguntó-. ¿Podría vivir en alguna de ellas una raza como esta?
 --Es posible, -admitió Romer-. Evidentemente no hay nada en Styx, ya que está completamente cubierta de agua, pero una gran parte de Cerberus, y la mayoría de Caronte permanecen aún inexplorados.
 "Pero no soy la persona más indicada para hablarle sobre esas lunas, -siguió diciendo-. Victor Krim, el magnate de las pieles cuya compañía tiene un asentamiento en Caronte, y Rundall Lane, el alcaide de la Prisión Interplanetaria de Cerberus, podrían informarle mucho mejor sobre esas dos.
 --Tanto Krim como Lane están en Tartarus en estos momentos, Capitán Futuro, -interrumpió Ezra Gurney-. Krim llegó hoy mismo, procedente de Caronte, para reunirse con unos tratantes de piel de la Tierra, y en cuanto a Rundall Lane, está aquí supervisando la nave de suministros que parte de aquí hacia Cerberus una vez al mes.
 --Hazles llamar a ellos también, -ordenó el Capitán Futuro mientras sus ojos se estrechaban en una expresión pensativa.
 El nombre del alcaide de la penitenciaría de Cerberus le había hecho recordar a Curt un asunto que se había resuelto a investigar. Quería saber cómo era posible que Roj y Kallak, dos criminales que se suponía que estaban en prisión, se hallaban ahora en puestos de mando de la Legión.
 Victor Krim, el magnate de las pieles de la luna Caronte, fue el primero en llegar. Era un individuo corpulento y agresivo con el rostro chato y uno ojos llenos de sospecha. A Curt le resultó desagradable nada más verle.
 Rundall Lane, el alcaide de la famosa Prisión Interplanetaria de Cerberus, no le pareció al Capitán Futuro el tipo de hombre que uno pondría a cargo de la vigilancia de los criminales más peligrosos de todo el Sistema. Era un hombre delgado, prematuramente envejecido, de mirada nerviosa, y que miraba constamente a su alrededor.
 --He oido hablar mucho de usted, Capitán Futuro, -dijo Lane-. Como bien sabe, ha enviado a nuestra prisión a una buena parte de sus convictos.
 --Envié a dos que ya no se encuentran allí, -dijo Curt con aspereza-. Me refiero a ese enano biólogo, Roj, y a Kallak, el cómplice que convirtió en un gigante glandular. A esos dos los enviaron hace unos años a Cerberus, condenados de por vida. Pero sé muy bien que ahora no están allí.
 Curt vió palidecer a Rundall Lane, como si le hubiera tomado por sorpresa que supiera esa información.
 --Roj y Kallak escaparon hace pocos meses, -admitió-. Debe de tratarse de los primeros hombres que han conseguido salir de Cerberus. Aún no sabemos cómo pudieron lograrlo.
 Al Capitán Futuro toda aquella historia le resultaba un poco débil. Decidió que debería investigarla, pero más adelante.
 --¿Alguno de ustedes dos han visto u oído hablar de una raza de criaturas peludas como estas en Cerberus o en Caronte? -Preguntó.
 Tanto Rundall Lane como Victor Krim observaron el grotesco cadáver cubierto de pelo blanco, sin mostrar signos de reconocerlo.
 Lane sacudió la cabeza.
 --No creo que exista una especie de criaturas como ésta en Cerberus. Claro está, que no sé demasiado sobre lo que hay en esa luna más allá de los muros de la Prisión, pero mis guardas la han explorado en varias ocasiones y jamás han mencionado a unas criaturas semejantes.
 --Esta cosa, sea lo que sea, tampoco ha venido de Caronte, -dijo en voz alta Victor Krim-. De hecho, es imposible que proceda de aquí, de Plutón. -El corpulento magnate hablaba mostrando una excesiva seguridad en ese hecho.
 --¿Qué le hace estar tan seguro? -Preguntó Curt.
 Krim le respondió con voz pomposa.
 --Conozco Plutón y sus lunas mejor que nadie. Mis tramperos y cazadores frecuentan parajes en los que ni los exploradores se atreven a ir. Puede usted aceptar mi palabra sobre esta cuestión: aquí no hay ninguna raza así.
 --No puede usted estar tan seguro de ello, Krim, -protestó Cole Romer-. Hay muchas zonas de Plutón que sus hombres no han pisado jamás.
 Victor Krim se rió con desdén.
 --¿De verdad cree que usted y su Expedición Plutón saben más sobre este planeta que yo mismo? Bueno, no tengo tiempo para ponerme a discutir sobre eso. Soy un hombre de negocios y tengo a ciertos tratantes de pieles que me están esperando en este mismo instante. ¿Algo más, Capitán Futuro?
 --Nada más, por ahora, -respondió Curt con cautela-. Pueden marcharse todos... y muchas gracias por su ayuda, caballeros.
 Pero, mientras Krim, Lane y Romer se marchaban, Curt no pudo evitar pensar que, la verdad, ninguno había sido de demasiada ayuda.
 --¿Has descubierto alguna cosa interesante de esa gente? -Preguntó Joan.
 --No demasiado, -respondió Curt, aunque su rostro estaba pensativo. Se volvió hacia el viejo Sheriff-. Ezra, querría mostrarle esta criatura a uno de los nativos Plutonianos. ¿Podrías traerme a alguno?
 --Tenemos a uno aquí mismo, en el edificio, -se rió el viejo Sheriff-. Un diablillo peludo llamado Tharb, que nos hace de guía cuando las tareas policiales nos obligan a salir a las llanuras heladas.
 Salió por la puerta y gritó una orden. Poco después, Tharb, el guía Plutoniano, entró dubitativo.
 Tharb era el típico miembro de la peluda raza nativa del planeta helado. Su cuerpo de casi dos metros estaba completamente cubierta por un largo y grueso vello negro, desde su apuntada cabeza hasta sus pies carentes de dedos. Sus ojos redondos y fosforescentes observaron con asombro a Curt y a la enorme figura de Grag.
 Entonces, el Plutoniano se dirigió a Ezra Gurney, preguntándole en Terrícola con un acento muy marcado:
 --¿Quiere salir al exterior?
 --Estos amigos peludos siempre están deseando salir al exterior, al hielo, -dijo Gurney a Curt-. Aquí dentro hace demasiado calor para ellos. -El viejo Sheriff señaló el cadáver cubierto de vello blanco que yacía sobre la mesa-. ¿Habías visto alguna vez algo parecido, Tharb?
 Tharb volvió sus extraños ojos fosforescentes hacia la criatura muerta. Entonces, el peludo Plutoniano retrocedió, emitiendo un áspero aullido.
 --¡Un Hechicero! -Aulló.
 Curt avanzó dando un respingo.
 --¿Habías visto antes a una criatura así? -Preguntó rápidamente-. ¿Por qué le llamas Hechicero?
 Tharb estaba mostrando todos los síntomas de un ataque extremo de pánico supersticioso, a pesar de lo cual continuó mirando el cadáver de la criatura.
 --Nunca antes había visto a una criatura así, -dijo con voz débil-. Pero he oído hablar de ellos. Mi abuelo, Kiri, que es muy anciano, me habló una vez de los Hechiceros.
 Curt pasó a hablar en el tintineante idioma de los Plutonianos.
 --¿Qué es lo que te contó tu abuelo sobre ellos?
 Tharb respondió con más comodidad, hablando en su propio idioma.
 --Mi abuelo me dijo que, cuando era un joven, mucho tiempo antes de que vinieran los primeros Terrícolas, su gente solía encontrarse con los Hechiceros. Eran seres de pelo blanco que tenían grandes poderes y una extraña sabiduría.
 --¿Te dijo de dónde venían los hechiceros? -Preguntó Curt enérgicamente.
 --Nunca me lo dijo... aunque tampoco se lo pregunté.
 Curt se sintió derrotado durante unos instantes. Luego preguntó al Plutoniano:
 --Tu abuelo, Kiri, ¿Aún vive?
 --Si, -dijo Tharb-, vive con mi gente, en su ciudad helada, muy al norte de las Montañas Andantes y del Mar de Hielo, al cual vosotros, los Terrícolas, llamáis el Mare Avernus.
 --Voy a salir a hablar con el abuelo de este muchacho. -Dijo con decisión el Capitán Futuro.
 --Las tierra que hay ahí arriba, más allá de las Montañas Andantes son de lo más peligroso, -dijo Gurney.
 --De todos modos, voy a ir, -contestó Curt-. ¿Me prestarías una nave cohete de la Policía, Ezra? También me llevaré a Tharb como guía.
 --¿Y a mi también, Jefe? -Exclamó Grag con ansiedad.
 Curt se dió cuenta de la preocupación del robot, y sonrió.
 --Si, a ti también Grag... pero vas a tener que dejar aquí a tu cachorro lunar.
 Grag pareció un poco abatido.
 --Eek se sentirá muy solo cuando me haya ido. Pero le dejaré aquí.
El Capitán Futuro se apresuró a salir de la ciudad junto a Joan, el robot y Tharb, el Plutoniano. Se dirigió hacia el Cometa, cruzando el helado espaciopuerto en penumbra. Una vez en la nave, informó a Simon Wright de que las pistas le conducían a la zona más inhóspita del interior de Plutón.
 --Otho y Joan se quedarán contigo, -indicó al Cerebro-. Mientras estoy ausente, podrás llevar a cabo tus estudios sobre la estrella oscura aquí mismo, en el Observatorio de Tartarus.
 Grag colocó al pequeño Eek en un rincón de la nave y luego le dijo a Otho:
 --Cuida bien de Eek mientras estoy fuera.
 Otho, que ya estaba furioso por quedarse relegado de la acción, explotó.
 --¿Que cuide bien de este cachorro borracho? ¿De verdad crees que estoy dispuesto a convertirme en la niñera de esa pequeña monstruosidad devoradora de metal?
 --Si fueras humano, como yo, te darías cuenta de lo buena mascota que es Eek, -informó con calma Grag al furioso androide.
 Diez minutos después, el Capitán Futuro, Grag y Tharb volaban a bordo de una pequeña nave cohete de la Policía Planetaria, alejándose del espaciopuerto en dirección al norte. Curt vestía un traje de pieles, pero el peludo Tharb y el imperturbable robot no necesitaban de dicha protección.
 La pequeña nave volaba hacia el norte a velocidad máxima, sobrevolando la noche Plutoniana bajo el misterioso resplandor de de las tres grandes lunas. La cúpula semiesférica de Tartarus no tardó en perderse de vista detrás de ellos. Navegaron sobre interminables llanuras de resplandeciente hielo. Atravesando dichas llanuras observaron un amplio y veloz río que parecía discurrir, como ellos, hacia el norte.
 --Eso de ahí es el río salado, el Phlegethon, -dijo Tharb-. Seguiremos su curso, que va a desembocar en el Mar de hielo.
 Curt asintió. Su mirada estaba dirigida a las altísimas masas blancas que comenzaban a percibirse vagamente en la distancia.
 --Esas son las Montañas Andantes, Grag, -dijo al robot-. ¿Te acuerdas de ellas?
 Grag asintió incómodo.
 --Si, y no me gustan.
 --Tampoco a mi gente le agradan lo más mínimo, -confesó confessed-. En algunas ocasiones han llegado a destruir las ciudades de mi tribu.
 Las Montañas Andantes de Plutón, una de las mayores maravillas naturales de todo el Sistema, no tardaron en alzarse ante ellos.
 Aquella cordillera en particular era una vasta muralla de hielo, de unos tres kilómetros de altura, que avanzaba con un movimiento deslizante y fluido por encima de los campos de hielo, en dirección suroeste.
 El sonido provocado por su avance, rugiente y atronador, llegó hasta sus oidos como una desafiante andanada de cañonazos. ¡Montañas de hielo que caminaban! En realidad, las Montañas Andantes eran unos glaciares de tamaño descomunal, que se movían a una velocidad muy superior a la alcanzada por cualquier glaciar de la Tierra. Erraban eternamente por toda la superficie del planeta helado, con sus impresionantes cordilleras moviéndose como si fueran impasibles gigantes blancos.
 --¡Jefe, encima nuestro! -Aulló Grag de repente.
 Un crucero espacial oscuro, con el distintivo negro de la Legión del Destino pintado en su casco, descendía hacia ellos a toda velocidad.
 --¡Una emboscada! -Exclamó Curt, mientras sus ojos grises ardían de fría furia-. ¡Debí haberlo previsto...!
 Hizo girar la nave con un veloz movimiento, pero ya era demasiado tarde. Las armas del crucero habían disparado su fuego atómico.
 La pequeña nave cohete se sacudió por entero mientras su cola y cohetes de popa eran desintegrados por completo. Entonces, se precipitó contra el suelo de hielo que aguardaba a cientos de metros de distancia, mientras el crucero del Legión ascendía y desparecía en la lejanía.
 --¡Vamos a caer justo en frente de las Montañas Andantes! -Exclamó Tharb aterrado-. ¡Eso es la muerte segura!
 
 

CAPITULO IX
La llegada del Doctor Zarro





 Después de que Simon Wright observara la partida del Capitán Futuro y sus dos compañeros, giró sus lentes oculares hacia los compañeros que aún permanecían a bordo del Cometa.
 --Salgamos del Cometa y llévame al Observatorio, Otho, -ordenó el Cerebro-. Quiero comenzar mis estudios de la estrella oscura empleando sus instalaciones.
 --Si lo desea, puedo acompañarle para ayudarle en la investigación, -se ofreció Kansu Kane.
 --Vaya, Kansu Kane, -carraspeó el Cerebro-, acaba usted de hablar como un verdadero científico, capaz de tragarse el orgullo cuando está en juego el descubrimiento de la Verdad.
 Una extraña melancolía pareció teñir entonces la voz metálica del Cerebro.
 --Fue precisamente la búsqueda de la Verdad lo que ocupó mi vida entera, hace ya mucho tiempo, cuando era un ser humano, con cuerpo, como vosotros, y ha sido esa misma búsqueda la que me ha mantenido desde entonces, en el tiempo que he vivido en este tanque de suero. Pues un verdadero científico jamás debe cuestionarse a dónde le está llevando la verdad... tan sólo debe de preocuparse de obtenerla.
 --El Capitán Futuro es un verdadero científico... el mayor científico de toda la historia del Sistema, -replicó Joan lealmente-. Y aún así, él tiene en cuenta también el bienestar de los habitantes del Sistema.
 --Eso es cierto, -reconoció el Cerebro-. Pero Curtis es una excepción. Criado como fue por tres guardianes inhumanos, posee una capacidad inhumana para la concentración y la investigación. Aún así, se ha mantenido lo bastante humano como para apreciar las necesidades humanas, y sus deseos y esperanzas.
 El Cerebro miró a Otho con impaciencia.
 --¡Al Observatorio, Otho! Hace ya varios minutos que te lo dije, y aún estamos aquí.
 Otho agarró el tanque de suero que albergaba el Cerebro, y todos ellos emergieron de la pequeña nave con forma de lágrima, dirigiéndose al Observatorio. Tras pasar por la exclusa operada por un sensor de calor, accedieron a su sombrío interior, cuya cálida temperatura resultaba sumamente agradable después del frío exterior.
 Un joven y dubitativo astrónomo Terrícola se acercó a ellos, mostrándose un tanto intimidado ante las lentes oculares del Cerebro, el legendario Maestro inhumano de la Ciencia.
 --El Observatorio está a su disposición, -les dijo-. El Sheriff Gurney acaba de llamarnos para ponernos al corriente.
 --Muy bien, puede marcharse, -carraspeó el Cerebro-. Otho, llévame hasta el anteojo de ese gran telescopio.
 Una vez que el tanque cúbico estuvo firmemente encajado de modo que Simon pudiera mirar con comodidad por la lente del enorme aparato, el Cerebro se dirigió a Kansu Kane.
 --Me dispongo a comprobar una vez más el tamaño y la masa de la estrella oscura. ¿Querría ayudarme?
 Otho y Joan observaban desde el otro lado de la vasta sala, contemplando a los dos astrónomos, uno humano y el otro inhumano, mientras comenzaban su estudio, subidos en la plataforma del gran telescopio.
 Con un suave zumbido de motores atómicos, la parte móvil de la cúpula del observatorio comenzó a descender, dejando al descubierto una amplia porción de un cielo brillante y estrellado. Al cabo de un rato, toda la cúpula había descendido y la constelación de Sagitario se hallaba en el campo de visión del telescopio.
 En el exterior, dentro de la Via Láctea, en la citada constelación, se percibía visiblemente un pequeño círculo de absoluta negrura. Aún así, su tamaño había aumentado de forma amenazadora, obscureciendo más de una estrella que, hasta hacía poco, había resultado visible.
 El Cerebro carraspeó una serie de órdenes monosilábicas, y Kansu Kane le obedeció, accionando pistones y ajustando tuercas con experta precisión. Y, mientras el Cerebro observaba por la mirilla, el extraño disco negro que había en el vacío estrellado apareció ante sus lentes oculares, increiblemente aumentado.
 Al Cerebro le daba la sensación de que se tratara de una descomunal esfera negra, que avanzaba de forma portentosa en contra de la corriente estelar mientras se acercaba atronadoramete hacia el Sistema. Una estrella oscura, un sol muerto que, una vez, ardió con llameante vida, pero que ahora no era sino un gran detritus del cosmos, arrastrado por la fatalidad en dirección a los nueve mundos.
 Simon contempló sin miedo aquel espectáculo portentoso y aterrador. Para el Cerebro, casi todas sus emociones humanas, tales como el miedo o el odio habían dejado de existir hacía ya largo tiempo, cuando fue transferido desde su decrépito cuerpo humano hasta aquella forma de existencia tan nueva como extraña. Las únicas emociones que conservaba aún el Cerebro eran tan sólo su profunda lealtad, y el sentimiento de protección paternal que sentía hacia cierto bebé indefenso, que había criado hasta convertirle en un hombre.
 El Cerebro comprobó el diámetro aparente de la estrella oscura, sirviéndose de Kansu Kane para que anotara las lecturas.
 --Se ha acercado... se ha acercado mucho, -carraspeó el Cerebro tras computar los resultados-. En cuestión de pocos días se convertirá en un espectáculo alarmante, incluso para aquellos que no lo busquen.
 --¿Y qué pasa con sus verdaderas dimensiones? -Inquirió Kansu Kane con gran interés.
 --Eso vamos a comprobarlo ahora mismo, -respondió Simon-, y así veremos si confirman mis conclusiones anteriores.
 Una vez que las nuevas lecturas fueron efectuadas y computadas, la voz del Cerebro pareció sonar con un cierto tono de sorpresa.
 --Las mismas que antes... ¡Esa estrella oscura tiene al menos ciento treinta mil kilómetros de diámetro! Es increible que pueda tener una masa tan pequeña. Algo debe de estar deajustando nuestras mediciones de masa.
 --Ese problema también me ha intrigado a mi, -confesó Kansu Kane-. Estoy empezando a plantearme la posibilidad de que mis mediciones de masa estuvieran equivocadas.
 --Prepare los magnetoscopios y dispongámonos a realizar una nueva medición, -dirigió Simon.
 El Cerebro se concentró en el problema mientras Kansu Kane manejaba los instrumentos. Aquel era el mayor misterio científico con el que se hubiera encontrado jamás. Aquella colosal estrella negra avanzando atronadoramente hacia el Sistema, debería haber tenido, según el curso natural de las cosas, una masa descomunal, pero todas las mediciones astronómicas habían indicado que su masa resultaba insignificante...
 ¡Pero si resultaba cierto que dichas mediciones eran erróneas, si la estrella oscura era en realidad tan descomunal como la naturaleza hacía suponer que lo era, entonces la profecía del Doctor Zarro sobre un desastre solar no carecía de fundamento! Un cuerpo celeste tan enorme y compacto, si llegaba a alcanzar el Sistema, podría alterar todas las órbitas planetarias, e incluso succionar los planetas mismos mientras avanzaba.
 ¡Y si llegaba a colisionar con el Sol, más de la mitad de los mundos del Sistema quedarían destruidos en el acto en aquella titánica catástrofe!
 De repente, el Cerebro se percató de que los movimientos de Kansu Kane en los instrumentos se habían detenido. El pequeño astrónomo había caido al suelo y yacía postrado, con los ojos abiertos mirando al vacío.
 --¡Kansu! ¿Qué le ha ocurrido? -Carraspeó el Cerebro.
 No hubo respuesta. Simon volvió sus lentes oculares en dirección a Joan y a Otho. También ellos estaban tendidos, petrificados, inmóviles...
 Entonces, el sensible micrófono auditivo del Cerebro captó un sonido siseante, como de fluir de gas.
 --¡Es un gas paralizador de alguna clase! -Pensó al instante el Cerebro-. Está siendo bombeado al interior del edificio...
 Sabía que aquella era la única explicación. Pero ¿Cómo era posible que también Otho hubiera sucumbido al poder de aquel gas? El androide era inmune a casi todos los venenos conocidos, y era capaz de respirar en muchas atmósferas que podrían matar a un ser humano, pero que resultaban inocuas en sus pulmones.
 Entonces el Cerebro lo comprendió. El gas que estaba siendo bombeado no era del tipo que se inhalaba y afectaba a los pulmones, sino que estaba destinado a atacar a todas y cada de las células vivas del organismo, paralizando la actividad química celular y, de ese modo, "petrificando" el cuerpo de la víctima. Era muy posible que Otho, Joan y Kansu Kane siguieran conscientes, igual que él, pero sus cuerpos estaban completamente paralizados.
 ¡Y el Cerebro no podía hacer nada! Sus únicos poderes de movimiento se limitaban a su habilidad para mover los tubos flexibles de sus lentes. Sólo podía esperar.
 El siseo del gas no tardó en detenerse. Simon escuchó cómo se abría una puerta. Haciendod escender sus lentes para mirar hacia abajo, contempló cómo media docena de hombres con trajes espaciales entraba en el edificio. Llevaban en el hombro el distintivo círculo negro de la Legión del Destino. Los lideraba un hombre alto, ataviado con un traje espacial, cuya escafandra transparente permitía que pudieran verse su enorme cráneo, su altísima frente, su rostro desgarbado y sus ardiente ojos.
 --¡El Doctor Zarro en persona! -Murmuró el Cerebro-. Debí haberlo supuesto.
 El Doctor Zarro miró hacia abajo con desdén, contemplando los indefensos cuerpos de Joan, Otho y Kansu Kane. Entonces, mientras sus hombres guardaban las puertas, el espigado profeta de ojos ardientes ascendió por la escalerilla de metal hasta la plataforma del gran telescopio.
 El Doctor Zarro y el Cerebro se contemplaron mutuamente durante unos instantes. Los ardientes orbes negros del profeta oscuro y las frías lentes oculares de Simon Wright se encontraron y chocaron de un modo casi tangible.
 --Así que este es el famoso Cerebro, -se burló el Doctor Zarro con una voz áspera y profunda, amortiguada por la escafandra-. De modo que éste es el mayor científico de todo el Sistema, excepto por el Capitán Futuro... ¡Este patético órgano metido en una caja!

 El Cerebro, completamente inmóvil, preguntó:
 --¿Has matado a mis amigos?
 El Doctor Zarro se rió implacablemente.
 --No están muertos... ¡Ni siquiera están inconscientes! Pero no podrán moverse mientras duren los efectos del gas petrificante.
 El profeta oscuro se acercó a él.
 --Me enteré de que venías hacia aquí, Cerebro... de modo que decidí venir yo también. Ahora vas a revelarme hasta qué punto ha avanzado tu investigación, y que sabéis tu y el Capitán Futuro sobre mi persona, y sobre mi Legión. Si me lo dices, te garantizo el don de una muerte rápida. Si te niegas...
 --No pienso decirte nada, -replicó friamente el Cerebro sin mostrar el menor miedo.
 --¡Será mejor que te lo pienses dos veces! -Le avisó el espigado profeta-. Te encuentras en mis manos, completamente indefenso. Puedo hacer que tu muerte dure mucho tiempo.
 Simon Wright estaba tranquilo.
 --En el pasado, muchos grandes hombres me han amenazado, -dijo-. Creían estar a salvo sólo porque yo no tenía cuerpo, y por tanto no podía ofrecer resistencia. Pero todos ellos terminaron fracasando en sus amenazas.
 --¿Crees que tu Capitán Futuro va a venir a vengarte? -La voz áspera del Doctor Zarro resultaba muy desagradable-. ¡Será mejor que deseches esa idea, Cerebro! A estas alturas ya le habrán destruido... antes de salir para aquí, di una serie de órdenes que ya se habrán llevado a cabo.
 El Cerebro emitió una risa carraspeante.
 --No eres el primero que cree haber eliminado a Curtis. No tardarás en darte cuenta de que te has equivocado.
 Pese a sus palabras, el Cerebro estaba preocupado. La rapidez con la que el Doctor Zarro se había enterado de que el Capitán Futuro estaba en Plutón resultaba altamente sospechosa. Bien podría ser que, efectivamente, el profeta negro le hubiera tendido a Curt una trampa mortal.
 El Doctor Zarro volvió a reiterar sus amenazas.
 --Sé muy bien que tu y tu pelirrojo capitán me habéis seguido el rastro hasta aquí gracias al cadáver de uno de mis Legionarios. ¿Qué más habéis descubierto?
 El Cerebro mantuvo su frío silencio.
 --¡Te haré hablar! -Exclamó el oscuro doctor.
 Tocó entonces un pequeño interruptor que había en un lateral del cubo transparente del Cerebro. Se trataba del interruptor de la compacta bomba de fusión que hacía circular el suero a través del cerebro viviente de Simon, purificándolo y estimulándolo constantemente.
 El interruptor se apagó. La bomba de fusión se detuvo al instante. Y, al momento, el Cerebro comenzó a sentir los efectos. Su primera sensación fue un ligero dolor. Luego, dicha molestia se hizo más fuerte, convirtiéndose en una agonía creciente que parecía causar dolor a todas y cada una de las células de su cerebro.
 La visión y el oido de Simon comenzaron a nublarse, mientras aquella agónica tortura crecía cada vez más, y las exhaustas células de su cerebro clamaban por el flujo de suero que había sido detenido.
 --¿Estás listo ahora para serme de utilidad? -Preguntó en tono de burla el Doctor Zarro.
 El Cerebro casi no podía ver ya a la oscura figura que secernía sobre él. Pero se las arregló para responder, con su voz metálica algo lenta y pastosa.
 --La respuesta es la misma, -murmuró, indomable hasta el final.
 Vagamente, llegó a escuchar cómo el Doctor Zarro profería una fiera exclamación de impaciencia. Entonces, la implacable y torturante agonía se volvió tan intensa que Simon fue incapaz de ver u oir nada.
 
 

CAPITULO X
Las Montañas Andantes





 Mientras la destrozada nave cohete del Capitán Futuro se precipitada hacia el helado suelo, tras ser alcanzada por el crucero de la Legión que les había atacado, la mente del aventurero pelirrojo trabajaba con la rapidez del relámpago.
 El impacto de las armas atómicas del crucero no había destruido la nave por completo, gracias a los rápidos reflejos de Curt que la habían hecho virar a un lado. Pero toda la parte de cola y los cohetes de popa habían quedado atomizados, y el aire helado penetraba rugiente en el interior de la deshecha nave, mientras ésta se precipitaba implacablemente hacia su destrucción.
 Curt se dió cuenta de que tan sólo tenían una posibilidad de evitar la muerte como consecuencia del impacto de la caida. Mientras Tharb, el Plutoniano, aullaba de pánico, y Grag se agarraba con fuerza a un cabestrante para evitar salir despedido, el Capitán Futuro se decidió por el único curso de acción que podía salvarles.
 Se arrojó hacia atrás, hacia la popa de la destrozada nave. El único ciclotrón que la operaba seguía aún en su sitio, y no había sufrido daños. Agarrándose a él, Curt desenganchó los tubos de salida de energía que habían alimentado la potencia de los desaparecidos cohetes de popa. Entonces, el joven Mago de la Ciencia regresó como pudo a los controles.
 --¡Jefe, vamos a estrellarnos! -Aulló Grag.
 La nave daba vuelta tras vuelta, y la caída les estaban llevando cada vez más cerca del suelo helado. Todo lo acontecido apenas había transcurrido en un par de segundos.
 Las bronceadas manos de Curt aferraron los mandos. Esperó un instante hasta que en una de las vueltas, la popa de la nave quedó orientada hacia abajo. Entonces abrió la potencia al máximo.
 Un descontrolado fogonazo de energía atómica salió de la parte trasera de la destrozada nave. La terrorífica explosión de fuerza impactó contra la llanura helada, a sólo unos metros por debajo, frenando la caida de la nave gracias al empuje reactivo. Al momento siguiente, la deshecha nave volvió a darse la vuelta, perdiendo el efecto de frenado. Pero éste había sido suficiente como para disminuir el impacto. La nave se estrelló contra el hielo con una colisión terrible, que dejó a Curt Newton parcialmente atontado, pero que no les destruyó, cosa que habría ocurrido de no ser por su estratagema. Curt se puso en pie. Aún mareado por la experiencia, vió cómo el peludo Plutoniano y el gran robot de metal intentaban ponerse de pie.
 --¡El crucero de la Legión se ha marchado! -Anunció Curt, mirando hacia arriba por una ventana hecha astillas-. Cuando nos vieron caer, pensaron que ya era como si estuviésemos muertos.
 --¡Ya es como si estuviésemos muertos! -Aulló Tharb, con sus grandes ojos fosforescentes dilatados de terror-. ¡Escuchad eso!
 Curt se apercibió de un sonido quebrado, rugiente y atronador que parecía hacerse más fuerte y cercano a cada minuto.
 --¡Las Montañas Andantes! -Aulló Tharb-. ¡Hemos caido justo en su camino!
 El corazón del Capitán Futuro pareció saltarse un latido. Salió a toda velocidad de la destrozada nave, ahora una ruina de metal retorcido, y sus dos compañeros le siguieron. Permaneció allí, sobre el áspero hielo, bajo la brillante luz de las lunas, completamente paralizado durante unos instantes, mientras miraba hacia el noreste. Tanto él como sus compañeros contemplaron aterrados el espantoso peligro que se abalanzaba sobre ellos.
 ¡Las Montañas Andantes! ¡Las descomunales coordilleras heladas de miles de kilómetros de altura que no eran sino gigantescos glaciares que se movían perpetuamente alrededor de todo el planeta!
 Toda la pared frontal de la apabullante cordillera móvil era un altísimo cortado de hielo brillante que se encontraba a tan sólo un par de cientos de metros de ellos. La cordillera entera avanzaba hacia ellos, moviéndose a la increible velocidad de muchos metros por minuto, impulsada hacia delante por las vastas masas glaciares que tenía detrás. Desde lo alto de las heladas montañas que así avanzaban, comenzaron a caer enormes témpanos y masas de hielo, que se estampaban contra el suelo y quedaban aplastados por el movimiento de la formación montañosa.
 --¡Salgamos de aquí! -Aulló el Capitán Futuro-. Tendremos que correr... ¡Por aquí!
 --Es inútil intentar huir de las Montañas Andantes, -exclamó Tharb sin esperanza-. No podemos apartarnos de su camino, y no tardarán en alcanzarnos.
 Aún así, el peludo Plutoniano se unió a Curt y a Grag en su desesperada carrera para intentar evitar a la rugiente y demoledora formación glaciar.
 Era algo típico del Capitán Futuro el hecho de que, incluso mientras él, el robot y el Plutoniano corrían por los campos helados para intentar escapar a una muerte segura, su aguda mente estuviera intentando resolver el enigma de cómo era posible que aquel crucero de la legión del Destino hubiera estado allí para atacarles.
 Seguramente, pensó Curt, varios cruceros de la legión habían estado ocultos en algún lugar cercano a la ciudad de Tartarus. Y el Doctor Zarro había ordenado a uno de ellos, quizás por telepantalla, que siguiera al Capitán Futuro, y que les destruyera a él y a sus compañeros.
 Pero ¿Cómo había podido enterarse el Doctor Zarro de que estaban allí, en Plutón? Nadie en todo Tartarus estaba enterado, excepto Ezra Gurney, y los tres hombres a los que había llamado para pedirles información... Victor Krim, el magnate de las pieles de Caronte, Rundall Lane, el alcaide de la prisión de Cerberus, y Cole Romer, el planetógrafo del gobierno.
 ¿Podía ser que alguno de esos tres hombres fuera el Doctor Zarro? Ninguno de ellos se parecía al oscuro profeta de ojos ardientes.
 Pero Curt, recordando el modo sorprendente y misterioso con el que la criatura de vello blanco había tomado la apariencia de un Terrícola, no pudo evitar preguntarse de un modo fugaz si el impresionante aspecto del Doctor Zarro no sería también un disfraz similar.
 --¡El hielo nos gana terreno, Jefe! -La atronadora voz de Grag se elevó por encima del amenazador rugido de la montaña.
 --¡Más rápido, Grag!
 --¡Es inútil! -Exclamó Tharb un momento después-. Mirad... ¡No podemos ir más allá!
 El corazón del Capitán Futuro se quedó helado cuando fijó la mirada más adelante, en la llanura iluminada por las lunas.
 Allí, ante ellos, se encontraba el río salado, el Phlegethon, cuyo curso habían estado siguiendo hacia el norte cuando fueron atacados. Se trataba de un torrente ancho y profundo, cuyo rugido podía escucharse incluso por encima del desafiante trueno del hielo, que avanzaba tras ellos.
 No tardaron en llegar a la helada orilla del torrente. A Curt le bastó un solo vistazo para darse cuenta de que nadar en aquel río ancho y de fuertes corrientes era una empresa imposible.
 Tharb se volvió hacia ellos, y les habló con pesimismo, no exento de una cierta dignidad.
 --Es el fín, -dijo, y se dio la vuelta para plantarle cara a los descomunales montes glaciares.
 --El fín... ¡Nada de eso! -Exclamó Curt, mientras sus ojos grises lanzaban destellos a la luz de las lunas-. ¡Grag, ayúdame a empujar hacia el río uno de esas placas grandes de hielo! ¡Si logramos levar hasta el río una de esas placas, podremos flotar sobre ella, y a lo mejor logramos salir del camino de la formación glaciar antes de que ésta llegue al río! Esta corriente es fortísima, terrible... ¡Nos hará avanzar kilómetros en pocos minutos!
 Tharb, dejando a un lado su desesperación por la débil posibildad que se les ofrecía, saltó junto a Curt hacia un gran fragmento plano de hielo que yacía en el suelo, junto al agua. Entonces, empujaron con todas sus fuerzas para hacer deslizar la masa de hielo hasta el río.
 La fortaleza física de Grag era casi ilimitada. Gracias a su tremendo empujón, unido al dado por Tharb y Curt, la gruesa placa de hielo comenzó a deslizarse lentamente hacia el agua. Entonces, comenzó a moverse más deprisa.
 --¡Saltad encima de ella antes de que la corriente se la lleve! -Avisó Curt-. ¡Deprisa, Grag!
 La gruesa placa de hielo comenzó a quedar a merced de las fortísimas corrientes, y, ese mismo instante, los tres camaradas saltaron hacia ella.
 Curt Newton y Tharb aterrizaron justo en medio de la superficie helada. Grag, tras saltar en último lugar, se quedó algo corto. El gran corpachón del robot empezó a resbalar por el borde de la placa.
 Curt le aferró por sus muñecas de metal, y tiró de él con una fuerza portentosa. Consiguió izar a tiempo la enorme figura de Grag.
 --¡Será mejor que cavemos en la superficie del hielo para formar agarraderos para las manos! -Aulló el Capitán futuro a sus compañeros-. ¡Va a ser muy duro conseguir no caernos de este pedazo de hielo!
 --Mirad... ¡Las Montañas ya están aquí! -Gritó Tharb aterrado-. ¡Alcanzarán el río antes de que nos hayamos ido!
 --Puede que no, -objetó Curt-. Aunque va a faltarnos poco.
 La escena parecía sacada de una pesadilla. Las tres grandes lunas de Plutón arrojando un resplandor plateado sobre el planeta helado. El salvaje río salado atravesando rugiente las llanuras de hielo, en dirección al norte. La gigantesca, portentosa cordillera de blancas montañas glaciares avanzando atronadora e inexorablemente hacia el río, desde el noreste.
 Y en el centro del enloquecido y remolineante río, una gran placa de hielo se movía, sacudida por la corriente, desplazándose a una velocidad de vértigo, llevando sobre ella a un curioso trío... la figura ataviada de pieles del Capitán Futuro, la peluda forma de Tharb, y el enorme robot de metal.
 La formación helada de las Montañas Andantes se hallaba ya a menos de cien metros del río, bordeándolo durante varios kilómetros como si se tratara de una altísima muralla blanca. Curt alcanzó a ver, muy lejos, más adelante, el final de la cordillera caminante. ¿Lograrían llegar hasta allí y pasar, antes de que la montaña se tragara al río, aplastándolos?
 El rugido combinado de las enloquecidas aguas y el estruendoso estampido del glaciar caminante resultaban ensordecedores. La corriente sacudía de un lado a otro la frágil placa de hielo sobre la que flotaban, amenazando continuamente con arrancarles de los precarios agarraderos que habían excavado en el hielo.
 Ahora, el avance de la cordillera la había llevado a pocos metros del río. Se alzaba sobre las rápidas corrientes adoptando la forma de altísimos precipicios cortados en vertical. Una y otra vez, grandes masas de hielo caían desde lo alto de sus cimas, para ser después aplastadas ante el demoledor avance de la gran masa graciar.
 Curt comprobó que el extremo final de las amenazadoras montañas se hallaba ahora muy cerca, frente a ellos. La corriente, como si fuera consciente del peligro directo que sufrían, se tornó aún más rápida. La placa de hielo sobre la que flotaban dejó atrás el extremo de la cordillera justo en el momento en el que grandes fragmentos de roca helada comenzaban a caer en el agua.
 --¡Hemos logrado salvarnos de las Montañas Andantes! -Exclamó Curt con ánimo renovado.
 --Jefe, mira eso... ¡Las montañas de hielo han llegado al río! -Exclamó Grag asombrado, mientras miraba hacia atrás.
 El Capitán Futuro volvió la vista y contempló cómo el vasto glaciar comenzaba a verterse sobre el río, para después proseguir su avance por encima de las aguas.
 --¿No taponan el río las Montañas Andantes cada vez que pasan por encima? -Preguntó a Tharb.
 El Plutoniano negó con la cabeza.
 --No, porque la mayor parte de la corriente real del río discurre por profundos canales subterráneos, y, tan pronto como las montañas han pasado, la corriente se libera del hielo y vuelve a surgir en la superficie.
 No tardaron en perder de vista las temibles cordilleras caminantes. Pero el rugido de las aguas seguía siendo ensordecedor, y su velocidad parecía haber aumentado poco a poco.
 --No vamos a poder bajarnos de este cascarón helado hasta que la corriente aminore su velocidad, -Gritó el Capitán Futuro.
 --Pues no va a aminorar... ¡Se irá haciendo cada vez más rápida, hasta llegar a los grandes rápidos que desembocan en el mar helado! -Gritó Tharb.
 --¿El mar helado? ¿Te refieres al Mar de Avernus? -Exclamó el Capitán Futuro-. Claro... este río Phlegethon desemboca directamente en ese océano. Y tu gente vive más allá de ese mar, ¿No es así?
 --¡En efecto, pero dudo mucho que lleguemos a verles nunca! -Aulló el aterrado Plutoniano.
 El río los arrastraba con fuerza. Al poco rato, Curt Newton se dio cuenta de que, más adelante, parecía haber una densa neblina, que impedía ver lo que había más allá.
 --¡Ahí tenemos los rápidos! ¡Agarraos fuerte! -Gritó.
 El alargado cascote de hielo fue atrapado por la briosa corriente en cuestión de segundos. Por un instante pareció quedarse como flotando en el aire, terroríficamente inmóvil.
 En ese instante Curt llegó a ver fugazmente lo que había más allá. Un larguísimo tobogán de hielo, por debajo del cual, el río se agitaba en espumeantes rápidos, avanzando en dirección a un descomunal océano iluminado por las lunas que se extendía por el horizonte, hasta difuminarse por entre la espectral bruma.
 --¡Allá vamos! -Exclamó el Capitán Futuro con una risa feroz.
 La placa de hielo se sumergió en los rápidos. Los siguientes instantes fueron un frenesí de sensaciones apabullantes, de aguas blancas y espumosas que amenazaban con arrancarles de sus precaios asideros, de un mareante movimiento rotatorio que parecía no tener fín, y de una inquietante sensación: la de estar cayendo al fondo de un atronador abismo.
 Entonces, mientras avanzaban, se fueron percatando poco a poco de que el movimiento rotatorio y la agitación que sufría la placa de hielo parecían disminuir... y el rugido de las aguas se hacía más suave con gran rapidez. Exhausto y medio congelado, Curt levantó la cabeza. Habían llegado hasta el océano iluminado por las lunas... su cascote de hielo flotante había sido transportado por los rápidos a una velocidad increible, terminando su camino en las densas olas del mar. Ahora, su avance era mucho más lento.
 --Será mejor que vayamos cuanto antes a la orilla, -dijo Tharb, bastante aprensivo-. En este océano abundan toda clase de monstruos, que nos tendrían a su merced si nos encontraran en esta endeble masa de hielo.
 Comenzaron a remar por las heladas aguas, empleando sus brazos, intentando avanzar lo más deprisa posible hacia la orilla más cercana,junto a la zona por la que el río les había expulsado.
 Su avance resultaba dolorosamente lento, pero las esperanzas del Capitán Futuro estaban muy lejos de haber decaído. Si el abuelo de Tharb, el viejo Kiri, podía indicarles dónde estaba la morada de los extraños hechiceros de vello blanco, resultaría casi seguro que la base secreta del Doctor Zarro y su Legión estarían por los alrededores.
 De repente, Grag dejó de remar.
 --¡Mira, jefe!
 La mano del robot metálico señalaba en dirección a una estela que parecía seguirles por el agua iluminada por las lunas... una estela que parecía ominosamente deliberada, y que avanzaba sin parar.
 --Es un bibur... ¡Uno de los mayores y más terribles monstruos marinos de nuestro planeta! -Aulló Tharb-. ¡Remad con fuerza!
 Pero sus esfuerzos por escapar resultaban demasiado lentos como para ser de ninguna ayuda. La misteriosa estela se acercó aún más, y pudieron ver con claridad que lo que la causaba era un cuerpo enorme, que buceaba justo por debajo de la superficie.
 Entonces un ser vivo de proporciones gigantescas rompió la superficie del mar iluminado por la luna. Poseía la forma y el volumen de un brontosaurio; su immenso corpachón, húmedo y resbaladizo, pero aún así peludo, se impulsaba hacia delante con unas enormes zarpas palmeadas; su serpentíneo cuello terminaba en una cabeza chata, con grandes fauces y unos ojos rojos y ardientes.
 La pistola de protones del Capitán Futuro lanzó destellos al ser empuñada. Curt ajustó la potencia al máximo con un rápido movimiento de su dedo, apuntó con calma, y apretó el gatillo.
 El rayo, pálido y delgado, acertó justo en la base del cuello del bibur y una nube de humo se alzó desde la piel húmeda. Pero la criatura, tan sólo levemente herida, prosiguió su avance con un áspero rugido de rabia que sonaba como el silbato de un barco de vapor.
 --¡No podrás matarlo! -Exclamó Tharb salvajemente-. ¡El grosor de su piel es demasiado grande como para que le penetre cualquier arma!
 El airado bibur avanzaba ahora sobre el agua, con la velocidad de un tren expreso. Curt volvió a disparar, en esta ocasión apuntando a uno de sus ojos.
 El centelleante ojo derecho del monstruo desapareció en cuanto el rayo impactó en él. La terrorífica mole peluda emitió otro aterrador rugido, y se detuvo para golpearse furiosamente la cabeza con su gigantesca garra palmeada.
 --¡Allí vienen algunos de los mios! -Gritó de repente Tharb, señalando al otro lado del océano iluminado por la luna-. ¡Nos ayudarán...!
 Curt se volvió por un instante, y vio una pequeña flota de extraños barcos, con antorchas encendidas en la proa, que se esforzaban por llegar hasta ellos. Entonces, un atronador grito de Grag le hizo volverse de nuevo.
 El bibur volvía al ataque que había interrumpido. El monstruo, cuyo diminuto cerebro estaba enrrabietado hasta la médula debido al dolor de su ojo perdido, avanzó sobre el agua hasta alcanzar el cascote plano y a sus tres ocupantes.
 El Capitán Futuro aumentó la potencia de su rayo, dirigiéndolo con firmeza hacia la vacía cuenca ocular de la criatura. Y ocurrió lo que había esperado. El potente rayo penetró a través del hueso hasta llegar al cerebro.
 El rugiente bibur cayó hacia delante, moribundo. Pero su garra palmeada, ahora lacia, golpeó en su caida el casquete de hielo, y lo volcó. En un instante, los tres compañeros se encontraban sumergidos en las heladas aguas. Curt se hundió, pero emergió al instante, empuñando aún su pistola de protones y echando agua por la boca. Miró a su alrededor, al mar iluminado por las lunas. El enorme cadáver del mostruo flotaba cerca de ellos. Tharb gritaba y nadaba en dirección a los barcos que avanzaban.
 Pero Grag no estaba a la vista. El gran robot de metal se había hundido hasta el fondo, como si fuera una piedra.
 
 

CAPITULO XI
En la Ciudad de Hielo




 El Capitán Futuro sintió una profunda angustia cuando se dió cuenta de que Grag se había hundido. No le preocupaba que el robot pudiera morir, ya que Grag no necesitaba respirar, y podría vivir bajo el agua durante mucho tiempo. Pero iba a ser una tarea muy difícil sacarle de aquellas profundidades.
 Boqueando agua, con sus pieles empapadas y sobrecogido por el frío del mar helado, Curt se dio la vuelta y observó la pequeña flota de barcos que avanzaba hacia ellos, en respuesta a los gritos de llamada de Tharb.
 Los barcos en cuestión eran pequeñas embarcaciones de cobre, propulsadas mediante velas de fino cuero curtido. Estaban repletas de peludos Plutonianos parecidos a Tharb, que les miraban con atención a través de las olas. Al poco, los barcos bajaron sus velas y se detuvieron junto a ellos. Unos brazos peludos agarraron al Capitán Futuro y le izaron a bordo, junto a Tharb. Curt vió que aquellos Plutonianos habían estado pescando... había enormes masas de toda clase extraños pescados plateados y sacos de cuero llenos de moluscos, alineados al fondo de la cubierta. Tharb no perdió un instante y comenzó a hablar muy deprisa con uno de los Plutonianos del barco... un individuo grande y corpulento.
 --Este es Gorr, líder de mi gente, -dijo Tharb al Capitán Futuro-. Estaban pescando por esta zona y escucharon nuestra lucha con el bibur.
 --Terrícola, hay que ser muy valiente para conseguir matar a un bibur, -dijo Gorr, el jefe, al Capitán Futuro, con sus ojos fosforescentes llenos de respeto.
 --Uno de mis camaradas se ha hundido... ahora debe de estar en el fondo, -dijo el Capitán Futuro-. ¡Voy a necesitar de vuestra ayuda para sacarle!
 Tharb se aclaró la garganta, incómodo.
 --¡Pero a estas alturas ya se habrá ahogado!
 El Capitán Futuro se rió.
 --Grag no puede ahogarse.
 El Capitán Futuro ya había diseñado un sencillo plan para intentar sacar al robot del apuro en el que se encontraba. A petición suya, los Plutonianos le hicieron entrega de las fuertes sogas de cuero de todos los barcos, que eran usadas para sujetar las anclas. Velozmente, el Capitán Futuro las anudó, formando una larga y fuerte cuerda del doble de su grosor habitual.
 Sus empapadas ropas se habían convertido en una costra de hielo, pues el viento había comenzado a soplar más frío, y con más fuerza. Los seis barcos de cobre se agitaban incómodos sobre la superficie del plateado océano, mientras sus peludas tripulaciones observaban intrigadas al joven Terrícola pelirrojo, que trabajaba bajo la luz de las tres Lunas.
 --No me gusta nada este viento, -dijo Gorr, mirando incómodo a las nubes planas que se acercaban por cielo desde el oeste-. No vamos a poder quedarnos aquí por mucho tiempo.
 --Ya casi he terminado, -dijo rápidamente el Capitán Futuro-. Esta cuerda debería ser lo bastante larga como para llegar al fondo.
 Extrajo de su cinturón su pequeña linterna atómica, la encendió, y la ató con fuerza al extremo de la larga soga de cuero. Entonces sumergió la resplandeciente linterna en el interior del océano.
 Había dejado ya caer casi toda la longitud de la soga cuando sintió que la linterna tocaba el fondo, posándose en él. Esperó. Grag, allí abajo, debería ser capaz de divisar la luz, y acercarse a ella.
 --Se acerca una tormenta huracanada, -dijo Tharb preocupado-. Será muy peligroso quedarse aquí, en medio del mar.
 De repente, la soga de cuero se tensó con fuerza, como si algo en el otro extremo hubiera tirado de ella, y el Capitán Futuro dejó escapar una exclamación de regocijo.
 --¡Grag ha agarrado la cuerda! ¡Ayudadme a subirle!
 Tras asegurarse de que el robot había comprendido su plan y estaba agarrado a la soga de cuero, el Capitán Futuro y los Plutonianos del barco comenzaron a tirar para subir a Grag.
 El descomunal peso del robot de metal, a pesar de estar parcialmente compensado por el hecho de estar en el agua, supuso un esfuerzo tremendo para los músculos de Curt y sus velludos ayudantes. Pero, metro a metro, la dura cuerda de cuero fue ascendiendo y, al fin, la cabeza metálica y los hombros de Grag aparecieron por encima del agua.
 El Capitán Futuro ayudó al robot a trepar a la cubierta de la nave. Entonces, el aventurero pelirrojo estalló en carcajadas. Grag presentaba un espectáculo ridículo. Estaba cubierto de lodo del fondo, y tenía casi todo el cuerpo plagado de algas, como si fueran flores decorativas.
 --No sé por qué te ríes, Jefe, -espetó el gran hombre de metal-. El fondo es un lugar de lo más oscuro y feo. Incluso me atacó un pez enorme... intentó morderme el brazo.
 --Apuesto a que se llevó la sorpresa de su vida cuando descubrió que el susodicho brazo era de metal, -se rió Curt.
 --¡Soltad las velas! -Gritó el jefe Gorr, elevando la voz por encima del rugir del viento-. ¡A menos que salgamos de este mar antes de que llegue el huracán, jamás volveremos a ver la ciudad de Qulun!
 Con gran presteza, las velas, ocultas hasta entonces, fueron izadas y desplegadas. En cuanto recibieron el impulso del viento, cada vez más fuerte, la pequeña flota de naves de cobre se deslizó a gran velocidad por las aguas del océano iluminado por las lunas. Seguían un rumbo noreste, y la nave de Gorr encabezaba la formación. Las apelmazadas pieles del Capitán Futuro no tardaron en helarse del todo, debido al viento helado, y la salada espuma marina le golpeaba el rostro, cegándole, mientras se asomaba junto a Grag y a Tharb por la proa de la pequeña embarcación. El gemido del viento y el rugido de las olas a su alrededor hacían imposible el poder conversar.
 Y aún así, el Capitán Futuro reía suavemente. El peligro era, para sus venas, como una especie de vino excitante; daba igual que el peligro surgiera en medio de los vastos vacíos estrellados del espacio o en algún planeta peligroso como aquel. Era justo en aquellos momentos cuendo el Capitán Futuro se sentía más vivo que nunca.
 --¡La Bahía de Qulun! -Exclamó Gorr con voz estentórea-. ¡Bajad las velas o la pasaremos de largo!
 La embarcación de cobre estuvo a punto de pasar de largo, pero logró aminorar a tiempo, y viró hasta poder acercarse a una pequeña ensenada, que daba a una orilla cubierta de nieve.
 Los otros barcos Plutonianos les siguieron en el acto. Poco después, las quillas de los barcos chocaban con hielo. Los peludos marinos saltaron al exterior, y empujaron las embarcaciones hacia el interior de la orilla, poniéndolas a buen recaudo, junto a otras que yacían fondeadas en el interior de la helada costa.
 El Capitán Futuro se dió cuenta de que Tharb se dirigía a él, intentando hacerse oir a través del viento ensordecedor.
 --Mi ciudad, Qulun, está cerca, -Gritó Tharb por encima del rugir de la tormenta-. Venid con nosotros.
 Curt Newton y Grag acompañaron a los Plutonianos a lo largo de un estrecho pasadizo que se abría en una hendidura de las montañas heladas.
 La oscuridad era intensa, pero Gorr y sus hombres parecían conocer el camino perfectamente. No tardaron en salir a un pequeño valle cerrado, sobre el cual se alzaba la ciudad de los Plutonianos.
 Se trataba de una ciudad de hielo. Todos y cada uno de sus edificios eran cuadrados y de una planta, y todos ellos eran monolitos de resplandeciente hielo, construidos con el sencillo método de crear moldes con las formas deseadas y rellenarlos con agua fresca que, al helarse inmediatamente, continuaba ya en ese estado permanentemente.
 Gorr les condujo hasta un gran edificio de hielo, de planta cuadrada, que parecía ser más grande que las construcciones aledañas.
 --Mi casa, -exclamó el Jefe Plutoniano al Capitán Futuro-. Seréis mis invitados.
 Curt se volvió hacia Tharb.
 --Pero yo venía con la intención de ver a tu abuelo, el viejo Kiri, -le recordó-. Para eso habíamos venido.
 --Si aún está con vida, estará allí, -le respondió Tharb. Luego, el Plutoniano añadió, no sin cierto orgullo-, Gorr, el Jefe, es de nuestra familia.
 La gran estancia estaba iluminada por llameantes antorchas de hueso empapadas en aceite y sujetas con argollas de metal. Las mesas, sillas y divanes eran de un monolítico hielo sólido, y estaban cubiertas de pieles.
 Una docena de Plutonianos de ambos sexos, todos ellos ataviados con sencillos atuendos de cuero, miraron asombrados con sus ojos fosforescentes al alto Terrícola pelirrojo y a su enorme compañero de metal. Los peludos Plutonianos no parecían sentir el menor frío, pero, para Curt, la gelidez de aquel lugar era penetrante.
 --¡Comida y bebida para mis amigos! -Ordenó el voluminoso Gorr de un modo alegre y ruidoso.
 Mientras algunas mujeres Plutonianas salían a toda prisa de la sala para preparar las viandas, Curt vio que Tharb le tiraba del brazo.
 --Allí está mi abuelo, -le dijo el Plutoniano, mientras le conducía hasta una esquina de la gran sala-. Ese de ahí es Kiri.
 En la esquina, envuelto en fuertes pieles de bibur, se sentaba un anciano Plutoniano, cuyo denso pelo se había tornado canoso por la edad, y cuyos ojos, que brillaban ya muy débilmente, le observaron desde un rostro arrugado.
 --Soy Tharb, tu nieto, -dijo el joven Plutoniano al decrépito anciano-. He traído a un Terrícola que desea información. Quiere que le hables de los Hechiceros.
 --¿Los Hechiceros? -Repitió el viejo Kiri con una voz aguda y temblorosa-. No hemos visto a los Hechiceros por estas tierras desde hace mucho tiempo... desde que vinieron los Terrícolas.
 --Eso ya lo sé, -dijo rápidamente Curt al viejo Plutoniano-. Pero, ¿De donde venían los Hechiceros? ¿Vivían cerca de aquí?
 --No, los Hechiceros nunca vivieron por aquí, -replicó el anciano Kiri-. Venían en extrañas naves voladoras. Eran una gente extraña, cubierta de vello blanco, que poseía grandes poderes y una gran sabiduría. Podían adoptar el aspecto de cualquier cosa que desearan... podían parecerse a nosotros, o a un animal, o incluso a un témpano de hielo. Aquello era una gran brujería.
 Al escuchar aquello, el pulso del Capitán Futuro se aceleró. Entonces, incluso hacía ya mucho tiempo, aquellos seres llamados los Hechiceros habían poseído el poder de crear ilusiones para disfrazarse...
 --Pero, aunque sus poderes eran grandes, -continuó el viejo Kiri-, vinieron en paz. Comerciaron con nosotros, dándonos buenas herramientas de metal a cambio de ciertos minerales que extraíamos de debajo del hielo. Pero todo aquello se terminó en cuanto los Terrícolas vinieron a este mundo. Los Hechiceros no volvieron a aparecer... y es posible que yo sea el único con vida de entre todo mi pueblo que ahora les recuerda.
 --Pero ¿De donde procedían? -Preguntó Curt muy tenso al viejo Plutoniano.
 --¡Procedían de las Lunas! -Respondió Kiri-. Si, bajaban desde las lunas en sus naves voladoras, y luego regresaban en ellas a su hogar.
 --¿De las Lunas? -Repitió Curt asombrado-. ¿De cual de las tres lunas?
 --Eso no lo sé, -se lamentó Kiri-. Tan sólo sé que su hogar estaba en una de las tres lunas.
 Curt estaba asombrado por la información. Al momento se dió cuenta de lo mucho que había limitado el campo de su búsqueda. El hogar secreto de los hechiceros, según razonó, debía estar en Cerberus o en Caronte. La tercera luna, Styx, estaba completamente cubierta de agua, lo cual la dejaba fuera de la cuestión. Pero ¿Cómo iba a arreglárselas para descubrir en cual de las otras dos lunas vivían los Hechiceros?
 --¿Recuerdas algo más acerca de los Hechiceros? -Preguntó al viejo Plutoniano.
 --Poco más, -confesó el anciano Kiri-. Recuerdo que jamás comían nuestra comida... decían que no había en ella suficiente cobalto como para sustentarles.
 --¿Cobalto? -Repitió el Capitán Futuro. Entrecerró los ojos-. Entonces deben provenir de un mundo cuyo suelo o cuya agua sean ricos en sales de cobalto.
 Y entonces el Capitán Futuro recordó algo que le había extrañado cuando realizó el examen científico sobre el cadáver de la criatura cubierta de vello blanco, mientras viajaba hacia Plutón.
 Le había llamado la atención el extraño color azul de los huesos de la criatura. No había tenido tiempo de analizarlo entonces. Pero ahora se dio cuenta de que dicho color era debido a que la comida o el agua que ingería la criatura, contaba con un alto contenido en sales de cobalto.
 --Si podemos descubrir en qué luna, Cerberus o Caronte, hay vida indígena con un alto contenido de cobalto en su esqueleto, sabremos que en esa luna habitan los Hechiceros... ¡Y allí estará la base del Doctor Zarro!
 Grag le miró asombrado.
 --Pero ese hombre, Victor Krim, dijo que no había ninguna raza así en Caronte, Jefe. Y Rundall Lane, el alcaide de la prisión de Cerberus, dijo lo mismo de la luna Cerberus.
 --Si, eso dijeron, -contestó con ironía el Capitán Futuro-. Pero uno de los dos puede estar mintiendo.
 El Capitán Futuro ya tenía motivos para conectar a Victor Krim y a Rundall Lane con el Doctor Zarro. Tan sólo ellos, aparte de Cole Romer, habían estado en las dependencias policiales, y por tanto eran los únicos que podían saber que iba a viajar por Plutón... eran los únicos, por tanto, que podían haber informado a tiempo a la legión del Destino para que le interceptara, lanzando sobre él el letal ataque por sorpresa que había sufrido.
 Si Krim o Rundall Lane estaban relacionados con el Doctor Zarro, resultaba lógico que el culpable hubiera mentido acerca de los Hechiceros.
 ¡Pero el Capitán Futuro tenía la intención de emplear la pista del cobalto para descubrir si era en Cerberus o en Charon donde moraban los misteriosos Hechiceros!
 Gorr, el voluminoso jefe local, interrumpió los veloces pensamientos de Curt.
 --El banquete está listo, Terrícola, -anunció.
 El Capitán Futuro se levantó, agradeciendo al anciano Kiri la información aportada. Pero, antes de seguir a Gorr al banquete, extrajo su tele-emisor de bolsillo del cinturón, y pulsó el botón para llamar a Otho.
 Un instante después, le llegó el zumbido de respuesta de Otho, desde la distante Tartarus.
 --Ven al momento con el Cometa, -ordenó el Capitán Futuro-. Nuestra nave ha sido destruida y es imperativo que volvamos a Tartarus lo antes posible. Dejaré la onda de emisión abierta, para que pueda guiarte hasta aquí.
 --¡Salgo al momento, Jefe! -Respondió Otho muy excitado.
 Curt frunció el ceño mientras devolvía el aparato a su cinturón.
 --Otho sonaba bastante preocupado, -murmuró-. Me pregunto qué habrá sucedido...
 --Espero que no le haya pasado nada malo a Eek, Jefe, -dijo Grag con ansiedad.
 Se acercaron hasta el festín que les habían preparado, alrededor del cual ya esperaban Gorr, Tharb y los demás Plutonianos.
 --No deberías haberte tomado tantas molestias para preparar todo esto por nosotros, -protestó cortésmente el Capitán Futuro dirigiéndose al peludo líder.
 --No, pero si es una comida de lo más normal, -replicó el jefe con tono grandilocuente-. Como verás, en la casa de Gorr no se pasa hambre.
 Todos parecían sentirse orgullosos de tener a un Terrícola como invitado, aunque se mostraban un tanto extrañados ante el grandullón Grag, que se sentó junto al Capitán Futuro como una estatua de metal, sin probar bocado.
 Mientras el Capitán Futuro comía y reía junto a los Plutonianos, y mientras escuchaba sus relatos acerca de peligrosas hazañas entre las Montañas Andantes y los océanos helados, su mente regresó febrilmente a la nueva pista que poseía para encontrar al Doctor Zarro. Ahora estaba convencido de que la base del cerebro criminal se encontraba en Cerberus o en Caronte.
 El banquete concluyó, y el Capitán Futuro y Grag salieron a la calle, al frío aire de la tormenta, seguidos por los Plutonianos.
 Poco tiempo después, un débil y ronroneante murmullo llegó hasta sus oidos, a través del aullido del viento. Curt encendió su linterna, haciendo una señal.
 Vislumbraron entonces al Cometa, que descendió por entre la cegadora nieve, y se posó en la calle. El Capitán Futuro se despidió a gritos de Gorr y sus compañeros, y corrió hacia la puerta abierta de la pequeña nave, junto con Grag y Tharb.
 Otho se puso en pie de un salto cuando entraron en la nave con forma de lágrima. Los rasgados ojos verdes del androide brillaban de emoción.
 --¡El Cerebro ha desaparecido, Jefe! -Siseó-. ¡La Legión del Destino selo ha llevado!
 --¿Simon secuestrado? -Los ojos grises de Curt Newton lanzaron destellos de ira. Ahora entendía por qué Otho le había parecido tan preocupado-. ¿Cuando ha ocurrido?
 --Poco tiempo antes de que llamaras, -exclamó Otho-. Yo estaba en el observatorio, con Joan, mientras Simon y Kansu Kane estaban en la plataforma del telescopio. Escuché un sonido extraño y apagado... y al momento después, tanto yo como el resto nos caímos al suelo, incapaces de mover un sólo músculo.
 "No es que estuviéramos inconscientes... podíamos ver y oir... ¡Pero estábamos como petrificados! Escuché como entraban varios hombres en el observatorio. Yo yacía boca abajo, y no pude verlos, pero oí cómo uno de ellos subía a la plataforma del telescopio, y escuché cómo hablaba con Simon, aunque no pude distinguir lo que decían. Entonces, al poco rato, todos esos hombres se marcharon. Y, tras unos minutos, fui capaz de volver a moverme. Nos habían puesto fuera de combate con una especie de gas pesado que habían bombeado hasta el interior del edificio, y, cuando se disipó al abrirse la puerta, sus efectos se habían ido desvaneciendo. ¡Pero para entonces, Simon había desaparecido!
 --Volvemos a Tartarus, a toda velocidad, -ordenó el Capitán Futuro, con una expresión terrible en su rostro bronceado.
 El Cometa ascendió por entre la nieve cegadora, y se dirigió hacia el sur, atravesando la tormenta de hielo.
 
 

CAPITULO XII
La Prisión Interplanetaria




 Tartarus, la ciudad envuelta en una cúpula, brillaba en la tormenta como una burbuja mágica de luz y calor. El Cometa descendió silbando por entre la rugiente nieve, no hacia la ciudad cubierta, sino hacia el pequeño observatorio redondo que había junto a ella. El vuelo de vuelta no les había llevado más que unos minutos, pero al Capitán Futuro le habían parecido horas. Sufría una tremenda ansiedad por la suerte que podía haber corrido el Cerebro.
 Mientras él, Otho y Grag se disponían a salir por la portilla de la nave, el Capitán Futuro se volvió un momento hacia Tharb.
 --Será mejor que regreses a la ciudad, Tharb, -dijo al extrañado Plutoniano-. Me has ayudado muchísimo.
 Medio cegado por la punzante nieve, y casi a punto de caerse por la fuerza del viento, el Capitán Futuro se sumergió en la entrada del Observatorio. El gran interior abovedado resplandecía de luz. Curt vio a Joan Randall que se apresura hacia ellos, seguida por Ezra Gurney y por Kansu Kane. El rostro de la joven estaba pálido.
 --¿Fue el Doctor Zarro en persona el que vino aquí con la Legión y se llevó a Simon? -Preguntó rápidamente el Capitán Futuro.
 --¡Si, fue el mismísimo Doctor Zarro! -Balbuceó Kansu Kane-. Yo estaba inmóvil, debido al gas, pero no estaba inconsciente... me quedé tendido allí arriba, junto a la plataforma del telescopio, incapaz de moverme, pero escuché casi todo lo que ocurrió.
 Y el pequeño astrónomo le contó entonces cómo el Doctor Zarro había torturado al Cerebro, desconectando su bomba de fusión.
 --Pero el Cerebro no le dijo nada, -concluyó Kansu-, de manera que el Doctor Zarro y sus Legionarios se lo llevaron con ellos. Roj y Kallak estaban entre esos hombres de la Legión.
 --De modo que el Doctor Zarro torturó al Cerebro, -masculló Curt. Sintió un estremecimiento de ira como jamás en su vida había sentido. Para Curt, el Cerebro no era el frío y austero ser inhumano que percibían los demás, sino que le consideraba su más viejo camarada, así como su tutor y guardián.
 --Los motivos del Doctor Zarro están bastante claros, -declaró Curt-. Tiene miedo de que desbarate su conjura para obtener el poder. Por ese motivo ordenó a uno de los cruceros de su Legión que emboscara y atacara mi nave. Y él, mientras tanto, pasó por aquí, con sus Legionarios, para evitar que Simon prosiguiera con sus estudios.
 De repente, una expresión de perplejidad cruzó el rostro del Capitán Futuro.
 --Pero ¿Por qué llegaría el Doctor Zarro hasta ese extremo con tal de detener el estudio del Cerebro sobre la estrella oscura? Bien pudiera ser que temiera que el Cerebro descubriera algo...
 Curt dejó de hablar, pero aparcó en una esquina de su mente la excéntrica idea que se le acababa de ocurrir.
 --¡No entiendo por qué el Doctor Zarro no volvió a capturarme cuando tenía la ocasión! -decía extrañado Kansu Kane.
 --Ya no tenía motivos para ello, -declaró el Capitán Futuro-. Verá usted, Kansu: originalmente, la Legión le capturó, al igual que a los demás científicos... para hacer que pareciera que había usted desaparecido... que había huido del Sistema para intentar librarse de la inminente catástrofe.
 "Pero, tras haber desaparecido una vez, volvió a aparecer de nuevo aquí, en Plutón. De modo que los oficiales del Observatorio, y el resto de la gente de aquí, sabían que usted no había huido del Sistema de ninguna manera. De haberle vuelto a capturar, ya habría sido demasiado tarde como para aparentar que había huido. Ese plan se les ha desmoronado, pero, tal y como están las cosas, eso no les perjudica demasiado.
 El Capitán Futuro comenzó entonces un registro intensivo del observatorio. Nada escapaba a sus agudos ojos. Aún así, fue incapaz de encontrar nada hasta que subió a la plataforma de observación del gran telescopio.
 Entonces, el pelirrojo mago de la ciencia se agachó de repente, sobre unos restos de tierra blanquecina que acababa de ver sobre el suelo de la plataforma. Los recogió entre sus dedos y los examinó. Se trataba de un resto de suave tierra de nitrato blanco.
 --¿Hay algún sitio cerca de Tartarus que tenga esta tierra de nitrato blanco? -Preguntó a Ezra Gurney.
 --No que yo sepa, Capitán Futuro.
 --Voy a salir al Cometa para analizar esto, -dijo Curt-. Será mejor que salgáis de aquí... aquí ya no queda nada de interés.
 En el interior del compacto laboratorio del Comet, Curt comenzó un exhaustivo análisis del nitrato blanco. Preparó numerosas muestras, con una precisión de experto, sometiendo más tarde dichas muestras a un misterioso tratamiento químico, y procedió entonces a estudiarlas por medio del voluminoso electro-microscopio. Todo el mundo guardó silencio mientras el Capitán Futuro trabaja. Todos sabían que tenían ante sí al más brillante científico de todo el Sistema, aunque lo que estaba haciendo estuviera más allá del conocimiento de todos ellos.
 Finalmente, Curt concluyó su análisis, y se envaró. Sus ojos grises brillaron de triunfo y se volvió hacia ellos.
 --¡Lo que yo pensaba! -Exclamó-. ¡Este nitrato no procede originalmente de Plutón, sino de una de sus Lunas...!
 --¿Cómo puede estar tan seguro? -Preguntó atónito Kansu Kane.
 --Esta tierra contiene una vida bacteriana basada en el nitrógeno, -replicó Curt-. En Plutón hace demasiado frío como para que unas bacterias de tipo semejante puedan florecer. Pero en las lunas, que son ligeramente más cálidas que Plutón, dichas bacterias podrían existir. El único lugar de donde puede haber venido esta tierra es de una de las lunas.
 Curt se volvió al pendenciero Sheriff de la Policía Planetaria.
 --Ezra, regresa a Tartarus y trae aquí a Rundall Lane y a Victor Krim... y también al planetógrafo, Romer.
 --Claro... no me llevará más que unos minutos, -repuso el viejo Sheriff. Tras envolverse en sus pieles, salió al exterior.
 --Entonces, ¿Crees que la base del Doctor Zarro se encuentra en una de las lunas? -Exclamó ansiosa Joan-. ¿Crees que se han llevado allí al Cerebro?
 --Ahora estoy seguro de que el Cuartel general del Doctor Zarro se halla en una de las lunas. -Afirmó Curt-. La única pregunta es... ¿En cual de ellas?
 Al poco rato regresó Ezra Gurney. Pero tan sólo una persona le acompañaba... Cole Romer, el erudito planetógrafo.
 --¿Donde están Krim y Rundall Lane? -Quiso saber Curt.
 --Lane regresó a Cerberus hace poco tiempo, -replicó el belicoso Sheriff-. En cuanto a Victor Krim, ninguno de mis hombres ha podido localizarle. No sabemos si habrá vuelto a Caronte, o qué.
 Cole Romer estaba obviamente perplejo por aquellas preguntas, y observaba maravillado el interior de la famosa nave. El Capitán Futuro le enseñó una muestra del nitrato.
 --¿Alguna vez ha visto este tipo peculiar de suelo en Cerberus o en Caronte? -Preguntó.
 Mientras examinaba el substrato blanco, el rostro erudito de Romer se ensombreció, lleno de dudas.
 --Me parece que hay un suelo de este tipo en Cerberus, cerca de la Prisión Interplanetaria, -respondió lentamente-. Aunque puede que me equivoque... no he estado en Cerberus más que en un par de ocasiones, ya que el alcaide Lane pone objeciones a que haya visitantes.
 --¿Por qué no quiere visitantes Rundall Lane? -Preguntó Curt.
 --No lo sé. Pero así es.
 --Es cierto, Capitán Futuro, -confirmó Ezra Gurney-. A Lane no le gusta ni que nosotros, los de la Policía Planetaria, nos pasemos por allí. Claro que él no es exactamente un policía... es más bien un cargo político asignado a ese trabajo.
 --¿No sabrá usted por casualidad si Victor Krim se encuentra aún en Tartarus? -Preguntó Curt a Romer.
 --Creo que aún está aquí, en efecto, -dijo el planetógrafo sin demasiada convicción-. Pero no estoy seguro. Puede que esté en el Centro de Cazadores de Pieles.
 El Capitán Futuro permaneció en silencio, mientras su mente analizaba la situación. Había llegado a ciertas conclusiones definitivas. Estaba bastante seguro de que el Doctor Zarro debía ser un Terrícola o un Plutoniano, y que tenía su base muy cerca de allí. Desde dicha base, estaba emitiendo sus ominosas advertencias, y, también desde ella, enviaba a su Legión a cumplir sus viles propósitos.
 Evidentemente, el Doctor Zarro no se parecía a ningún Terrícola conocido. Pero ahora, Curt estaba seguro de que la apariencia del desgarbado profeta de cráneo voluminoso y ojos ardientes, no era sino una ilusión... ¡Un disfraz de la misma naturaleza que el empleado por los Hechiceros para hacerse pasar por Terrícolas!
 Y, si el Doctor Zarro era uno de los Terrícolas locales, debía ser un sujeto relacionado con alguna de las lunas, ya que, según lo narrado por el viejo Kiri, los Hechiceros de vello blanco vivían en una de aquellas lunas. El Cuartel General del archivillano debía de encontrarse en medio de esa raza misteriosa y oculta. Y, ya que la luna cubierta de agua, Styx, quedaba descartada, el lugar en cuestión debía de ser o Caronte o Cerberus. De modo que, el Doctor Zarro había de ser un Terrícola relacionado o bien con Caronte, o bien con Cerberus. Y esta nueva pista señalaba hacia Cerberus...
 --Voy a salir hacia Cerberus en el Cometa, -anunció Curt-. Tengo que hacerle unas cuantas preguntas a Rundall Lane. Grag y Otho me acompañarán. Joan, quiero que te quedaes aquí, a ver si Ezra y tu podéis encontrar a Victor Krim, si es que aún está en Tartarus.
 --¿No hay nada que yo pueda hacer? -Preguntó inquieto el pequeño Kansu Kane-. El Cerebro es un gran científico... y yo haría cualquier cosa para salvarle.
 --Hay algo que puede hacer por mí, Kansu, y es algo muy importante, -le dijo Curt al pequeño astrónomo Venusiano-. Quiero que se asegure de si alguna de las estrellas fijas que rodean a la estrella oscura ha sido desplazada desde que apareció el sol negro.
 Kansu le miró fijamente.
 --Podré hacerlo sin problema con el equipo del Observatorio, aunque no veo cómo podría ayudarnos eso.
 --Se trata de una idea que se me ha ocurrido, -dijo brevemente el Capitán Futuro.
 Los cuatro visitantes salieron del Cometa y se sumergieron en el aire plagado de nieve, ajustándose bien las pieles que los cubrían... Kansu Kane se dirigió de nuevo hacia el Observatorio, y Joan, Ezra Gurney y Cole Romer regresaron una vez más hacia la ciudad abovedada.
 El Capitán Futuro accionó los controles, y las turbinas del Cometa escupieron un fuego blanquecino, empujando a través de la tormenta a la pequeña nave con forma de lágrima. Otho y Grag permanecían ansiosos junto a él, en la sala de control; el robot llevaba encima a su pequeña mascota lunar, que ronroneaba de placer por haberse reunido con su amo de metal. En cuestión de pocos segundos, la pequeña nave dejó atrás la tormenta de nieve y salió a un espacio despejado. La superficie de Plutón, oscura y azotada por la tormenta, yacía bajo ellos. Encima suyo, en el vacío estrellado, brillaba el disco blanquecino de Cerberus, mientras que Caronte y Styx aún no habían salido.
 La nave rugió mientras avanzaba por el espacio en dirección a Cerberus, dejando escapar una estela de fuego.
 --Crees que o bien Rundall Lane o Krim es el Doctor Zarro, ¿No, Jefe? -Preguntó Otho, excitado-. Debe de ser Lane, si es que esa pista tomada del Observatorio procede de verdad de Cerberus.
 La gran forma metálica de Grag tenía un aspecto amenazador, mientras sus ojos fotoeléctricos observaban la luna, que se iba haciendo cada vez más grande.
 --Si ese hombre, Lane, es quién ha torturado y secuestrado al Cerebro, va a tener que responder por ello ante mi, -voceó el hombre de metal.
 --Sólo después de que yo me encargue de él, Grag, -corrigió Otho.
 --¿Tu? Si Simon está en problemas es por culpa tuya, -tronó el robot-. Da mala suerte tenerte cerca. Cuando el Jefe fue contigo a Marte, fue capturado, y luego te dejamos en Plutón a cargo del Cerebro, y van y secuestran al Cerebro. Me paso el tiempo intentando reparar todo el daño que causas.
 Otho se quedó sin habla un instante, ciego de rabia ante aquel atronador reproche.
 --¡Esto ya es demasiado! -Se quejó el androide-. Ya es demasiado malo tener que vagar por todo el Sistema acompañado de una máquina de boca grande y mente diminuta, pero cuando esa máquina se pone a darme lecciones...
 --¡Dejadlo ya, los dos! -Ordenó cortante el Capitán Futuro-. Simon está en peligro mortal... el Sistema entero está en peligro... ¡Y lo único que se os ocurre es meteros el uno con el otro!
 --Tienes razón, Jefe, -dijo Otho en voz alta-. Después de todo no tiene mucho sentido discutir con un trozo de metal.
 Grag estaba a punto de replicar con furia cuando su atención pasó a centrarse en Eek. El pequeño cahorro de lobo lunar acababa de hundir su poderosa dentadura en un elaborado indicador de control; había encontrado agradable el sabor del metal, y, diligentemente, estaba intentando comerse todo el panel.
 --Si no nos deshacemos de esa bestia, no va a dejar ni rastro del Cometa, -declaró Otho salvajemente.
 --Eek debe estar hambriento... eso es porque no le has dado suficiente comida mientras yo estaba fuera, -le defendió Grag.
 --Le dí un pedazo de cobre lo bastante grande como para hacerle reventar. Esa pequeña plaga no sabe ni cuándo está llena.
 En silencio, Grag proyectó una orden telepática a Eek, y el cachorro lunar dejó de masticar el panel, y se acomodó sobre el ancho hombro de metal del robot. Cerberus se mostraba cada vez más grande en medio del vacío estrellado. La famosa Luna Prisión, tan sólo a trescientos mil kilómetros de su planeta madre, se cernía sobre ellos como una esfera de color azafrán.
 El Capitán Futuro permaneció en silencio mientras hacía avanzar la pequeña nave en forma de gota hacia la tenue y fría atmósfera de la gran luna. Ya había estado allí antereiormente. Y había mandado a decenas de hombres allí, sentenciados de por vida... criminales interplanetarios que había entregado a la justicia, que a su vez les había sentenciado a la temida penitenciaría que el Sistema tenía allí.
 Hizo descender la nave en un amplio claro. Aterrizó el Cometa sobre una llanura de roca, a menos de un kilómetro de la prisión. Entonces, Grag, Otho y él salieron al exterior, al gélido viento que barría la luna entera.
 --Quédate aquí, Grag, y guarda bien el Cometa, -le dijo Curt al robot en voz alta.
 --Pero Otho... -empezó a objetar Grag.
 Curt le cortó.
 --No tardaré en enviar de vuelta a Otho, con algo importante que hacer. Pero, mientras tanto, no quiero que la nave esté sin vigilancia ni un solo minuto.
 Curt y Otho se dirigieron hacia la descomunal fortaleza de color negro, tras ajustar sus ecualizadores gravitacionales antes de abandonar la nave.
 Mientras avanzaban, los ojos de Curt examinaron la llanura rocosa por la que se movían. Poco después, mientras se acercaban a las grandes puertas que franqeaban la prisión, descubrió lo que andaba buscando sobre una roca de color blanco, de textura suave. Se inclinó para recoger una muestra... se trataba del nitrato blanco.
 --Es el mismo tipo de tierra peculiar que dejó el Doctor Zarro en el Observatorio de Tartarus, -murmuró.
 Luego miró a su alrededor. Los únicos seres vivos que había a la vista eran algunos de los diminutos y veloces lagartos lunares, nativos de la pequeña y hostil Cerberus.
 --Otho, quiero que captures a uno de esos lagartos, lo lleves al Cometa y me esperes allí, -ordenó el Capitán Futuro.
 --¡Demonios del espacio! ¿Acaso he venido aquí sólo para cazar lagartos? -Exclamó Otho perplejo-. No lo comprendo...
 --Ya lo harás, -se rió Curt-. Y no vayas a pensar que esas cosas van a ser fáciles de atrapar.
 Dejó al androide dedicado a la tarea, y avanzó a grandes zancadas hacia las grandes puertas de la Prisión Interplanetaria.
 Mientras se acercaba a la entrada, chocó con un campo de fuerza invisible, que envió una señal sonora de alarma a la torre de guardia que dominaba las puertas, haciendo que un brillante foco se posara en él.
 --¡Quédese donde está! -Ordenó la voz de un guardia-. ¿Quién es usted, y qué está haciendo aquí? No se permiten visitantes.
 La figura alta y musculada de Curt y su rostro firme y bronceado estaban bañados por el resplandor del foco mientras levantaba con calma su mano izquierda.
 --Soy el Capitán Futuro y he venido a ver a Rundall Lane, el alcaide, -dijo simplemente.
 --¿El Capitán Futuro? -Exclamó el guardia oculto, con voz alterada, mientras miraba el anillo que Curt lucía en su mano... un anillo, cuyas joyas de los nueve "planetas" giraban lentamente alrededor de la joya "solar" central.
 Aquel anillo, y ese nombre, por orden oficial, podían abrir cualquier puerta de todo el Sistema Solar. Aún así, el guardia dudó.
 --Le diré al alcaide que está usted aquí, -anunció.
 --¡Me dejará entrar al momento! -Espetó Curt-. ¡Abra esas puertas!
 El tremendo prestigio y la autoridad que desprendía aquel joven alto y pelirrojo vencieron la reluctancia del guardia.
 Las grandes puertas, accionadas por un ronroneante motor atómico, se abrieron lentamente, y volvieron a cerrarse nada más pasar el Capitán Futuro.
 --Lléveme a la oficina del alcaide, -ordenó malhumorado.
 --Si, Capitán Futuro... por aquí, -farfulló el hombre.
 Rundall Lane, el delgado y envejecido alcaide de la Prisión Interplanetaria, se puso en pie de un nervioso salto cuando Curt entró en su despacho.
 --¡Capitán Futuro! -Exclamó perplejo. Su rostro reflejaba abatimiento-. ¿Qué hace usted aquí? Tenemos una regla en contra de recibir visitantes...
 --Olvide sus reglas, -dijo Curt en tono cortante-. He venido hasta aquí siguiendo la pista del Doctor Zarro.
 --¿Del Doctor Zarro? -Repitió Lane con aparente asombro-. Pero, ¿No pensará que su base está aquí, en Cerberus?
 --Aún no lo sé, -declaró Curt-. Pero ciertos aspectos apuntan a ese hecho.
 Observó atentamente a Rundall Lane. La manifiesta incomodidad de aquel hombre, un político de la Tierra que se las había arreglado para conseguir el puesto de alcaide, le parecía muy sospechosa a Curt. ¿Por qué Lane le tenía tanto miedo?
 --Tengo razones para creer, -dijo Curt, eligiendo las palabras-, que las criaturas de vello blanco, como la que le enseñé, ya muerta, cuando estábamos en Tartarus, es decir, los llamados Hechiceros, deben proceder de esta luna, o de Caronte.
 --¡Entonces debe de tratarse de Caronte! -Exclamó Rundall Lane-. En Cerberus no hay nada excepto esta prisión.
 --¿Cómo está tan seguro? -Quiso saber Curt-. Antes me dijo que no sabia lo que había en el resto de esta luna.
 --Yo no, pero mis guardias la conocen bastante bien, -explicó Lane rápidamente-. Algunos de ellos llevan años aquí. Jamás han visto una raza como la que usted me mostró.
 --Quisiera hablar con sus guardias, -dijo fríamente el Capitán Futuro-. Pero primero, hay otro asunto... Se trata de los dos antiguos prisioneros de esta penitenciaría, Roj y Kallak, que ahora son líderes de la Legión del Doctor Zarro. ¿Cómo escaparon de aquí?
 --Ya le dije que no lo sabemos. Sencillamente, una mañana descubrimos que no estaban.
 Curt entrecerró los ojos.
 --Déjeme ver los informes de esos dos, -demandó.
 Con reluctania, Rundall Lane se acercó a un amplio gabinete. En su interior había varios miles de pequeños y planos archivadores metálicos, al borde de cada cual brillaba un número iluminado. Curt conocía el sistema. Cada número correspondía a la luminosa insignia numerada llevada por cada uno de los presos; la insignia y el archivo se hallaban en contacto entre sí mediante una onda de radio, durante todo el tiempo que duraba la condena del prisionero.
 Lane extrajo dos archivos cuyos números estaban sin iluminar.
 --Aquí tiene los archivos de Roj y Kallak, aunque ya verá que no contamos con información veraz acerca de su fuga, -dijo.
 Curt, tras ojear los documentos almacenados en ambos archivos, no tardó en descubrir que aquello era cierto. Entonces, al levantar la mirada, se fijó en que había decenas de archivos en el gabinete cuyos números estaban sin iluminar.
 --¿Todos esos ficheros sin iluminar representan a prisioneros que han escapado? -Quiso saber Curt.
 --Si, -respondió incómodo Rundall Lane-. En cuanto se hallan fuera de la zona de fuerza de la prisión, se rompe la conexión de radio establecida entre sus insignias y los números de nuestros archivos. Es una precaución que sirve para avisarnos.
 --¿Cómo han podido escapar tantos? -Preguntó Curt-. Jamás había escapado un sólo hombre de esta prisión, y de repente se van en manada.
 --¡No tenemos la menor idea de cómo pudieron fugarse! -Afirmó Lane-. Es un misterio inexcrutable.
 --¿Han sido notificadas todas esas fugas al Gobierno del Sistema?
 Lane se removió incómodo.
 --No, no hemos informado de ellas, -dijo desesperado-. Eso significaría la pérdida de mi empleo. De modo que las he mantenido en secreto, confiando en volver a capturar a los reos fugados. Usted no piensa delatarme, ¿Verdad, Capitán Futuro? -Imploró.
 --¡Claro que voy a hacerlo! -Estalló Curt Newton-. Ha dejado sueltos por el Sistema a varias decenas de los criminales más crueles, ya sea por desidia o por un motivo deliberado. Usted no es el hombre adecuado para este puesto.
 La mente de Curt estaba llena de sospechas... sospechas acerca de aquel político advenedizo, que ya había demostrado con creces que había faltado a su deber.
 --Llame a sus guardias, -ordenó con rudeza-. Hay ciertas cosas que debo preguntarles.
 --Ahora les haré pasar, -replicó Lane con desgana-. Sólo será un momento.
 El alcaide salió del pequeño edificio de oficinas, y el Capitán Futuro se inclinó, para examinar el resto de los informes del gabinete.
 Cuantos más examinaba, más se convencía de que Lane había actuado mal. Todas esas decenas de prisioneros que habían escapado, debían haberlo hecho contando con su complicidad. No había otra explicación.
 De repente, un grito del exterior sacó a Curt de su investigación. Saltó hacia la ventana. Un guardia corría, alejándose de la galería central de celdas, mientras exclamaba a voz en grito:
 --¡¡Motín!! -Aullaba-. ¡Los presos se han amotinado!
 Pegados a sus talones, y emergiendo del bloque de celdas, apareció una enloquecida turba de airados prisioneros, gritando y blandiendo unas armas atómicas que, aparentemente, habían arrebatado a los guardas tras superarles en número. Los guardias de las torretas del muro principal abrieron fuego, pero, al instante, fueron desintegrados por los disparos de las atomizadoras de los convictos.
 --¡Al edificio de oficinas! -Aullaba el líder de los convictos, un Terrícola grueso y fofo-. ¡Allí es donde está el Capitán Futuro, compañeros!
 --¡A por el Capitán Futuro! -Fue el fiero grito de respuesta de los amotinados prisioneros. Se lanzaron al momento hacia la edificación que contenía las oficinas.
 Curt lo escuchó todo, y comprendió. Allí había centenares de criminales interplanetarios que, por su culpa, cumplían condena en ese penal, y que le odiaban más que a cualquier otro hombre vivo.
 Rodeaban por todas partes el edificio de oficinas... Marcianos, Saturnianos, Terrícolas y demás... anulando cualquier posible vía de escape. Y, de las gargantas de todos ellos, salía el mismo grito furioso:
 --¡¡Muerte al Capitán Futuro!!
 
 

CAPITULO XIII
La Calle de los Cazadores




 JOAN RANDALL permaneció de pie, en medio de la rugiente tormenta, mientras observaba elevarse al Cometa, camino de Cerberus. La joven agente secreto habría dado lo que fuera por estar a bordo, junto al Capitán Futuro, Grag y Otho.
 --Vamos, Joan, -gritó Ezra Gurney mientras el Cometa desaparecía de su vista, en las alturas-. Esta tormenta se nos puede llevar volando.
 --Tiene bastante mal aspecto, -concedió Cole Romer, completamente cubierto por sus pieles, -pero no tardará en empeorar aún más.
 El viejo Sherif de la policía, y el planetógrafo se apresuraron, junto a la joven, a regresar a la gran ciudad abovedada. Una vez en el interior de la cúpula transparente de Tartarus, les pareció estar en otro mundo. En el exterior, el feroz tornado azotaba implacable la noche, pero allí dentro, el aire era cálido y tranquilo, las calles estaban iluminadas y los grandes acondicionadores atómicos de aire funcionaban a la perfección.
 --Cuando lleguemos a Comisaría, haré que todos los hombres de servicio se pongan a buscar a Victor Krim. -Decía Ezra Gurney.
 --Mientras usted se encarga de eso, yo buscaré a Krim por mi cuenta, -dijo Cole Romer, con una expresión pensativa-. Tengo una idea sobre dónde puede estar, eso si no ha regresado a Caronte.
 --Si le encuentra, llámenos, -pidió el viejo Sheriff, mientras el planetógrafo se separa de ellos.
 Mientras Ezra y Joan caminaban por calles iluminadas y por parques de exótica vegetación interplanetaria, vieron pequeños grupos de colonos Terrícolas que hablaban ansiosos en cada esquina. Una y otra vez, sus oidos captaban un nombre.
 --¡Doctor Zarro!
 El curtido rostro de Ezra se tensó.
 --La gente de aquí está cada vez más asustada con esa estrella oscura, igual que en el resto del Sistema, -murmuró-. Y las retransmisiones del Doctor Zarro no les están calmando precisamente.
 El hermoso rostro de Joan Randall relucía de indignación.
 --¡Deben estar locos! ¡Mientras el Capitán Futuro pelea para desbaratar los planes del Doctor Zarro, ellos ayudan al criminal!
 El viejo Sheriff la miró.
 --Piensas a menudo en el Capitán Futuro, ¿No es así? -Preguntó con picardía.
 Joan se enderezó.
 --Pues si.
 --Bueno, qué diablos, yo también, -sonrió el viejo zorro interplanetario.
 Por fín llegaron al edificio de hormigón de dos plantas, que servía de Cuartel general de la división de la Policía Planetaria. Ezra Gurney comenzó a repartir órdenes a los uniformados oficiales.
 --Quiero saber si Victor Krim ha regresado a Caronte, -ladró el viejo Sheriff-, y, si no lo ha hecho, quiero que le traigáis aquí. ¡Andando!
 Cuando los policías hubieron salido, el viejo Sheriff se sentó con un suspiro.
 --Ya no soy tan joven como antes, -se quejó-. Me canso con más facilidad. Hubo un tiempo, hace cuarenta años, en que fui joven, en que las fronteras interplanetarias eran nuevas, y en que nada podía cansarme. Ahora no soy más que un pobre y débil viejo, listo para jubilarse.
 Joan Randall olvidó su ansiedad unos instantes, para reirse de él.
 --Lo que tu buscas es compasión, -le acusó-. Dentro de veinte años seguirás defendiendo la ley en algún poblacho planetario, y seguirás disfrutándolo.
 --Eres una mujer dura y sin sentimientos, -gruñó Ezra-. Y no muestras el respeto debido a tus mayores.
 Cuarto de hora después, la telepantalla del despacho zumbó repentinamente.
 --Uno de los muchachos puede haber localizado a Krim, -dijo Ezra esperanzado, encendiendo veloz el aparato.
 Pero la telepantalla mostró el estudioso y serio rostro de Cole Romer, que ahora parecía visiblemente excitado.
 --¡Sheriff, he descubierto donde está Victor Krim! -Exclamó el planetógrafo-. No se lo va a creer, pero...
 Un destello de fuego cruzó la pantalla, y luego todo se volvió negro. La conexión se había roto.
 Ezra se puso en pie de un salto con una rapidez que contradecía todas sus recientes quejas sobre su edad. Sus ojos azul pálido estaban muy abiertos.
 --¡Algo le ha pasado a Romer! -Exclamó.
 --¿Has visto ese destello? ¡Parecía el brillo de un arma atómica!
 El viejo Sheriff saltó hacia la puerta.
 --Quédate aquí, Joan. Voy a salir y a organizar una batida. Antes de nada, apostaré guardias en las puertas de la ciudad, para que Krim no pueda salir de Tartarus si es que aún está aquí.
 Tras quedarse sola en la oficina, Joan recordó una cosa de repente. Cole Romer, respondiendo a una pregunta de Curt Newton, había dicho que, si Victor Krim seguía en la ciudad, debía hallarse en el Centro de Cazadores de Pieles.
 Entonces, allí debía ser donde Romer había acudido para buscar a Krim. Estaba segura de ello. Y debía ser allí donde, en plena búsqueda, Romer se había topado con el desastre. Joan no gastó más tiempo en especulaciones. Ahora, el tiempo era lo más importante. Buscaría por su cuenta en aquella parte de la ciudad.
 Salió rápidamente del edificio de la Policía Planetaria y cruzó las calles y los parques hacia la parte oeste de la ciudad. Allí se encontraba el ruidoso y llamativo barrio que, según le había dicho Curt Newton, albergaba el Centro de Cazadores.
 Le preguntó a un Terrícola que cruzaba la calle.
 --¿Voy bien para ir a la Calle de los Cazadores? -Preguntó.
 El hombre la observó.
 --En efecto. Pero es un vecindario un poco rudo para una joven como usted, señorita.
 Joan corrió sin pararse a pensar. Frente a ella, un débil rugido comenzó a llgar hasta sus oidos. Pasó junto a oscuros almacenes de pieles y minerales, y se topó de repente con la deslumbrante Calle de los Cazadores.
 Se trataba de un lugar caótico. El resto de la ciudad, o incluso el resto de todo el Sistema, podían estar obsesionados por la colosal catástrofe que se les venía encima, pero las estrellas oscuras y los avisos de desastre no significaban demasiado para los salvajes cazadores que hacían de aquel lugar su santuario, gastando allí el dinero que les había costado ganar tras semanas de sacrificios y privaciones.
 La calle estaba densamente poblada por tiendas de licores brillantemente iluminadas, y por las tabernas y garitos de juego que eran típicos de todas las ciudades fronterizas. Dos cazadores, uno de ellos un Terrícola alto, con barba, y el otro un Marciano de piel cobriza y rostro solemne, se detuvieron frente a Joan. Ambos emanaban la fuerte fragancia de algún potente licor planetario.
 --Eres la chica más guapa que haya visto jamás en la Calle de los Cazadores, -declaró el Terrícola-. ¿Quieres ir a bailar?
 --No, no, -dijo Joan rápidamente-. Estoy buscando a alguien.
 El Terrícola, medio borracho, se la quedó mirando. Entonces se quitó su gorro de piel con gesto apresurado.
 --Lo lamento, señorita... no sabía que hablaba con una dama de calidad, -se disculpó-. No se ven muchas por aquí... y, si me permite decírselo, este no es un buen lugar para rondar por él.
 --Estoy buscando a Victor Krim, el magnate de las pieles, -dijo ella con tono urgente-, ¿Pertenecéis a su grupo de cazadores?
 --¿Que si cazamos para Victor Krim? -Repitió el Terrícola-.¡No, señorita! ¡Puede que yo esté un poco loco, pero no tanto como para apuntarme a cazar en esa luna del demonio de Krim!
 --Ni yo tampoco, -declaró el Marciano-. Ya es lo bastante malo aquí, en Plutón, con los osos del hielo, los felinos del hielo y los Biburs, pero Caronte... con esos infernales korlats que hay en Caronte... que matan a los cazadores antes de que éstos puedan vverlos...
 --¿Hay por aquí alguno de los cazadores de Krim? -Preguntó Joan, mirando ansiosa la atestada calle.
 El Terrícola barbado negó con la cabeza.
 --Los hombres de Krim nunca bajan a Plutón, excepto los pocos que le acompañan cuando viene a vender sus cargamentos de pieles. De hecho, al resto de nosotros nos intriga qué tipo de hombres pueden ser esos, que están lo bastante locos como para quedarse allí, en Caronte.
 Joan notó cómo una mano agarraba su muñeca. Se dio la vuelta y emitió un gritito de sorpresa al ver que, el que la asía de la muñeca, era un nativo Plutoniano de ojos fosforescentes.
 --¡Deja en paz a la dama, simio, o te voy a hacer atravesar de un trompazo las paredes de Tartarus! -Amenazó el Terrícola.
 --¡Esta Terrícola me conoce! -Exclamó el Plutoniano hablando en el idioma de la Tierra. Se dirigió a Joan, ansioso-, ¿No me recuerda...? Soy Tharb, el guía... Llevé al hombre pelirrojo a ver a mi abuelo.
 --¡Claro que te recuerdo! -Exclamó Joan. Y, dirigiéndose a los cazadores-: No pasa nada... conozco a este Plutoniano.
 --Bueno, si necesita ayuda, denos una voz, señorita, -se jactó el cazador.
 Y, con paso grandilocuente pero algo inseguro, el cazador y su amigo Marciano se alejaron por la calle.
 Tharb el Plutoniano miró a Joan con interés.
 --¿Está aquí el Terrícola pelirrojo? -Preguntó-. Es un gran hombre... salvó la vida de Tharb cuando las Montañas Andantes casi nos matan.
 Joan percibió que el Capitán Futuro había creado en el Plutoniano la misma adoración que solía inspirar en muchos otros.
 --No está aquí, -dijo a Tharb-, pero tanto él como yo necesitamos ayuda. Quizás puedas ayudarnos, Tharb.
 --Haré lo que sea para ayudar al pelirrojo, -voceó Tharb.
 --¿Conoces a Victor Krim? -Preguntó Joan-. ¿Le has visto por aquí esta noche?
 --No he visto a Krim, -replicó Tharb-. Puede que haya regresado a Caronte. Mal lugar, Caronte... muchos korlats y otras bestias terribles.
 Joan empezó a desanimarse por completo. Pero se le ocurrió un nuevo enfoque de búsqueda.
 --¿Has visto a Cole Romer, el planetógrafo? -Preguntó-. Sé que ha encontrado a Krim esta misma noche. ¿Le conoces?
 Tharb afirmó con su extraña y peluda cabeza.
 --Tharb conoce a Romer... hace tiempo, lideró para él varias expediciones. Y he visto a Romer por aquí, hace poco.
 --¿Donde le has visto? -Preguntó Joan excitada.
 Tharb señaló calle abajo con su brazo negro y velludo.
 --Se dirigía a la puerta de un viejo almacén, en la calle de al lado.
 --Llévame allí, -rogó al momento la joven, y Tharb la guió al instante.
 Muchos de los parroquianos se fijaron, al pasar, en la hermosa Terrícola, acompañada por un velludo Plutoniano.
 Joan se sintió algo más animada. Sabía, por la transmisión interrumpida, que Cole Romer había encontrado a Krim. Si pudiera seguir el rastro del planetógrafo...
 --¿Volverá a necesitar el pelirrojo que Tharb le guíe otra vez? -Preguntó esperanzado el Plutoniano.
 --Puede que sí. -Respondió Joan.
 --Iría a cualquier parte con él, -declaró Tharb-. Me cae muy bien... a toda mi gente le cae bien. -Tharb señaló entonces un edificio alto, de cemento oscuro-. Vi a Cole Romer caminando hacia la puerta de ese lugar, -aseguró.
 Joan miró el lugar llena de dudas. No parecía haber signos de vida y no había señales junto a la puerta.
 Pero, pocas puertas más abajo, había un letrero que rezaba: "Compañía Caronte de pieles... Victor Krim, Presidente".
 --Voy a echar un vistazo ahí dentro, -dijo ella, avanzando hacia la puerta del oscuro y silencioso almacén. Tharb la siguió asombrado. La joven tanteó la puerta... para su sorpresa, estaba abierta. El Plutoniano y ella penetraron en el interior. Estaba oscuro y olía mal.
 Joan enfocó el delgado haz de su anillo-linterna. Mostraba una gran sala de cemento, totalmente vacía, a excepción de algunas pilas de viejas pieles de bibur. No había signos de que la hubieran ocupado recientemente.
 --Me temo que te equivocabas, Tharb, cuando... -empezó a decir. El Plutoniano la interrumpió de repente.
 --¡Escuche! ¡Ahí dentro hay algo vivo! -Exclamó.
 Entonces, Joan lo oyó. Un sonido extraño, deslizante, vagamente familiar, y que le heló la sangre. Retrocedió un par de pasos, y entonces emitió un grito de terror. Algo frío, similar a una serpiente, acababa de enrroscarse en sus miembros. En ese mismo momento, Tharb gritó.
 Freneticamente, Joan enfocó hacia abajo su linterna. Una docena de rosadas formas se dirigía hacia ella desde uno de los montones de pieles. Dos de ellas ya se habían enrrosacado en sus piernas, y el resto saltaban hacia la parte superior de su cuerpo.
 --¡Serpientes-soga! -Gritó-. Los hombres del Doctor Zarro están aquí... ¡Vete, Tharb!
 El Plutoniano, rompiendo algunas de las ataduras vivientes que le apresaban, corrió hacia la puerta.
 Un estallido de fuego atómico iluminó el almacén desde detrás del montón de pieles, impactando en la espalda de Tharb. El Plutoniano se desplomó, con un gran agujero ardiendo entre sus hombros peludos.
 Un grupo de hombres apareció, a la carrera, desde detrás de las pieles. Se trataba de Terrícolas, que llevaban el uniforme negro de la Legión del Destino. El enano de rostro chato, Roj, y el gigantesco Kallak iban a la cabeza. Joan les reconoció mientras caía al suelo, completamente indefensa por las serpientes soga.
 --¡Rápido, llévala abajo! -Espetó Roj al estúpido gigante-. El Plutoniano está fiambre.
 --Le has matado... ¡Es el segundo que matas! -Acusó uno de los hombres de la Legión-. ¡No tenía que haber muertes, Roj!
 --¡Tuve que hacerlo... se habría escapado, y habría dado la alarma! -Se justificó el enano con una sonrisa cruel-. Vamos... bajemos con ella.
 Joan, medio aturdida por su súbita e inesperada captura, sintió cómo la arrastraban más allá de los montones de pieles, hasta una trampilla escondida.
 En una esquina, vislumbró un cadáver humano, convertido en una masa horrible, casi irreconocible, por el efecto de un arma atómica. Al recordar la transmisión interrumpida de Cole Romer, se estremeció.
 Bajo la trampilla oculta había una sala iluminada, excavada en la roca viva. Los ojos de Joan se posaron en una figura alta y desgarbada, ataviada de negro, con un voluminoso cráneo calvo y unos ardientes ojos negros... el Doctor Zarro.
 Sobre una mesa, junto al archicriminal, yacía el tanque de suero que albergaba al Cerebro. Joan fue depositada en el suelo, cerca de él.
 --¡Es esa agente de la Policía! -Exclamó Roj, dirigiéndose al profeta oscuro-. Ella, y un Plutoniano, estaban curioseando ahí arriba.
 Joan, sujeta por las repulsivas cuerdas vivientes, gritó, hablando al Cerebro, mientras Roj informaba a su amo.
 --Simon, ¿Cuanto tiempo llevas aquí? -exclamó.
 --Desde que el Doctor Zarro y sus hombres me secuestraron en el observatorio, -respondió el Cerebro-. Me trajeron hasta aquí por un túnel que hay bajo las paredes de la cúpula de la ciudad. Los Legionarios me han retenido aquí, mientras el Doctor Zarro se marchaba por un tiempo... el Doctor acaba de regresar hace tan sólo un momento.
 --Cole Romer debe haberle seguido la pista hasta este lugar, -exclamó ella. Le contó entonces la llamada interrumpida del planetógrafo-. Y, arriba, hay un cadáver horriblemente desfigurado...
 --Entonces, debe de tratarse de Romer, -carraspeó el Cerebro-. Escuché las voces de Romer y Victor Krim gritando en la sala de arriba, y luego el sonido de disparos de armas atómicas, justo antes de que el Doctor Zarro regresara aquí abajo.
 --¡Debió ser entonces cuando mataron a Romer! -Exclamó Joan-. En su llamada, dijo que había encontrado a Victor Krim... luego, hubo un destello de armas atómicas y la transmisión se cortó.
 Joan narró al Cerebro cómo habían intentado asesinar al Capitán Futuro, atacando y derribando su nave cohete.
 --Ya entiendo, -carraspeó Simon-. Este es el escondite secreto del Doctor Zarro en Tartarus. Envió a Roj y a Kallak en un crucero para que emboscaran la nave de Curt. Mientras, el Doctor en persona, y algunos de sus Legionarios, salieron por el túnel secreto para atacar el observatorio.
 Mientras Joan y el Cerebro hablaban, uno de los Legionarios se quejaba en voz alta, dirigiéndose al Doctor Zarro.
 --Roj ha matado al Plutoniano, -acusó el Legionario-. Usted dijo que no habría muertes, pero ya han matado a dos personas.
 --Tuve que hacerlo, -musitó el enano con tono venenoso.
 --No habrá más muertes de esa clase, -aseguró el Doctor Zarro a los Legionarios, en tono apaciguador. Luego, el oscuro líder prosiguió rápidamente-. Ha llegado la hora de que salgamos de aquí, antes de que otros puedan descubrirnos. No hay razón para quedarse por más tiempo. Id al túnel, y comprobad si el camino hasta la nave está despejado.
 Cuando se hubieron ido, el Doctor Zarro se volvió hacia Roj y Kallak con un aire de furia contenida.
 --¿Por qué matásteis a ese Plutoniano? -Preguntó rudamente al enano-. Ya conoces mis órdenes.
 --Estaba a punto de escapar... tenía que detenerle, -se justificó Roj.
 --¡Eres un metepatas! -Estalló el Doctor-. Fallaste en el secuestro de Kansu Kane y Gatola, permitiendo que el Capitán Futuro los salvara. Cuando te envié a ti y a Kallak en la nave, para matar al Capitán sin que lo supiera la Legión, también lo estropeaste.
 --Estaba seguro de haberlo logrado, cuando vi que la nave del Capitán Futuro se estrellaba frente a las Montañas Andantes, -se defendió el enano-. ¿Cómo iba yo a saber que ese diablo pelirrojo escaparía?
 --¡Tenías que haberte asegurado! Ahora salgamos de aquí, y volvamos al Cuartel General. Es hora de hacer la última transmisión... la que ultimará todo el asunto.
 El chato rostro de Roj se iluminó con diabólica ansiedad.
 --¿Vas a hacer la última transmisión? ¡Entonces, en menos de dos días, serás el amo de todo el Sistema! Tienes a la gente de los nueve planetas gritando por ti.
 --No sólo gritarán... ¡Cuando vuelvan a oirme, obligarán al Gobierno del Sistema a traspasarme toda su autoridad!
 Un Legionario regresó del túnel a la carrera.
 --El camino hasta la nave está despejado, -informó.
 --Vamos, entonces, -espetó el Doctor Zarro-. Kallak, tu cargarás con la chica, y tu, Roj, llevarás al Cerebro. Tenemos que regresar a la luna al momento.
 --¿La luna? -Susurró Joan al Cerebro-. Entonces, su base está en una de las lunas. Y debe de ser...
 De repente, fue alzada en vilo por el gigantesco y bovino Kallak. Roj agarró el asa del tanque de suero del Cerebro. Siguieron a la alta y desgarbada figura del Doctor por el túnel en la roca, mientras el Legionario iluminaba el camino con una pequeña linterna atómica.
 El túnel era tan bajo y estrecho, que Kallak hubo de bajar la cabeza. Había sido excavado en la roca sólida que había bajo la ciudad mediante disparos atómicos, aparentemente hacía mucho tiempo.
 --En caso de que le interese el asunto, mi querido Cerebro, este túnel secreto lo excavaron los contrabandistas de pieles, hace ya muchos años, -decía Roj con sorna-. El Doctor lo descubrió, y mantuvo silencio sobre su existencia. Nos hace un buen servicio.
 El túnel terminaba en unas escaleras, que ascendían hacia arriba. Emergieron al armago frío de la noche, en la llanura rocosa que se hallaba más allá de la abovedada Tartarus. La tormenta había terminado. Las estrellas brillaban con fuerza.
 Un crucero oscuro con el círculo negro de la Legión del Destino les espera allí. El Cerebro y la joven maniatada fueron llevados al interior de la nave, y depositados en una esquina de la cabina principal. Un momento después, la portilla se cerró, y notaron cómo el crucero se elevaba hacia el cielo con un rugir de turbinas.
 
 

CAPITULO XIV
La Pista del Cobalto




 Cuando Curt escuchó el grito de "Muerte al Capitán Futuro", se dio cuenta al instante de que no era una mera casualidad lo que había provocado el motín en ese preciso momento. Alguien había soltado a los convictos... y ese alguien les había revelado que él estaba en aquellas oficinas.
 --¡Rundall Lane! -murmuró.
 Se lanzó hacia la puerta y echó el cerrojo, haciendo que las pesadas barras metálicas se introdujeran en las ranuras. Acababa de hacerlo cuando la turba de prisioneros alcanzó la puerta, y comenzó a golpearla furiosamente.
 --¡Será mejor que salgas, y te tomes tu medicina, Capitán Futuro! -Aulló la ronca voz de su líder.
 Curt extrajo su telepantalla de bolsillo y apretó el botón de llamada. Otho y Grag podrían estar allí, con el Cometa, en cuestión de minutos, y dispersarían a esa chusma con las armas de protones de la nave.
 Pero no hubo respuesta alguna a su llamada. Fue entonces cuando se percató de que era inútil. Todas las prisiones se construían con una capa a prueba de rayos en el interior de sus paredes. No podía llamar a Grag y Otho.
 Con frialdad, el aventurero pelirrojo consideró las posibilidades que tenía para escapar de aquella trampa letal, sin prestar la menor atención a la masa sedienta de sangre que amartillaba la puerta.
 Curt pensó en usar su dispositivo de invisibilidad, pero lo descartó. Invisible o no, no iba a poder pasar a través de aquella sólida muralla viviente y asesina sin ser descubierto. Empezó entonces a escuchar cómo disparaban a la puerta con sus armas atómicas. Lograrían entrar en pocos minutos. Tenía que actuar rápidamente. Pero ¿Cómo?
 Sus inquisitiva mirada se paseó por el interior de las tres estancias que constituían la oficina del alcaide, iluminándose al contemplar una puerta de metal, baja y compacta. Sobre ella, un cartel rezaba "Arsenal." Una medida desesperada se formó en el bullente cerebro del Capitán Futuro. En aquel arsenal de la prisión podía haber almacenadas numerosos cartuchos para armas atómicas, así como las propias armas, e incluso alguna bomba atómica. Si pudiera hacerse con ellas...
 Saltó hacia la portilla. Evidentemente, estaba cerrada. Y estaba fabricada de un impenetrable metal "inerte" que podía resistir casi cualquier explosión.
 Curt examinó la cerradura. Se trataba de una "cerradura de permutación"... especialmente diseñada por los matemáticos para evitar ser forzada. Contaba con veinte pequeños botones, agurpados en cuatro grupos de colores. Había que presionar cierto número, y con ciertos colores, para que la cerradura se abriese. Había millones de posibles permutaciones, y sólo una era la correcta. Pero el Capitán Futuro no se desesperó. Había profundizado en la ciencia matemática mucho más que cualquiera de los científicos que habían confeccionado esa cerradura. Si pudiera disponer del tiempo suficiente para recopilar los datos necesarios, sería capaz de resolver la combinación secreta.
 Extrajo de su cinturón una delgada pieza de metal, que no era sino una afilada hoja de acerita. Doblándola por la mitad, la destensó sobre la superficie de la cerradura. Actuó como un improvisado diapasón, enviando débiles ondas sonoras a la cerradura, que posteriormente eran reflejadas de vuelta.
 Curt escuchó con atención, ignorando a propósito los distantes rugidos de la horda sedienta de sangre que aullaba en el exterior. Distinguió algunos de los matices que esperaba. Luego, dirigió su diapasón a otra parte de la cerradura, volvió a emplearlo, escuchó, y anotó mentalmente el resultado.
 En un instante se había hecho un diagrama mental de la distribución de parte de la intrincada cerradura. Debía descubrir el resto de su secreto mediante una extrapolación matemática de los escasos datos de los que disponía. Era un problema que habría desafiado al más brillante de los matemáticos. ¿Sería capaz de resolverlo a tiempo?
 En el exterior, rugientes armas atómicas estaban reduciendo a escombros la puerta de acceso. En un instante se habría desmoronado. Y aún así, el Capitán Futuro, seguía agachado junto a la portilla, calculando con fría precisión.
 La puerta de la oficina cedió en parte. Se escuchó un rugido de entusiasmo procedente del líder de los convictos amotinados.
 --Todos a la vez, muchachos... echadla abajo.
 Curt se puso en pie de un salto, con sus ojos grises brillando de triunfo. Al fín había descubierto la combinación numérica que buscaba. Apretó rápidamente los venite botones, en una complicada sucesión. Aguardó, con una fé absoluta en el resultado. Un segundo después, la cerradura se abrió.
 Accedió entonces al arsenal. Una escalerilla de hormigón descendía hasta una cámara subterránea en la que había almacenados numerosos cartuchos de munición atómica, bombas atómicas y decenas de pistolas y fusiles.
 ¡Crash! La puerta de la oficina se vino abajo. Y los rabiosos convictos, liderados por un Terrícola de rostro grasoso, irrumpieron en ella.
 Se detuvieron de repente, momentáneamente extrañados ante la inesperada visión que contemplaban sus ojos. La imponente figura del Capitán Futuro se alzaba majestuosa, frente a la abierta portilla del arsenal, mientras les miraba con una sonrisa fría e irónica.
 Empuñaba su pistola de protones, pero no la apuntaba hacia ellos, sino escaleras abajo, al interior del arsenal. El Terrícola obeso que lideraba a los convistos emitió un grito ronco y exultante.
 --Ahí le tenéis, chicos... ¡Ese es el Capitán Futuro! ¡Y no va a matarle nadie excepto yo mismo! ¡Ya me habéis oído!
 --¡Adelante, Lucas! -Voceó la brutal chusma que le acompañaba-. ¡Dispárale!
 El Terrícola gordo avanzó un paso. Llevaba el arma atómica a punto. Aún así, Curt no movió su propia pistola.
 --¿Te acuerdas de mi, Capitán Futuro? -Siseó el obeso convicto.
 --Claro que te recuerdo. -La voz de Curt Newton era tan fría como los vientos de Plutón-. Eres Lucas Brewer, que estuvo mezclado en el caso del Emperador del Espacio, en Júpiter. Te sentenciaron aquí por proporcionarle armas atómicas a los Jovianos.
 --¡Fuiste tu el que me envió aquí, Capitán Futuro! -Siseó Brewer-. ¿Tienes algo que decir antes de que te mate?
 La voz de Curt restalló como un látigo al contestar.
 --Tengo mi pistola apuntando hacia el arsenal. Si disparo, alcanzaré una tonelada de cartuchos y bombas atómicas que hay almacenados allí abajo. ¡Volaré este edificio, y con él toda la Prisión Interplanetaria de Cerberus!
 Brewer y los demás convictos, miraron más allá del Capitán Futuro, descubrieron la portilla del arsenal, y tragaron saliva.
 --Así moriremos todos juntos, -se burló Curt-. ¿Qué dices a eso, Brewer?
 --¡No serás capaz de hacerlo! -Balbuceó el obeso criminal.
 --Claro que si, y tu lo sabes, -espetó Curt-. Haría cualquier cosa para evitar que un puñado de perros rabiosos como vosotros volváis a quedar sueltos en el Sistema. A menos que arrojéis las armas en diez segundos, haré ese disparo.
 Reinó el silencio... un silencio gélido y lleno de tensión. Los fríos ojos grises del Capitán Futuro se enfrentaron con las aturdidas miradas de los convictos.
 Fue una pruba de agallas y voluntad. Y Curt ganó. Pues todos sabían, al igual que lo sabían en todo el Sistema, que el Capitán Futuro jamás rompía su palabra. Había dicho que dispararía, y todos sabían que lo haría.
 Las armas de los amotinados cayeron al suelo. La figura de Curt pareció relajarse un poco. Era consciente de que estaba adoptando medidas desesperadas, pero estaba resuelto a no dejar escapar a aquellos enemigos de la sociedad.
 --¡Llamad a los guardas! -Ordenó-. ¡Gritadles que os rendís!
 Los adocenados prisioneros no prestaron resistencia, mientras los guardias les conducían de vuelta al bloque de celdas. Sólo entonces, Curt Newton se permitió relajarse.
 --Han sido los diez minutos más largos de mi vida, -se murmuró a si mismo. Entonces, su bronceado rostro se endureció-. Ahora, vamos a por el Sr. Lane.
 Salió en su busca, y halló a Rundall Lane agazapado en un pasillo a oscuras, en uno de los corredores del bloque de celdas principal.
 --Sal de ahí, Lane, -dijo con dureza el Capitán Futuro-. Tu pequeño ardid para detenerme, dejando escapar a los prisioneros, ha fracasado.
 Lane comenzó a balbucear protestas de inocencia, pero Curt le cortó.
 --Quedas relevado de tu puesto actual... llamaré a la policía Planetaria para que envíen un alcaide temporal. A menos que quieras pasar aquí una larga temporada como preso, será mejor que hables y que digas la verdad.
 Rundall Lane tenía los nervios deshechos.
 --¿Qué... qué quieres saber?
 --Quiero saber qué ocurrió de verdad con todos esos prisioneros que, según tu, escaparon, -espetó Curt.
 --Yo les solté, -confesó Lane-. Lo hice por la noche, en secreto... había una nave esperándoles, para llevarles a Caronte.
 --¿A Caronte? ¿Con Victor Krim? -Presionó Curt.
 Lane asintió tembloroso.
 --Si. Krim y yo teníamos un arreglo. Verás, Krim necesitaba cazadores, pero no podía conseguir hombres porque Caronte es tan peligroso que ningún cazador ordinario firmaría para ir allá. De modo que Krim se ofreció a pagarme una gran suma de dinero si yo le cedía cierta cantidad de prisioneros, que preferirían cazar para él antes de permanecer aquí, confinados.
 "No parecía haber peligro alguno de que nos descubrieran, -añadió Lane-, ya que ninguno de esos hombres se atreverían a abandonar Caronte o a dejarse ver por Tartarus o donde fuera, ya que podrían ser apresados. Tendrían que quedarse en Caronte, y cazar para Krim, y él ni siquiera estaría obligado a pagarles por ello.
 El Capitán Futuro permaneció unos instantes sumido en sus pensamientos. De modo que era así como habían escapado Roj, Kallak y los demás prisioneros.
 Llamó de nuevo a los guardas, que ya habían puesto a buen recaudo a los prisioneros, y se dirigió con seriedad a su oficial jefe.
 --Mantengan bajo arresto a Rundall Lane... usted se quedará a cargo de todo hasta que el Gobierno les envíe un nuevo alcaide, -le ordenó. Luego, dirigiéndose a todos los guardas, Curt preguntó-: Ustedes conocen Cerberus bastante bien. ¿Alguna vez se han encontrado con una extraña raza cubierta de vello blanco que vive aquí en secreto?
 Describió entonces a los Hechiceros, pero los guardas negaron asombrados con la cabeza. Ninguno parecía haber oido hablar sobre ellos.
 --Aquí no hay ninguna raza como esa, señor, -corearon.
 Curt aceptó con reservas su afirmación. Tenía pensado asegurarse por su cuenta... ¡Con la pista del cobalto!

 Se apresuró a salir de nuevo a la gélida noche del exterior, y caminó con presteza por la llanura rocosa hacia el distante Cometa. Cuando Grag y Otho hubieron escuchado su ordalía, los ojos verdes del androide ardieron de furia, y el gran robot entrechocó sus puños de metal.
 --¡Debería ir allí y matar a ese Lane por intentar hacerte daño, Jefe!
 --No hay tiempo para eso, Grag, -dijo el aventurero pelirrojo-. Otho, ¿Llegaste a capturar a uno de esos lagartos lunares?
 --Lo hice, y fue un trabajo de mil demonios, -declaró Otho disgustado-. Y pensar que yo estaba cazando lagartos mientras tu estabas allí dentro, pasando apuros...
 --¿Por qué te interesa tener un lagarto, Jefe? -Preguntó Grag extrañado.
 El Capitán Futuro había colocado al nervioso animalillo bajo un instrumento espectroscópico de rayos X, que él mismo había inventado.
 --Quiero descubrir si posee en sus huesos un alto contenido de cobalto, -respondió, inclinándose sobre la mirilla.
 --¡La pista del cobalto... ya entiendo, Jefe! -Exclamó Otho-. Si los Hechiceros tienen tanto cobalto en sus esqueletos, todas las formas de vida del mundo que habiten también deberían tener mucho cobalto en sus huesos!
 --Si, pero este lagarto no tiene nada, -dijo Curt frunciendo el ceño, mientras se erguía, tras el exámen-. Eso significa que los guardias decían la verdad... ¡En Cerberus no hay ninguna raza parecida a los Hechiceros!
 El androide estaba perplejo.
 --Pero Rundall Lane es el Doctor Zarro, ¿No es así? ¿Acaso no lo prueba ese nitrato que encontramos junto a la prisión?
 Curt negó con la cabeza.
 --Lo que prueba es que Lane no es el Doctor Zarro. Lo había supuesto antes de que viniéramos aquí.
 --¡No lo entiendo! -Exclamó Otho.
 --Esos restos de tierra en el Observatorio fueron dejados a propósito por el Doctor Zarro, para engañarnos, haciéndonos creer que había venido de Cerberus, -explicó Curt-. Recordad que el Doctor Zarro llevaba puesto un traje espacial cuando entró en el Observatorio, para que le protegiera del gas paralizante. Fue la suela de ese traje espacial la que dejó ese rastro de tierra. Pero ¿Como es posible que el rastro de tierra llegara a parar a dicha suela? Es imposible que llevara puesto el traje espacial aquí, en Cerberus, ya que esta luna tiene atmósfera.
 --¡Claro, ahora veo que era un timo! -Exclamó Otho-. ¡Pero si la pista del cobalto demuestra que los Hechiceros no viven en Cerberus, entonces su hogar debe estar en Caronte!
 --Eso parece, -replicó Curt.
 --¡Y si Lane entregó a Roj y a Kallak a Victor Krim, entonces es que Krim es el Doctor Zarro! -Continuó el androide.
 --Volvemos ahora mismo a Plutón, -ordenó el Capitán Futuro-. A estas alturas, Gurney y Joan pueden haber encontrado ya a Krim por allí.

 Tan sólo una hora después, el centelleante Cometa descendía por la fría atmósfera de Plutón, y aterrizaba en un gris atardecer junto a la abovedada ciudad de Tartarus. La tormenta se había despejado.
 Curt se encaminó primero al observatorio.
 --Quiero ver a Kansu Kane un momento, antes de ir a la ciudad, -dijo a sus amigos.
 Kansu Kane se reunió con ellos a toda prisa.
 --¿Ha comprobado las posiciones de las estrellas fijas alrededor de la estrella oscura, tal como le pedí? -Preguntó Curt al pequeño Venusiano.
 La respuesta del astrónomo fue asombrosa.
 --Si, lo hice. ¡Ninguna de esas estrellas han sufrido el menor desplazamiento!
 --¡No se han movido! -El bronceado rostro de Curt adoptó una expresión extraña-. Entonces, eso prueba una cosa sobre esta cuestión, y más allá de cualquier duda.
 --¿Que es lo que prueba, Jefe? -Preguntó Grag intrigado.
 --Algo tremendamente importante, -espetó Curt, y condujo al exterior a los dos Hombres del Futuro.

 Ya en la ciudad de Tartarus city, se apresuró a ir, junto a sus camaradas, al edificio de la Policía Planetaria.
 Ezra Gurney se puso en pie de un salto nada más entrar Curt. El ajado rostro del viejo Sheriff estaba marcado por la preocupación.
 --¿Has localizado ya a Victor Krim? -Le soltó Curt a bocajarro.
 --Mis hombres han peinado toda la ciudad y no han dado con él... debe haber regresado a Caronte, -declaró Ezra-. Y, Capitán Futuro, Joan ha desaparecido... Creo que salió a buscar a Krim. Y Cole Romer ha sido capturado, y, probablemente asesinado.
 --¿Romer asesinado? -los ojos de Curt lanzaron destellos-. ¿Cómo ha ocurrido?
 Ezra Gurney se lo explicó. Estaba terminando su narración cuando varios policías planetarios, muy excitados, entraron en la sala, llevando a cuestas el cuerpo de un peludo Plutoniano, en cuya espalda había una gran quemadura.
 --¡Hemos encontrado a este Plutoniano arrastrándose calle abajo por la Calle de los Cazadores! -Exclamó un oficial-. Es Tharb, uno de nuestros guías.
 --¿Tharb? -El Capitán Futuro saltó al lado del Plutoniano. Era evidente que el peludo individuo se estaba muriendo. Aún así, al sonido de la voz de Curt, abrió sus ojos fosforescentes, casi extinguidos ya.
 --¿Quién te ha hecho esto, Tharb? -Exclamó Curt, con una ira salvaje en su voz.
 --Los hombres del... Doctor Zarro. -Susurró el Plutoniano-. Capturaron... a la chica terrícola y me dispararon... en el almacén. Me dieron... por muerto... pero me arrastré a la calle...
 --¡Entonces, el Doctor Zarro tiene a Joan, así como al Cerebro! -Exclamó Ezra-. ¡Vamos a registrar todos los almacenes!
 --¡Cuida de Tharb, Grag! -Ordenó Curt al robot mientras seguía al viejo Sheriff a un coche cohete que esperaba en exterior.
 El vehículo voló por el gris amanecer que cubría las calles, casi desiertas a aquellas horas. El coche de policía se detuvo en frente del almacén, cerca del cual habían encontrado a Tharb.
 --La empresa de Victor Krim alquiló este viejo local no hace mucho tiempo, señor, -informó el oficial.
 Se apresuraron a entrar. Al momento, descubrieron en una esquina, tendida en el suelo, una masa chamuscada que una vez fue un hombre vivo.
 Curt inspeccionó detenidamente el cadáver, horriblemente carbonizado. Buscaba algo en particular, pero no fue capaz de encontrarlo.
 --¡Esto es todo lo que queda de Cole Romer! -Murmuró Ezra-. Pobre diablo... buscaba a Krim, y ya lo creo que le encontró.
 El Capitán Futuro entrecerró los ojos, y al instante descubrió la trampilla. En un momento había descendido por ella, hasta la sala excavada en la roca.
 Cuando volvió a subir, su bronceado rostro estaba muy serio.
 --Hay un túnel que lleva hasta el exterior de la ciudad. Pero ahora está desierto.
 --¡Entonces el Doctor Zarro se ha llevado a su base a Joan y al Cerebro! -Gritó Ezra-. Y si Krim es el Doctor, entonces habrá ido a Caronte...
 Se apresuraron en regresar al edificio de la Policía. Grag seguía allí, inclinado sobre Tharb. El robot dijo solemnemente:
 --Se está muriendo.
 Los grotescos ojos de Tharb, ahora casi apagados, se fijaron en el rostro del Capitán Futuro.
 --Me... caías bien... Terrícola, -susurró el Plutoniano.
 Entonces, sus ojos se nublaron, mientras la muerte relajaba todo su cuerpo. El Capitán Futuro sintió una profunda emoción al verle expirar.
 Se volvió entonces a Ezra Gurney.
 --¿Donde puedo documentarme a fondo sobre las lunas?
 --En la oficina de Información de Plutón, supongo, -respondió Ezra-. Claro que, con Romer, el planetógrafo en jefe, desaparecido...
 Uno de los oficiales de policía, que había estado haciendo una llamada por telepantalla, emitió un grito de sorpresa.
 --Estaba llamando al Cuartel General de Elysia cuando se cortó la transmisión, -exclamó el hombre-. ¡Es otra emisión del Doctor Zarro!
 El Capitán Futuro saltó hacia la telepantalla. Una vez más, apareció en ella la espigada y oscura figura del profeta del desastre, con sus ojos vacíos y ardientes escrutando a todas las gentes del Sistema, que su poderosa emisión hacía reunirse ante sus telepantallas.
 --¡Gentes del Sistema Solar, esta es vuestra última oportunidad para salvaros! -Bramó el Doctor Zarro-. Mirad en dirección a la Via Láctea, y comprobaréis qué clase de catástrofe se cierne sobre vosotros. La fatídicas arenas del reloj del destino caen de un modo rápido e implacable... la monstruosa estrella oscura que se acercaba desde el espacio exterior, está ahora tan cercana al Sistema que requerirá un esfuerzo hercúleo, incluso para alguien de mi conocimiento y mi poder, para poder proyectar las fuerzas que la hagan apartarse de nosotros.
 "Ese catastrófico visitante aún puede ser obligado a alejarse mediante las fuerzas que puedo desencadenar, sólo si los recursos de todo el Sistema son puestos al momento a disposición mía. Pero tenemos el tiempo justo. ¡Uno o dos días más, y será demasiado tarde! ¡Ni siquiera yo podré salvar a los nueve planetas del desastre cósmico!
 "De manera que debeis actuar de inmediato, para salvar vuestras vidas. Los científicos que clamaban que no había peligro han huido del Sistema para salvar su vida. El Gobierno, que clama que no hay peligro, no está haciendo nada para prevenirlo. ¡A menos que os alcéis, y forcéis a ese Gobierno a darme la autoridad que nos salvará en esta hora fatídica, vosotros, vuestras familias, vuestra gente, y quizás todos vuestros planetas, estaréis condenados!
 
 

CAPITULO XV
La Trampa de los Monstruos




 El Doctor Zarro desapareció de la telepantalla tan repentinamente como había aparecido. Ezra Gurney no pudo evitar exclamar:
 --¡Esta vez si que la ha hecho este Doctor Gafe! ¡Esa advertencia, como guinda de todo lo que ha dicho antes, volverá locos a todos los hombres del Sistema! ¡En veinticuatro horas a partir de ahora, el Gobierno terminará cayendo!
 --¡Grag! ¡Otho! ¡Venid! -Estalló el Capitán Futuro-. Voy a la oficina de información de Plutón para conseguir los datos que busco sobre las lunas. Y luego saldremos pitando... a Caronte.
 Ya en la oficina, en diversos ficheros y archivadores, encontraron almacenada toda la información planetográfica y científica que Cole Romer y sus hombres habían ido reuniendo durante diez años de expediciones de exploración. Curt se centró en el material dedicado a Caronte, la segunda luna. Cole Romer, según mostraba el informe, había realizado, él sólo, dos viajes de exploración... y en el segundo viaje, hacía tan sólo un año, el planetógrafo había pasado tres meses explorando aquel mundo inhóspito.
 Krim había alquilado todo Caronte al Gobierno del Sistema, hacía pocos años. Había informes que mostraban cómo Krim había logrado una considerable cantidad de valiosas pieles de korlat en esos dos años, así como cierto número de korlats vivos, para los zoológicos de diversos planetas. Pero no había mucho más que pudiera ayudar a Curt.
 --¿Qué hacemos aquí, perdiendo el tiempo? -Quiso saber Otho, paseando impaciente por la oficina-. ¿Por qué no estamos ya de camino a Caronte, para apresar a Krim, si ya sabemos que es el Doctor Zarro?
 --Si, no quiero ni pensar lo que puede haberle sucedido al Cerebro, -dijo Grag, preocupado.
 Los pensamientos del Capitán Futuro reflejaban la misma ansiedad que el robot. Su preocupación sobre la seguridad de Simon Wright era tan apremiante como la de los dos hombres del Futuro.
 --Ya nos vamos, -espetó Curt. Entonces, mientras se giraba para apartar de sí los archivos, preguntó rápidamente-: ¿Qué es ese rugido?
 --Hay un gran tumulto cogregado aquí cerca, en el parque, en frente de la sede del Gobierno Colonial, -informó Otho desde la ventana.
 Curt se detuvo un instante, observando la terrible escena, mientras él y sus dos Hombres del Futuro salían del edificio. En la distancia, el parque se veía atestado de gente, que formaba una gran multitud. La mayoría eran colonos, hombres y mujeres de la Tierra, pero había varios grupos de peludos Plutonianos y otros nativos planetarios.
 El gentío avanzaba caóticamente sobre el verde cesped y la exótica vegetación interplanetaria que poblaba el parque. Su foco de atención era el gran edificio de la sede del Gobierno Colonial.
 --¡Exigimos al Gobierno del Sistema que abdique al momento, a favor del Doctor Zarro! -Gritó uno de sus cabecillas, un Terrícola grandullón.
 Un rugido de aprobación surgió de la masa de gente, un rugido en el que se notaba la marca de la histeria.
 --¡Que le den el poder al Doctor Zarro antes de que sea demasiado tarde! -Gritaban hombres y mujeres. Y otros aullaban-, ¿Donde está el Gobernador? ¡Tiene que pedirle al Presidente que le ceda el poder al Doctor!
 --La última emisión del Doctor Zarro está funcionando, -dijo Curt entre dientes-. ¡Muchedumbres como ésta deben estar alzándose en todas las ciudades del Sistema en estos momentos!
 Vió cómo Ezra Gurney y media docena de hombres de la Policía planetaria salían a toda prisa del cercano edificio de la Policía, y corrían para contener a la turba. El viejo Sheriff se subió a una plataforma y empleó su mano de hierro para aplacar al gentío.
 --No va a serviros de nada llamar a gritos al Gobernador, porque está en Elysia, a mil quinientos kilómetros de aquí, -proclamó fríamente el resabido veterano interplanetario.
 --¡Entonces instauraremos un gobierno nosotros mismos, y le cederemos la autoridad al Doctor Zarro! -Aulló el líder del gentío.
 --No, mientras yo esté aquí, -replicó Ezra, mientras sus gélidos ojos azules les escrutaban y su encallecida mano se acercaba a la cartuchera de su pistola atómica-. ¡Estáis actuando como niños, dejandoos asustar por las falsas advertencias del Doctor Zarro.
 --¡No son falsas! -Aulló el gentío-. ¡Podemos ver cómo se acerca esa estrella oscura! ¡El Doctor es el único que puede hacer que varíe de rumbo!
 Aún así, la muchedumbre no se atrevía a avanzar contra las amenazadoras armas de Ezra y sus oficiales.
 --¿Ayudamos a Ezra a disolver a esa chusma? -Siseó Otho al Capitán Futuro.
 --¡No! Tenemos trabajo que hacer, y Ezra podrá tenerles controlados durante un tiempo, -replicó Curt-. ¡Al Cometa!
 Mientras él y sus dos Hombres del Futuro atravesaban corriendo las calles de Tartarus, que habían quedado vacías por la oleada de pánico que empujaba a la población hacia el parque central, Curt miró la gran cúpula, observando el cielo grisáceo y lleno de estrellas.
 Allí, muy baja en el horizonte, brillaba la parpadeante constelación de Sagitario, y, entre sus nubes de estrellas, el pequeño círculo negro de la estrella oscura se percibía claramente mayor. Tan fatídicamente grande que hizo que Curt se preguntara si su teoría no estaría equivocada.
 --No... ¡Esa es la única respuesta al enigma! -Se dijo a si mismo fieramente-. ¡Aunque parezca una locura, la falta de desplazamiento de las estrellas que rodean al sol negro son una prueba concluyente!
 Salieron de la acogedora calidez de Tartarus, emergiendo al escalofriante frío del día Plutoniano, y corrieron hacia el Cometa.
 El pequeño Eek se despertó de la modorra en la que había caido, y, lleno de deleite, se subió de un salto a su habitual lugar de acomodo, en el hombro de Grag. Otho saltó a los controles.
 --¡Derechos a Caronte! -Ordenó el Capitán Futuro.
 --¡Ahora empieza lo bueno! -Proclamó el fiero adroide mientras accionaba los ciclotrones.
 Después de un viaje de alrededor de una hora, Caronte se perfiló con claridad en el espacio... una gran esfera gris en cuya tenue atmósfera empezó a adentrarse la pequeña nave.
 Descendieron hacia un largo valle que se encontraba en el mortecino lado iluminado de la luna. Entonces, Otho dirigió el descenso del Cometa, a una altura de unos mil metros de la superficie.
 --Es un planetoide de aspecto bastante inhóspito, desde luego, -declaró el androide.
 --Me recuerda mucho a las grandes llanuras de Saturno, -bramó Grag, mientras sus ojos foto-eléctricos observaban el paisaje-. Excepto que este sitio parece más frío.
 Aún así, allí había vida. Manadas de peludos ciervos de Caronte galopaban salvajemente mientras la nave pasaba por encima suyo. Había grandes animalesgrises, con las seis patas habituales... pues la única característica de la fauna de Caronte era que, en su mayoría, era sextúpeda. Además de los ciervos, avistaron algunas otras bestias sextúpedas, de inferior tamaño.
 --Jabalíes lunares, -musitó Otho-, aunque aún no he visto un solo korlats.
 --Dirígete al noroeste, -ordenó Curt Newton al androide-. Según los mapas que consulté en la oficina de Cole Romer, el puesto de caza de Krim está localizado a unos pocos cientos de kilómetros al sur del polo norte.
 Otho guió al Cometa en un vertiginoso vuelo a través de las tundras grisáceas de la fría y agreste luna. Más ejemplares de ciervos de Caronte, asustados por la veloz nave, salieron corriendo a su paso.
 --¡Allí hay un korlat! -Exclamó Grag. Los tres compañeros echaron un vistazo al gigantesco animal, mientras la nave pasaba de largo.
 El korlat, una bestia feroz, tan temida en el Sistema como el "cavador" Joviano o el tigre de las cavernas Uraniano, no parecía muy distinto de un oso grizzlie de la Tierra, excepto porque era mucho más grande, poseía un largo vello gris, y contaba con las seis patas características de la fauna Carontiana. Los dos miembros frontales eran usados para agarrar y despedazar. La bestia levantó su enorme cabeza y gruñó al paso del Cometa, mostrando sus grandes fauces.
 --¡No me extraña que Victor Krim haya tenido que reclutar a sus cazadores en la Prisión Interplanetaria! -Exclamó Otho-. Ningún cazador ordinario querría vérselas con bestias de este tipo.
 Poco después, Curt avistó más adelante un edificio bajo, en medio de la tundra.
 --¡Ese es el puesto de caza de Krim! Aluniza justo al lado, Otho.
 --No veo por ahí ninguna otra nave, -musitó Otho mientras maniobraba al Cometa para posarse sobre la superficie-. Aunque Krim debería estar allí, en alguna parte.
 Tras el alunizaje, Curt le dió órdenes al androide.
 --Mientras Grag y yo estamos ahí dentro, Otho, quiero que me captures un jabalí lunar, para que pueda hacerle la prueba del cobalto.
 --¡Primero me pones a atrapar lagartos, y ahora a cazar jabalíes! -Se quejó Otho en voz alta-. ¿Por qué no le dices a Grag que lo haga él?
 --El Jefe y yo tenemos tareas más importantes que desempeñar, -se regodeó el gran robot.
 Curt no pudo aguantarlo más.
 --¿Queréis dejar de una vez de haceros los importantes? Haz lo que digo, Otho, y hazlo ya.
 --Vale, -gruñó Otho-. Pero tened cuidado ahí dentro, Jefe. Recuerda que todos los cazadores de Krim son reos fugados.
 Curt y el robot caminaron a grandes zancadas hacia las puertas del puesto amurallado, con Eek agazapado en el hombro de Grag, mirando aquel nuevo paisaje con ojos brillantes y llenos de curiosidad.
 El aire era tenue y frío, pero no tan gélido como el de Plutón. Pues Caronte, al igual que las otras dos lunas, poseía una mayor cantidad de calor interior radioactivo que su planeta madre.
 La puerta de entrada al recinto estaba abierta. Curt y el robot la traspasaron, y entraron sin ceremonias en el edificio principal de hormigón, caminando hasta una gran estancia repleta de pilas de pieles.
 Media docena de hombres... un Joviano, dos Marcianos y tres Terrícolas... se pusieron en pie sorprendidos, buscando sus armas atómicas, al ver entrar al joven pelirrojo y al enorme robot de metal.
 --¡Soltad esas armas! -Espetó Curt, empuñando su propia pistola de protones-. Grag, destroza esas pistolas.
 El robot obedeció al instante, agarrando las pistolas y los pesados fusiles atómicos de caza y partiéndolos con un solo movimiento de sus manos de metal.
 --Ahora, -dijo rudamente Curt Newton-, ¿Donde está Victor Krim?
 El Joviano verde, de manos palmeadas, se quedó mirando el gran anillo "planetario" que brillaba en la mano de Curt. A continuación, el hombre miró con súbito pavor el bronceado rostro del aventurero pelirrojo.
 --¡El Capitán Futuro! -Exclamó.
 --Has acertado, -le respondió Curt, perforando con sus ojos grises el aterrado rostro verde del Joviano-. ¿Donde está Krim?
 --Está... está en la oficina, -respondió el Joviano-. Por aquí.
 El Joviano condujo a Curt y a Grag hacia una puerta. Sin llegar a abrirla, llamó con los nudillos.
 --¡Señor Krim, el Capitán Futuro ha venido a verle!
 Curt y Grag cruzaron velozmente el umbral. Cual no sería su sorpresa cuando se dieron cuenta de que no estaban en una oficina, sino en una especie de celda, de muros de hormigón, cuyo techo estaba formado por pesadas barras de metal.
 Curt se dio la vuelta al instante, pero ya era demasiado tarde. La puerta se había cerrado de un portazo detrás de él, y pudo escuchar cómo giraba la cerradura.
 --¡Una trampa, y hemos entrado en ella tan contentos! -Exclamó disgustado el Capitán Futuro-. Pero esto no va a hacerle ningún bien a estos estúpidos. Echa la puerta abajo, Grag.
 Grag depositó a un lado a su pequeña mascota lunar y presionó el hombro contra la puerta. El pequeño Eek, en el suelo, comenzó a trepar asustado por el cuerpo de su amo, con sus ojos llenos de pánico.
 --Eek percibe el peligro telepáticamente, -advirtió Curt, tensando su bronceado rostro-. Me pregunto... ¡Grag!
 El grito de aviso de Curt se produjo al comprobar cómo una sección del muro, en el otro extremo de la estancia, se abría hacia arriba repentinamente. Al otro lado de la abertura parecía haber una especie de jaula, y, saliendo de ella, dirigiéndose contra ellos, avanzaba una descomunal masa de pelo gris... un monstruo gigantesco de seis patas.
 --¡Por los diablos del espacio, un korlat! -Gritó Curt-. Así que ese es su juego...
 Se percató al instante de la naturaleza de la trampa. Aquella bestia era uno de los korlats capturados con vida por los hombres de Krim, con el propósito de ser enviados a algún zoo planetario a cambio de un precio elevado. Ahora, lo habían soltado para que los destruyera.
 La gran cabeza del korlat se alzó, mientras sus enormes ojos sin pupilas observaban al hombre y al robot. Con un escalofriante rugido que hizo temblar el edificio entero, la bestia cargó contra ellos. El arma de protones de Curt lanzó un delgado y pálido rayo de energía concentrada. Observó cómo alcanzaba el peludo costado de la descomunal bestia. Pero no fue suficiente... ningún arma conocida en el Sistema resultaba suficiente... para detener a un korlat en plena carga.
 El peludo monstruo avanzó hacia ellos con una velocidad increible. Dirigió contra Curt sus dos grandes patas delanteras, mientras sus fauces le buscaban. Su aliento era cálido y sus ojos ardían de furia.
 
 

CAPITULO XVI
Mundo de Ilusión




 El Capitán Futuro esquivó las patas del korlat con un movimiento de increible agilidad, y las garras del monstruo tan sólo llegaron a arañar la tela gris de su mono espacial. Mientras se apartaba de la bestia peluda, Curt volvió a disparar de nuevo su arma.
 Una vez más, el delgado rayo de protones se hundió en el interior del enorme corpachón, buscando alcanzar algún órgano vital. Pero el korlat, sin ninguna herida fatal, se alzó, emitiendo un furioso rugido, y saltando de nuevo contra la tensa y expectante figura del Capitán Futuro.
 ¡Entonces, Grag actuó! El gran robot saltó hacia la velluda espalda de la bestia, agarrando su cuello desde detrás, y rodeó dicho cuello, de tamaño descomunal, con sus brazos metálicos, tirando de él hacia atrás.
 La que siguió fue una escena increible. Pese al gran tamaño del robot, éste parecía pequeño en comparación con la poderosa bestia, de cuya espalda estaba agarrado. El korlat se debatió, rodó por el suelo y rugió, intentando zafarse de su atacante. Pero Grag no soltaba su presa, ejerciendo su tremenda fuerza para intentar que cediera la cabeza de la bestia.
 El Capitán Futuro no se atrevió a disparar a la debatiente pareja, por temor a alcanzar a Grag y dañar irreparablemente alguno de sus mecanismos. Eek, mientras tanto, se mantenía a un lado, mientras sus dientecillos castañeteaban de pánico. Entonces se produjo el climax de aquel combate de pesadilla. El cuerpo de metal de Grag se tensó, mientras concentraba toda su fuerza prodigiosa en un único y poderoso esfuerzo. Sus brazos se arquearon hacia atrás, tirando aún más de la cabeza del korlat. Se produjo un chasquido bastante sonoro. Entonces, la gran bestia peluda quedó lacia e inerte. Tenía el cuello roto.
 Grag aulló mientras ponía el pie sobre el cadáver de su oponente; sus ojos fotoeléctricos ardían con la emoción del combate, y emitió un atronador rugido de victoria.
 No hacía falta decir más. Pero, cuando la extraña mirada del robot se encontró con los ojos grises del Terrícola pelirrojo, se forjó un nuevo eslabón de recia cadena que unía al Capitán Futuro con los Hombres del Futuro... una cadena que había comenzado aquel lejano día, en la luna de la Tierra, cuando el pequeño Curtis Newton, apenas un bebé huérfano, había mirado con ojos confiados al robot, el androide y el Cerebro que habrían de criarle hasta alcanzar su espléndida madurez.
 Curt saltó hacia la bloqueada puerta de la trampa en la que tan imprudentemente se habían metido, y que casi había resultado ser letal.
 --Intenta abrirla, Grag, -pidió-. Utiliza tus taladros.
 El robot obedeció, extrayendo varios afilados taladros de una pequeña caja que llevaba en su torso de metal. Procedió entonces a quitarse varios de sus dedos desmontables, insertando los taladros en su lugar.
 Entonces, Grag, con sus manos convertidas en taladros, comenzó a horadar en el hormigón que rodeaba la puerta de la celda. En breves instantes, había logrado abrir un agujero lo bastante grande como para meter la mano, y abrir la puerta desde el otro lado.
 El Capitán Futuro irrumpió en la sala principal del puesto de caza de Victor Krim. La media docena de cazadores que allí había huyeron aterrados al comprobar que su trampa había fallado.
 --¡Alto! ¡Volved aquí! -Ordenó Curt, disparando su rayo por encima de sus cabezas.
 Temerosos, los hombres obedecieron. Los ojos grises del Capitán Futuro se posaron en el rostro del Joviano que les había conducido a la trampa.
 --Tuviste una buena idea para intentar matarme de un modo limpio, pero has fallado, -dijo Curt en tono amargo-. Ahora, más te vale hablar rápido. ¿Está Victor Krim en Caronte?
 --No, no está aquí, -respondió el aterrado Joviano-. Aún no ha regresado de Plutón.
 --¿Quién os ordenó que intentárais matarme? -Preguntó Curt.
 --Nadie me dio esa orden, -respondió el Joviano acobardado-. Cuando vi que eras el Capitán Futuro, pensé que habías venido a arrestarme de nuevo, a mi y a los demás cazadores.
 --¡Cállate! -Interrumpió bruscamente uno de los cazadores Marcianos-. No sabe nada sobre nosotros.
 --Por el contrario, lo sé todo sobre vosotros, -respondió Curt en tono duro-. Sois convictos escapados de la Prisión Interplanetaria... Rundall Lane, el que era su alcaide, os dejó ir, a condición de que permaneciérais aquí, como cazadores de Krim. ¿Donde están los demás que escaparon?
 Intimidado por los conocimientos del Capitán Futuro, el Joviano respondió:
 --El resto están de caza en estos momentos. Nosotros nos hemos quedado guardando el puesto.
 --Los prisioneros Roj y Kallak escaparon al mismo tiempo que vosotros y el resto de los convictos, ¿No es así? -Presionó Curt.
 --Lo hicieron, pero Roj y Kallak desaparecieron poco después de llegar a esta luna.
 --¿Cómo conseguisteis no ser reconocidos como prisioneros fugados cuando Cole Romer exploró Caronte el año pasado? -Indagó Curt.
 --Krim nos mantuvo fuera de su vista durante la semana o así que duró la visita de Romer, -replicó el criminal Joviano.
 Curt Newton consideró la información con el rostro pensativo. ¡Las piezas del rompecabezas empezaban a tomar forma!
 --Me voy de aquí, -espetó-, pero vosotros, convictos, no vais a ir muy lejos. Veo que por aquí no quedan naves, de modo que os quedaréis aquí hasta que la Policía Planetaria pueda venir para devolveros a la Prisión de Cerberus.
 Y Curt se alejó del puesto de caza, mientras Grag le seguía a grandes zancadas, con Eek subido de nuevo a su hombro. Otho les esperaba en el Cometa, y, un inconsciente jabalí lunar, aturdido por un rayo de protones, era la prueba viviente de que el androide había estado ocupado.
 --Aquí tienes al jabalí lunar que me habías pedido... ¿Qué habéis descubierto ahí fuera? -Quiso saber el hombre sintético.
 --¡Casi descubrimos qué se siente al estar muerto! -Dijo el Capitán Futuro-. Estaba tan abstraido en mis pensamientos que me he metido de narices en una trampa con la confianza de un estúpido.
 Otho lanzó varios improperios al escuchar la historia.
 --¡Y pensar que, mientras yo cazaba jabalíes lunares, vosotros os enfrentábais con un korlat!
 --Si, y Grag le mató con sus manos desnudas, -le dijo Curt. El aventurero pelirrojo sonrió a Otho-. Ningún ser humano podría haber hecho algo así. Recuerda eso la próxima vez que chinches a Grag por no ser humano.
 Entonces, en el compacto laboratorio del Cometa, Curt inició una inspección electroscópica con rayos X sobre el aturdido jabalí lunar.
 --Si los Hechiceros habitan realmente en algún punto secreto de Caronte, -murmuró mientras trabajaba-, este animal y toda la vida nativa deberían con una osamenta con gran contenido de cobalto, igual que ellos.
 --Seguro que lo tiene... no cabe duda de que los Hechiceros deben hallarse en alguna parte, aquí, en Caronte, -declaró Otho con confianza-. Por lo que sabemos, su hogar está en una de las lunas, y ya hemos descartado Cerberus.
 Se volvieron hacia los resultados de la máquina.
 Pero les esperaba una sorpresa. Cuando el Capitán Futuro concluyó su inspección de rayos X, levantó la mirada con una exclamación.
 --¡No hay ni rastro de cobalto en este animal! ¡Entonces, los Hechiceros tampoco pueden provenir de Caronte!
 Otho estaba hecho un lío.
 --¡Pero tienen que venir de aquí! Sabemos, por lo que nos dijo ese viejo Plutoniano, Kiri, que habitan en una de las Lunas. Y si esa luna no es Cerberus, pues tendrá que ser Caronte...
 Curt Newton no le escuchaba. El aparente fracaso de su pista del cobalto parecía haber detonado una bomba de conocimiento en el interior de su cerebro.
 Todo acababa de encajar. Y todo apuntaba hacia una conclusión fantástica, pero ineludible.
 --Sabemos que los Hechiceros viven en una de las lunas, -dijo lentamente-. Y la pista del cobalto ha demostrado que no viven ni en Cerberus ni en Caronte. Pero Plutón posee tres lunas.
 --No estarás refiriéndote a Styx... -balbuceó Otho-. Pero si no se puede vivir en Styx... ¡Nadie podría! Está completamente cubierta de agua.
 --De todos modos, haced despegar el Cometa y pongamos rumbo a Styx, -ordenó Curt.
 --Pero es una locura... -empezó a decir Otho para seguir protestando, pero Grag le interrumpió con una orden cortante.
 --¡Haz lo que dice el Jefe, Otho!
 Con la incredulidad brillando aún en sus ojos, Otho obedeció. Poco después se hallaban de nuevo en medio del espacio. A su derecha, Plutón resplandecía, blanco y voluminoso. Y, justo frente a ellos, se encontraba la brillante tercera luna, Styx.
 Curt sintió que una vibrante emoción le embriaga mientras se dirigían a la tercera luna. Sabía que su razonamiento era lógico, a pesar de apuntar a una conclusión que parecía ser inverosímil. Concentró su mente en buscar algún modo de comprobar su fantástica teoría.
 Entonces, tras recordar algo, extrajo de un cajón los restos destrozados de un pequeño aparato. Se trataba del mecanismo que llevaba encima el Hechicero de pelaje blanco que había muerto al caer sobre el suelo de Marte... aquel era, por ende, el instrumento que había permitido al extraño ser hacerse pasar por un Terrícola.
 Curt había estudiado atentamente el destrozado aparato durante el viaje a Plutón. Se encontraba demasiado dañado para ser reconstruido, ni siquiera por el Mago de la Ciencia. Pero le había valido para deducir que funcionaba proyectando un campo de fuerza. Cómo era posible que un campo de fuerza semejante hiciera parecer a un velludo Hechicero como un Terrícola, eso era algo que aún no sabía.
 Pero ahora, mientras examinaba los restos destrozados del instrumento en el compacto laboratorio del Cometa, el Capitán Futuro dedicó toda su atención en descubrir con exactitud para qué frecuencias de fuerza radiante había sido diseñado el mecanismo. Con delicados instrumentos eléctricos y magnéticos, con un examen microscópico de los fragmentos, y, sobre todo, con su simpar penetración mental, el joven Mago de la Ciencia trabajó en aquel problema.
 El Cometa se acercaba a Styx, cuyo resplandeciente disco aumentaba poco a poco. Grag permanecía sentado, acunando a su cachorro lunar y mirando hacia adelante. Otho, en las turbinas, parecía cada vez más escéptico cuanto más se acercaban a la tercera luna. Y atrás, en el laboratorio, el Capitán Futuro trabajaba sin parar, veloz y decidido.
 Por fín, el Capitán Futuro terminó su trabajo. Había construido un pequeño instrumento diseñado para detectar una fuerza radiada similar a la emitida por el averiado aparato de los Hechiceros. Su detector era tan pequeño que podía colocarse cómodamente en uno de los bolsillos de su mono gris.
 --Esto debería probar mi teoría acerca de Styx, -murmuró-. De ser cierta, lo explicaría todo.
 --Ir a Styx es una absoluta pérdida de tiempo, -declaró Otho cuando Curt llegó a su lado-. No podremos alunizar allí... ninguna nave ha alunizado jamás en esa luna, cubierta como está por los océanos, de un polo a otro.
 --Ya veremos, -replicó tenso el Capitán Futuro, cada vez más nervioso cuanto más se aproximaban a la tercera luna.
 Styx, más pequeña que Caronte y Cerberus, se expandía en el vacío estrellado que tenían ante si. Se sabía que tenía atmósfera. El aire silbaba alrededor del Cometa mientras la nave descendía con gran cautela.
 A pocos centenares de metros por debajo de ellos se extendía el mar verde sin costas que cubría toda la superficie de Styx. Las enormes y oscuras olas de quel océano sin fín se extendían por todo el horizonte, semejando fauces de espuma blanca que amenazaran con tragarse la pequeña nave.
 --¿Y ahora qué? -Quiso saber Otho, disgustado-. Donde no hay tierra, no podemos aterrizar. Hemos perdido el tiempo.
 --Pronto veremos si es así, -murmuró Curt. Extrajo de su bolsillo el diminuto detector que había construido, y activo el pequeño aparato, similar a un reloj.
 Al instante, una pequeña luz roja comenzó a brillar en el detector. Aquello era señal de que, muy cerca de ahí, había un poderoso campo de fuerza, de una cierta frecuencia.
 --¡Lo sabía! -Declaró el Capitán Futuro, con un brillo en sus ojos grises-. Por los cielos, lo he resuelto... un antiquísimo misterio planetario... ¡Y también el enigma de la base secreta del Doctor Zarro!
 --¿De qué estás hablando, Jefe? -Quiso saber Otho.
 El Capitán Futuro quedó en silencio, intentando ordenar sus pensamientos. Sabía que se estaban adentrando en el corazón de aquel gran complot contra el Sistema.
 Tenía la sensación de que podía detener esa conjura de una vez por todas. Pero también era consciente de que su primera obligación era encontrar y rescatar a Joan y el Cerebro. Tras sopesar diversas alternativas, Curt tomó una decisión.
 --Mete al Cometa en el océano, Otho, -apuntó.
 --¿Que lo meta en el agua? -Gritó Otho sin creerle-. ¡Pero si eso es la muerte segura! ¡Las olas y las corrientes de ese mar destrozarían al Cometa estrellándolo contra alguna roca!
 --Ah, así que has perdido la fé en mí, ¿No es así? -Se dirigió al androide el Capitán Futuro, sonriendo mientras hablaba.
 Los ojos verdes de Otho lanzaron destellos.
 --¡Sabes que no es así, Jefe! ¡Me estamparía contra el Sol si tu me lo dijeras, y lo sabes!
 Y, con determinación, Otho abrió al máximo las turbinas y envió a la pequeña nave hacia el interminable mar sin costas.
 El androide preparó su cuerpo gomoso para el impacto, mientras el Cometa descendía en dirección a las rugientes olas. Y Grag, que miraba intrigado a Curt pero no decía nada, tambien parecía un poco incómodo.
 En un instante, el Cometa se zambulló bajo la superficie del mar.
 ¡Y al momento, el mar que les rodeaba desapareció por completo! ¡Aquel inmenso océano había desaparecido abruptamente, y descubrieron que estaban flotando en el aire a un kilómetro de altura del suelo... un suelo sólido!
 La transición fue absoluta. Ya no había agua a la vista. A lo lejos, en la línea del horizonte, bajo la débil luz del día, se extendía un paisaje extraordinario, alfombrado por un denso bosque de gigantescos hongos blanquecinos... un jungla extraña y antiterrenal.
 --¡Por los diablos del espacio...! ¿Qué ha sucedido? -Aulló Otho-. ¡Deberíamos estar bajo el agua, pero todo el agua ha desaparecido!
 --¿Qué ha sido del océano en el que nos hemos sumergido, Jefe? -Preguntó Grag maravillado.
 --No había ningún océano, -declaró el Capitán Futuro.
 --¡Pero si lo hemos visto! -Exclamó Otho.
 --Lo que vimos era una ilusión, -le dijo Curt-. Una ilusión similar a la empleada por los Hechiceros para hacerse pasar por Terrícolas... una ilusión que, de algún modo, es proyectada mediante un campo de fuerza. -Entonces Curt se explicó con presteza-. ¡Cuando descubrimos que los Hechiceros no vivían en Cerberus ni en Caronte, el único lugar que quedaba en el pudieran vivir era... Styx! Pero se sabía desde siempre que Styx estaba completamente cubierto por las aguas. No podía entenderlo.
 "Entonces se me ocurrió que la apariencia acuática de Styx bien podría ser una ilusión. Sabía, por tu experiencia en Marte, y por lo que me había contado el viejo Kiri, que estos Hechiceros de vello blanco eran unos maestros de la ilusión. Supongamos que de verdad moraban en Styx y que la apariencia de esta luna, de estar cubierta de agua, era tan sólo una ilusión más provocada y mantenida por ellos... una especie de supercamuflaje capaz de enmascarar a un mundo... Decidí construir un detector para ver si era así, y me demostró que, en efecto, así era.
 --¡Pero Styx siempre apareció como cubierta por el océano, incluso desde la primera expedición Terrícola que llegó a Plutón! -Objetó Otho.
 Curt asintió gravemente.
 --Si, y tengo la teoría de que la llegada de los Terrícolas tuvo algo que ver con el modo en que los Hechiceros camuflaron su mundo. ¿Recordáis lo que dijo el viejo Kiri...? ¿Eso de que, después de llegar los Terrícolas, los Hechiceros no volvieron a ser vistos en Plutón?
 Levantaron la mirada. Por encima de ellos, el cielo parecía cubierto por una especie de cortina ondulante y parcialmente opaca... el misterioso campo de fuerza que mantenía aquella ilusión a escala planetaria. Entonces volvieron a mirar hacia abajo, a las extrañas y silenciosas extensiones de hierba y hongos blanquecinos que se perdían en el horizonte en un paisaje totalmente alienígena.
 --¡Y pensar que todos los exploradores Terrícolas y viajeros espaciales han rehuido esta luna sin saber que el océano era sólo una ilusión! -Exclamó Otho.
 --Todos no, -comentó con ironía el Capitán Futuro-. Al menos un Terrícola penetró en esta ilusión.
 --¡Victor Krim! -Exclamó el androide, muy excitado-. ¡Por los dioses del espacio, ahora lo veo claro! Krim debe de ser el Doctor Zarro, pero su base no está en absoluto en Caronte... ¡Está aquí mismo, en Styx!
 Curt Newton examinaba su ingenioso detector, mientras el Cometa volaba a baja altura sobre la blanquecina jungla de hongos. Estaba recibiendo claras lecturas direccionales, y procedió a computarlas con celeridad.
 --Tuerce un poco al sudoeste, Otho, -dirigió-. El campo de fuerza que mantiene la ilusión se encuentra en alguna parte de esa zona, de modo que ahí deberá estar la ciudad de los Hechiceros... y la base del Doctor Zarro.
 --¿Y Simon también estará allí, Jefe? -Preguntó Grag preocupado.
 Curt asintió, y su apuesto rostro adoptó una grave expresión.
 --Ese será nuestro primer objetivo... encontrar y rescatar a Simon.
 El Cometa avanzó en dirección sur por encima de la extraña selva blanca, mientras un sentimiento común, mezcla de esperanza y emoción, unía al joven mago científico con sus dos hombres del Futuro.
 --Avanza despacio y ve descendiendo, -ordenó Curt al androide.
 Llevaban sobrevolando la selva durante casi media hora cuando los agudos ojos del Capitán Futuro distinguieron un grupo de torres de piedra blanca, que se alzaban por encima de la jungla, más adelante. Las vagas torres se agrupaban alrededor de una esbelta columna de metal, coronada por una gran esfera resplandeciente.
 --¡Abajo! -Espetó Curt al instante-. Alunizaremos aquí... no debemos acercarnos más en el Cometa.
 De inmediato, Otho posó la pequeña nave entre los altísimos homgos blancos. Un silencio opresivo les rodeaba.
 --Inspeccionaremos a pie esa ciudad, -dijo rápidamente el Capitán Futuro, abriendo la cartuchera de su pistola de protones-. Creo que es más seguro dejar el Cometa escondido en este lugar, sin necesidad de dejar alguien de guardia.
 Mientras así hablaba, abrió la portilla. Un aire frío y cortante les envolvió al momento.
 Otho siguió al frío exterior al bronceado aventurero pelirrojo. Grag les siguió a ambos, con Eek subido en su hombro.
 --No irás a traerte con nosotros a ese cahorro lunar, en una misión peligrosa como ésta... -demandó Otho al robot-. Déjale en la nave, bajo llave.
 --A Eek le da mucho miedo quedarse solo... está asustadísimo desde que vimos a ese korlat en Caronte, -se defendió Grag.
 Otho saltó.
 --¡Por si no fuera suficiente que el Jefe y yo tengamos que cargar con una tonelada de maquinaria ambulante... ahora también tenemos que hacer de niñeras de un cahorro lunar que se emborracha cada vez que paladea algún metal precioso, y que se asusta hasta de su propia sombra!
 --¡Eek es tan valiente como cualquiera! -Replicó Grag indignado-. Lo que pasa es que se pone nervioso cada vez que visita un mundo extraño.
 --¿Nervioso? ¡Ya lo creo que está nervioso! -Se regodeó Otho-. ¡Está tan nervioso que le castañetean los dientes cada vez que se le acerca cualquier cosa que sea un poco más grande que una lombriz Marciana!
 --Deja que Grag se lo lleve, Otho, -dijo hastiado el Capitán Futuro-. Si le dejamos en la nave, ese pequeño demonio podría intentar salir de ella comiéndose el casco.
 Curt y los dos Hombres del Futuro avanzaron por la selva blanca en dirección a las distantes torres.
 Era aquel un bosque fantasmal. Los enormes y pálidos hongos que les rodeaban se alzaban varios metros por encima de sus cabezas. Un viento frío y viscoso susurraba en sus oídos. Un pequeño roedor de denso pelo blanco se cruzó en su camino. Aparte de ello, no se escuchaba el menor sonido. En el cielo se extendía la cortina semiopaca que cubría por completo el firmamento. Eek, agazapado en el hombro de Grag, hizo descender su cabeza y partió de un mordisco un fragmento de uno de los hongos, que el cachorro lunar masticó con evidente placer mientras seguían avanzando.
 --Nunca antes había visto a Eek comer plantas, -dijo Grag en voz baja, muy sorprendido-. Pensaba que sólo comía rocas o metal.
 --Esa fungosidad posee un alto contenido de cobalto, -señaló el Capitán Futuro-. Observa cómo resplandece el extremo que ha partido. El subsuelo de este mundo, Styx, debe ser muy rico en cobalto, y eso demuestra que, por fín, hemos encontrado la morada de los Hechiceros... ¿Recordáis mi pista del cobalto?
 Según fueron acercándose a las torres de roca pálida, su marcha se fue haciendo más lenta y cautelosa. Curt Newton observó con agudo interés la esbelta columna de metal, que se hallaba cornonada por una esfera resplandeciente.
 --A menos que mi suposición sea errónea, eso de ahí es el emisor del campo de fuerza que crea toda la ilusión planetaria, -murmuró, espoleado por su curiosidad científica.
 --¡Alguien viene! -Susurró Otho de repente.
 --¡Al suelo! -Ordenó Curt, echándose él mismo sobre la larga hierba blanquecina que ofrecía un buen escondite. Grag y Otho siguieron su ejemplo al instante. Levantando un poco la cabeza, el Capitán Futuro miró hacia la ciudad, desde la que, cada vez con más fuerza, venía un sonido de pisadas amortiguadas.
 Entonces vieron lo que se acercaba. Se trataba de una docena de los autodenominados Hechiceros... criaturas semihumanas con cuerpos cubiertos de un vello blanco corto y espeso, pies y manos de dos dedos, y cabezas planas e inhumanas, en las que brillaban unos grandes ojos negros, desprovistos de pupilas. Los Hechiceros cabalgaban sobre unas bestias de pelaje blanco, que a Curt le recordaron a los antiguos canguros de la Tierra... unas bestias que se movían mediante saltos gigantescos gracias a sus dos poderosas patas, y cuyas cabeza permanecían erectas merced a las riendas que sujetaban sus misteriosos jinetes.
 --¡Estigios... nativos de Styx! -Murmuró el Capitán Futuro mientras los observaba desde su escondite-. Eso es lo que son de verdad los llamados Hechiceros... una raza aparte, cuya existencia no había sido sospechada jamás por el resto del Sistema Solar.
 Reparó entonces en unas redes de malla metálica que cada uno de los Estigios llevaba lista al costado.
 --Deben haber salido de cacería, -supuso-. Probablemente cazan y capturan con las redes a esos animales similares a canguros, para después domesticarlos.
 Los cazadores Estigios pasaron a poca distancia del agazapado trío, y el sonido de su paso se fue apagando.
 Curt y los dos Hombres del Futuro volvieron a ponerse en pie, en esta ocasión con gran cautela. Poco después, más allá de una arboleda de hongos blancos, apareció ante su vista la ciudad de los Estigios. No era muy grande, pero poseía un aire indescriptiblemente antiguo. Pudieron ver a muchos Estigios de vello blanco paseando por la metrópolis de piedra. Algunos pocos cabalgaban sobre las bestias que habían visto antes. Otros trabajaban en los cultivos situados en una estrecha zona de vegetación, cuidadosamente atendida, y que circunvalaba la ciudad.
 --El Doctor Zarro está ahí dentro, en alguna parte... y también Simon, -musitó Curt. Echó mano de su cinturón-. Voy a entrar... me haré invisible. Vosotros esperadme.
 --¡No lo lograrás! -Objetó Otho-. ¡Tu invisibilidad se acabará antes de que estés a mitad de camino de ese lugar!
 --Tengo un plan...
 De repente guardó silencio. El pequeño Eek, que miraba atrás temeroso desde el hombro de Grag, gemía aterrorizado. Sintiendo el peligro por el modo de actuar del cachorro telépata, el Capitán Futuro miró a su alrededor.
 ¡La docena de jinetes Estigios que vieran antes se habían acercado a ellos por la espalda, en absoluto silencio!
 --¡Los cazadores! -Aulló Curt-. ¡Han encontrado nuestro rastro en la hierba y nos han seguido la pista!
 Mientras gritaba, empuñó su pistola de protones, y en ese mismo instante, con agudos chillidos, los Estigios espolearon a sus monturas en dirección a los tres camaradas. Y, mientras así cargaban, los jinetes de vello blanco agitaron sobre sus cabezas las redes de malla metálica.
 El arma de protones de Curt, ajustada para aturdir, derribó de sus monturas a dos de los Estigios en el mismo segundo en que pasaban a la acción. Pero las resistentes redes metálicas ya estaban surcando el aire.
 Arrojadas con una puntería increible, las pesadas redes envolvieron a Curt y los dos Hombres del Futuro, apresándolos y convirtiéndolos en un fardo inmóvil.
 
 

CAPITULO XVII
El Salón de los Enemigos




 Joan Randall y el Cerebro eran incapaces de moverse de la esquina a la que habían sido arrojados, en el crucero de la Legión del Destino. El Cerebro, claro está, no tenía modo alguno de moverse en ningún momento, y la joven agente de policía estaba reciamente atada por las repulsivas serpientes-soga, que aún mantenían su presa sobre ella, y seguirían haciéndolo hasta que no recibieran la señal adecuada pra soltarla.
 --El Doctor Zarro debe estar llevándonos a su base, -reflexionó en voz alta el Cerebro con su voz metálica y carraspeante-. Al menos vamos a descubrir de seguro dónde se encuentra.
 --No puede ser en Cerberus, ¿Verdad? -Preguntó la joven-. Si de verdad Victor Krim es el Zarro, nos estarán llevando a Caronte, -le brillaron los ojos-. ¡Y el Capitán Futuro no tardará en descubrir dónde estamos y nos seguirá!
 Joan intentó aflojar la fría presa de las serpientes-soga, pero no lo consiguió. Nada podía lograr algo así, a excepción de la señal de afloje, que estaban entrenadas para obedecer. Pero, a pesar de seguir atada, al menos se las arregló para adoptar una posición sedente, desde la cual pudo mirar al espacio a través de las pequeñas ventanillas circulares del compartimento. Al momento emitió un grito de sorpresa.
 --¡No nos dirigimos ni a Caronte, ni a Cerberus! ¡Ambas lunas se están quedando a un lado!
 --Entonces debemos estar llendo a Styx, -dijo al instante el Cerebro.
 --¿Styx? -El rostro de Joan expresó su incredulidad-. Pero si esa luna está completamente cubierta por el mar. Nadie ha estado nunca allí... no podemos estar viajando hacia allí.
 --De cualquier manera, ahí es a donde nos dirigimos, -dijo una voz áspera y profunda.
 Los ojos de Joan y Simon Wright se volvieron hacia el que así hablaba. Se trataba del Doctor Zarro.
 El alto profeta de ojos ardientes había entrado en el compartimento, seguido del enano Roj, y de tres de los miembros Terrícolas de la Legión del Destino.
 --Si, nos dirigimos a Styx, -repitió rudamente el Doctor Zarro-. Estáis a punto de presenciar un fenómeno insospechado en todo el Sistema Solar... aunque jamás podréis volver para contarlo.
 Roj rió con maldad.
 --La chica sería un añadido estupendo en el Salón de los Enemigos, Doctor.
 La sangre de Joan se heló al escuchar aquella siniestra y misteriosa amenaza proferida por el enano criminal. Pero no dejó que aquello se revelara en su expresión.
 El Doctor Zarro se había vuelto, y hablaba con los Legionarios Terrícolas.
 --Ya podéis desembarazaros de vuestros disfraces, -les dijo.
 Los tres Legionarios llevaron la mano a sus cinturones, y accionaron un conmutador.
 Al momento, como por arte de magia, su aspecto cambió; de ser tres Terrícolas ordinarios pasaron a convertirse en unas extrañas criaturas semihumanas, cubiertas de vello blanco, y cuyos grandes ojos negros les miraban solemnemente. En el cinturón de cada una de las criaturas había un pequeño mecanismo cilíndrico.
 --A mis amigos Estigios siempre les alegra poder desactivar la ilusión que les hace parecer Terrícolas, -dijo el Doctor Zarro.
 --¿Por qué no se quita usted su propio disfraz, Doctor? -Preguntó fríamente el Cerebro-. Sabemos muy bien que su impresionante aspecto no es más que una ilusión similar a esa... y que es usted un Terrícola. E incluso creemos saber exactamente qué Terrícola es usted.
 El Doctor Zarro se rió ásperamente.
 --Lo que tu puedas pensar no me importa en absoluto, Cerebro. Las gentes del Sistema piensan que este es mi verdadero aspecto, y que soy una especie de super-científico procedente de un misterioso reino de más allá del Sistema... el único que puede salvarles.
 Bruscamente, el profeta oscuro se volvió hacia el enano.
 --Roj, vigila a estos dos hasta que lleguemos a Styx. La chica es muy astuta, y no me quedaré tranquilo hasta que no la dejemos en el Salón de los Enemigos.
 --Y de ahí ya no volverá a salir, de eso puede estar seguro, -se regodeó el enano-. Adonde va, no hay posibilida alguna de que la encuentre el Capitán Futuro.
 El enano tomó asiento en una silla, en un extremo del compartimento, con su pistola sobre las rodillas y sus repulsivos ojos contemplando abiertamente al Cerebro y a la indefensa joven. El Doctor Zarro se marchó.
 Joan sintió cómo la inundaba una oleada de desesperación.
 --No nos estarán llevando realmente a Styx, ¿No? -Preguntó desesperada al Cerebro.
 --No estoy seguro, pero eso me temo, -musitó el Cerebro-. En todo esto hay un gran misterio.
 El misterio no tardó en quedar explicado. El crucero redujo la velocidad mientras descendía, y, a través de la ventanilla, Joan y Simon observaron cómo se precipitaba hacia las rugientes olas del perpetuo mar que cubría a Styx.
 Entonces, para su absoluto asombro, el crucero pareció atravesar las olas... y éstas desaparecieron por completo. Observaron un paisaje sólido cubierto de hierba, musgo y hongos, y una ciudad de piedra pálida, hacia la cual estaban descendiendo.
 --¡El mar no era real! -Gritó Joan con asombro-. No era más que...
 --Una ilusión, -completó por ella el Cerebro, mientras sus lentes oculares parecían observarlo todo.
 El crucero alunizó. Al abrir sus compuertas, un aire de aroma picante y algo áspero asaltó sus fosas nasales. Roj agarró entonces el tanque del Cerebro. El lento y grandullón Kallak levantó en vilo y transportó en silencio a la joven maniatada. Siguieron al Doctor Zarro al exterior, junto a la velluda tripulación. Joan y el Cerebro, mientras eran transportados, le echaron el primer vistazo a la ciudad secreta a la que habían sido conducidos.
 Alrededor de ellos se alzaban altas torres octogonales de piedra pálida, bordeadas por calles pavimentadas, atestadas de peludos Estigios. Algunas de aquellas criaturas iban a pie, mientras que otras cabalgaban sobre bestias saltantes. Todos ellos vestían tan sólo un arnés de cuero, como si no sintieran el menor frío.
 Los Estigios se agruparon frente a ellos, observando con sus grandes y solemnes ojos negros al Doctor Zarro y sus seguidores. En la actitud del gentío parecía haber una cierta cualidad de desaprobación.
 El Cerebro escuchó cómo Roj le decía al Doctor Zarro en voz baja:
 --No les gusta que traigamos más prisioneros al Salón de los Enemigos. Y se enfadarán aún más cuando se enteren de que tuvimos que matar a dos personas en Plutón.
 --Puedo manejar a los Estigios sin problema, -replicó con confianza la áspera voz del Doctor Zarro.
 Simon y Joan Randall vieron que estaban siendo conducidos hacia un edificio plano de piedra, desde el cual se alzaba una esbelta columna metálica, coronada por una resplandeciente esfera. Los prisioneros fueron introducidos en el edificio, atravesando pasillos y antecámaras hasta llegar a una sala circular de gran tamaño, cuya iluminación resultaba deslumbrante.
 A un lado de la sala había un descomunal cilindro de cuyo interior partía un enjambre de maquinaria eléctrica, en contínuo funcionamiento. Los cables que de allí partían, conectaban con la esbelta columna hueca de metal, que ascendía hasta cruzar el techo y más arriba aún.
 Junto a ella, Joan y el Cerebro vieron un potente emisor de telepantalla, de un diseño que a ambos les pareció poco familiar. El resto de la estancia estaba repleto de una colección extraña y terrible.
 --Mi Salón de los Enemigos, -señaló gravemente el Doctor Zarro, con un gesto de su brazo cubierto de negro-. Debería de interesaros a ambos, pues estáis a punto de formar parte de él.
 La colección consistía en varias docenas de cajas de glasita, de unos dos metros de alto. Unas pocas estaban vacías. Pero la mayoría estaban ocupadas... por hombres, mujeres e incluso niños, que yacían completamente inmóviles, como si estuvieran muertos, cada uno de ellos colocado en un recipiente estanco y transparente. Los ojos de Joan recorrieron con desánimo los inmóviles rostros. En aquella extraña colección había hombres de todos los planetas, tanto Terrícolas como Marcianos, Mercurianos y otros.
 --¡Conozco a esos hombres! -Exclamó, hablando al Cerebro-. Ese de ahí es Robert Jons, el astrónomo Mercuriano, y ese es Henry Gellimer, el astrofísico de la Tierra... ¡Y también están sus familias! ¡Son los científicos desaparecidos que fueron abducidos!
 --Eso es correcto, -señaló el Doctor Zarro adustamente-. Mi Legión, compuesta por Estigios disfrazados liderados por Roj y Kallak, trajo aquí a estos hombres. Y las gentes del Sistema pensaron que dichos científicos habían escapado del Sistema Solar para huir de la catástrofe de la Estrella Oscura. Lo cual es, exactamente, lo que yo quería que pensaran.
 --¡Para que tu plan tuviera éxito asesinaste a todos esos hombres! -Acusó Joan, con sus ojos marrones llenos de ira.
 --No les asesiné... no están muertos, -la corrigió ásperamente el Doctor Zarro-. Yo habría preferido matarles, ya que eso me habría quitado de problemas. Pero mis seguidores Estigios tienen ciertos prejuicios respecto a matar a la gente, como sin duda ya habrán notado. De haber matado a todos esos científicos, eso habría podido poner a los Estigios en mi contra, de manera que, en lugar de eso, he dispuesto que sufran una muerte en vida... algo que para mi es tan seguro como si estuvieran muertos.
 "Se encuentran en animación suspendida en el interior de esas cajas. Los recipientes están llenos de un gas inventado por los Estigios, que apraliza absolutamente los procesos vitales de un cuerpo vivo. Incluso la célula más minúscula, o incluso el proceso metabólico, son paralizados por el gas. Así, estas personas no pueden mover un músculo, ni pueden ni respirar... y pese a todo, se hallan totalmente conscientes y en este momento nos pueden ver y escuchar.
 Joan fue presa de un terror inimaginable.
 --¡Y les has mantenido semanas enteras en ese espantoso estado!
 Aquello espoleó la fuerte curiosidad científica del Cerebro, incluso en un momento tan crítico como aquel.
 --Supongo que se trata del mismo gas que bombeaste al interior del Observatorio de Tartarus... -carraspeó, dirigiéndose al Doctor Zarro-. Me interesaría mucho aprender su fórmula.
 --Me temo que no tengo tiempo de satisfacer tu curiosidad, -replicó sombrío el Doctor Zarro. Entonces, el profeta negro se volvió hacia el enano-. Pon a la chica en una de las cajas vacías.
 --¿Y el Cerebro? -Inquirió Roj.
 --No respira, de modo que el gas no le afectaría. Por otra parte, es incapaz de moverse, de manera que es imposible que pueda escapar. Limítate a colocarle en el suelo, junto a las cajas... pero desconecta su aparato de habla, para que no nos importune con su charla inocua.
 Roj se acercó a la joven, que aún seguía sujeta por Kallak. El enano extrajo un pequeño instrumento, que empleó para hacer sonar la extraña nota musical que servía para que las serpientes-soga soltaran a su presa.
 Las rosadas ataduras vivientes saltaron al interior de la bolsa que Roj tenía destinada para albergarlas. Joan se debatió, intentando huir, pero el gigantesco Kallak, en silencio, mantuvo sobre ella una presa irrompible.
 Kallak, tras una orden del enano, arrastró a la indefensa muchacha hasta el interior de una de las cajas de glasita, cuya puerta permanecía abierta. La joven fue arrojada al interior y, mientras aún intentaba tomar apoyo para proyectarse hacia afuera, la puerta fue cerrada y bloqueada, aprisionándola en el interior de aquella caja estanca.
 Joan observó cómo Roj hacía girar una válvula situada a un costado del tanque transparente. Un vapor frío e invisible, con un aroma ligeramente picante, fue rápidamente bombeado al interior del tanque estanco, desde una tubería situada en alguna parte de la zona inferior de la caja.
 Frenéticamente, Joan intentó contener la respiración, mientras se debatía por adoptar una posición más cómoda. Pero sus pulmones, ávidos de aire, se abrieron de nuevo contra su voluntad, y el gas penetró en su interior. Al instante, la joven sintió una sensación de frío intenso, al mismo tiempo que perdía todo poder de movimiento muscular. No podía moverse de la posición sedente en que había quedado su indefenso cuerpo. Ni tan siquiera podía parpadear, o mover un solo dedo.
 Pese a todo, su mente permanecía tan lúcida como siempre. Podía contemplar el exterior a través de la pared de glasita de su tanque, aunque no podía mover la cabeza ni siquiera una fracción de centímetro. Observó cómo colocaban al Cerebro junto a su tanque, y vio cómo las lentes oculares de Simon Wright levantaban la mirada hacia ella, como intentando transmitirla un mensaje. Pero Joan no podía ni mover un músculo para contestarle.
 Entonces, al otro lado de la sala, vio cómo el Doctor Zarro avanzaba en dirección al extraño y potente emisor de telepantalla. Roj había conectado previamente el transmisor... la joven lo había escuchado con nitidez. Entonces, la pantalla se iluminó, y el Doctor Zarro permaneció ante ella. Joan supo que, en esos momentos, la imagen del profeta negro se estaba transmitiendo a todas las telepantallas encendidas de todo el Sistema Solar. La muchacha escuchó entonces cómo el Doctor Zarro rugía su última advertencia.
 --¡Gentes del Sistema Solar, ésta es vuestra última oportunidad para salvaros!
 Joan escuchó cómo continuaba, advirtiendo a los habitantes del Sistema que el desastre de la Estrella Oscura era inminente, y que debían obligar al Gobierno a que le cediera la autoridad, si es que querían escapar al apocalipsis.
 Cuando el Doctor Zarro concluyó y se apartó del transmisor, la joven vio cómo se volvía hacia el enano.
 --¡Con eso debería bastar, Roj! ¡Si este aviso, y el aspecto de la Estrella Oscura tal y como se ve ahora, no les aterroriza hasta el punto de cederme el poder, nada lo hará!
 --¡Funcionará, Doctor! -Sonrió el enano, contorsionando su feo rostro-. Derrocarán al Gobierno y te rogarán que tomes el mando antes de que pase otro día.
 El Doctor Zarro y el enano abandonaron la gran sala circular, y Joan vio que no dejaban ningún guardia. ¡No se necesitaba guardia alguno en aquel Salón de los Enemigos, en el que los prisioneros no podían ni tan siquiera parpadear!
 Valientemente, la muchacha luchó para impedir que el horror de aquella situación pudiera con ella. Sabía que, en esa muerte en vida, le resultaría muy fácil volverse loca. Y el pensar en volverse loca y seguir sin poder moverse era algo totalmente aterrador.
 Pasó el tiempo... un tiempo que, para Joan resultó eterno, paralizada como estaba. Pensó que debían haber transcurrido al menos un par de horas, pero también podían haber sido años, siglos, una eternidad...
 Escuchó entonces un tumulto, y un babel de voces en el exterior de la Sala. El Doctor Zarro y Roj entraron a buen paso. El rostro del enano mostraba una tremenda excitación.
 --¡Tu amigo el Capitán Futuro ha venido a visitarte, acompañado por los otros dos Hombres del Futuro! -Gritó Roj al Cerebro.
 El corazón de Joan latió con una esperanza salvaje. Pero, al minuto siguiente, dicha esperanza se desmoronó, convirtiéndose en la más negra desesperación que sintiera jamás.
 Pues, en el interior del Salón de los Enemigos entró una multitud de velludos Estigios, trayendo consigo a tres prisioneros, indefensamente apretujados en el interior de unas recias redes de metal.
 ¡Y esos tres prisioneros eran el Capitán Futuro, Grag y Otho!
 


CAPITULO XVIII
El Secreto de la Estrella Oscura





 Cuando las redes de caza de los Estigios cayeron sobre el Capitán Futuro y sus dos camaradas, Curt hizo un violento esfuerzo por romper la malla de metal, pero no tuvo éxito. Las flexibles redes de metal habían sido diseñadas para atrapar animales de gran tamaño y fortaleza.
 Junto a él, Otho se debatía, lanzando improperios. El escurridizo androide estaba empleando de toda su fuerza para librarse de la red, pero también parecía incapaz de lograrlo. El grandullón Grag, ejerciendo su fuerza descomunal, comenzó a lograr reventar la malla en algunas partes. Pero, velozmente, los Estigios le arrojaron encima dos redes más, las cuales fueron suficientes para contenerle incluso a él.
 El pequeño Eek había desaparecido en el mismo instante en que los Estigios cargaron contra ellos. El cachorro de lobo lunar, que había sentido telepáticamente la cercanía de los cazadores antes de que los demás se dieran cuenta, había saltado hacia las grandes masas de hongos, desapareciendo entre ellos.
 --¡Malditos sean estos diablos peludos! -Siseaba Otho con furia-. Mira que atraparme en una red como si fueran pescadores Neptunianos... ¡Que me den la ocasión, y ya les enseñaré yo qué clase de presa han atrapado!
 --Tranquilízate, Otho, -le llamó la atención el Capitán Futuro-. No podemos romper estas redes. Espera hasta que nos llegue la ocasión.
 A pesar de los ánimos que pretendía dar al androide, Curt se sentía como si su corazón fuera de piedra maciza. Sentía una desagradable mezcla de humillación y culpabilidad. ¡Él, el Capitán Futuro, sorprendido y capturado de un modo tan sencillo!
 Mientras era arrastrado por el suelo, Curt escuchó la atronadora voz de Grag, llena de ansiedad.
 --¿Te encuentras bien, Jefe? ¿Has visto hacia dónde huyó Eek? Estaba terriblemente asustado.
 --Eso, ahora preocúpate por ese maldito cahorro lunar, -siseó con furia la voz de Otho, que se hallaba en la vanguardia de aquella extraña procesión-. Los tres estamos prisioneros, el Cerebro está en alguna parte, en peligro, y la conjura del Doctor Zarro debe de estar en estos momento destruyendo nuestro sistema de gobierno... ¡Pero todo eso no tiene importancia! ¡Lo único que importa es que el pobrecito Eek pueda estar asustado!
 A pesar de la gravedad de la situación, Curt Newton no pudo evitar reirse ante la furiosa indignación de Otho.
 --Eek está libre, sabrá cuidarse solo, y estará bien, -aseguró Curt a Grag, para después añadir-: lo cual, mucho me temo, es más de lo que podemos decir nosotros.
 Sus captores Estigios les condujeron a la gran Sala circular, en el interior del edificio chato. Y allí les aguardaban tres personas, evidentemente avisadas de su captura. Aquellos tres eran el Doctor Zarro, Roj y Kallak. Curt Newton y los dos Hombres del Futuro fueron arrojados frente a ellos.
 --¡Habéis hecho bien capturando a estos tres! -Aduló el Doctor Zarro a los Estigios-. Son los más letales enemigos de vuestra raza. Ahora podéis iros.
 Mientras los Estigios se marchaban, Curt examinó velozmente el interior de la gran estancia.
 Observó las grandes máquinas, y entonces su mirada reparó en la colección de cajas de glasita, en cada una de las cuales había un científico desaparecido, inmóvil y paralizado. Curt tensó los labios cuando vio a Joan Randall sentada en una de aquellas cajas, rígida, inmóvil, con los ojos fijos en él. Y junto a la caja de la muchacha, en el suelo, estaba el Cerebro.
 --¡Simon! -Exclamó Otho, que, al ir el primero, había visto también al Cerebro-. ¿Qué es lo que te han hecho?
 El Cerebro no contenstó, pero sus lentes oculares oscilaron sobre sus cables, mirando de un modo significativo en dirección a su altavoz.
 --¡De modo que por fín nos encontramos, Capitán Futuro! -Exclamó el doctor con un tono áspero y triunfal.
 Curt miró con frialdad los ardientes ojos negros de su oponente.
 --Ya nos hemos visto antes cara a cara, -dijo con desdén al Doctor Zarro-, pero en aquel entonces no te servías de esa ilusión que te disfraza, y hablabas con tu verdadera voz.
 Roj, Kallak, y los dos indefensos Hombres del Futuro les observaban en tensión. Pues en aquel instante tenía lugar un drama. Allí, en la ciudad secreta de una raza desconocida, los dos grandes enemigos se hacían frente, por fín, abiertamente.
 ¡El Doctor Zarro, la misteriosa figura cuyo poder e influencia habían arrojado al pánico a todo el Sistema Solar, y cuya desbordante ambición le había conducido a un paso de obtener una dictadura absoluta sobre dicho Sistema!
 ¡Y el Capitán Futuro, legendario aventurero de puños rápidos, sonrisa fácil y enorme genio científico, que durante años, como un coloso, se había erigido en campeón de todo el Sistema!
 --No tengo más remedio que admitir, -dijo ásperamente el Doctor Zarro-, que me has dado muchas preocupaciones, Capitán Futuro. Sé todo lo que has hecho en el pasado. Y no me he sentido seguro hasta este mismo instante.
 --¡No estaremos a salvo mientras el Capitán Futuro viva! -Estalló Roj, el enano-. Más de uno, antes que tu, ha pensado que tenía en su poder a este diablo pelirrojo, y luego lo ha lamentado. ¡Yo digo que lo matemos!
 --¡No! ¡Aún no podemos atrevernos a algo así! -Declaró el Doctor-. Los Estigios todavía están incómodos por aquellos dos que matamos en Plutón... en estos momentos no podemos permitirnos matar a nadie más. Pero no te preocupes... El Capitán Futuro estará aquí a buen recaudo, junto a los demás, en mi Salón de los Enemigos.
 --¿Así es como llamas a tu patética colección de prisioneros? -Dijo con desdén el Capitán Futuro-. Les mantienes paralizados con el mismo gas que empleaste al atacar el Observatorio, ¿No es así? Es algo propio de una mente criminal como la tuya.
 El tono de su voz pareció herir al genio criminal.
 --¡Mi mente es lo bastante elevada como para lograr el dominio de todo el Sistema, a pesar de todos tus esfuerzos! -Declaró el Doctor Zarro-. ¡Si!. ¡Ahora mismo, a lo largo de los nueve planetas, sus aterrados moradores están presionando y forzando al Gobierno para que me ceda sus poderes! ¡A mi, a la única persona de todo el Sistema que puede evitar el avance de la Estrella Oscura!
 --No hace falta que mantengas conmigo ese engaño, -dijo cortante el Capitán Futuro-, Conozco el meollo de tu plan. Sé el secreto de la Estrella Oscura.
 --¿Lo sabes? -Exclamó el Doctor Zarro, aparentemente asombrado.
 --Si, lo sé, -dijo Curt adustamente-. Sé que, en realidad, la Estrella Oscura no existe en absoluto... ¡Sino que también ella no es más que una gigantesca ilusión!
 El Doctor Zarro bajó la mirada para mirarle atónito. Roj emitió un grito.
 --¿No te había dicho yo que este pelirrojo es el diablo en persona? ¡Ha desentrañado todo el secreto!
 --¿Es eso cierto, Jefe? -Exclamó Otho, desde la indefensa posición en la que se encontraba.
 --Es cierto... esa estrella oscura que tan grande parece en el cielo, no existe en realidad, -respondió Curt-. Ahí fuera, en el espacio, hay algún tipo de nave o de crucero, que lleva semanas aproximándose al Sistema, y que lleva consigo un aparato que crea una gran ilusión, una semejante a la ilusión que camufla este mundo... una imagen descomunal y casi real de una estrella oscura.
 "Esa gran imagen es, no sólo irreal sino inmaterial, como no sea al ojo humano. Por ese motivo carece de masa. Cuando los astrónomos del Sistema se vieron incapaces de medir ningún tipo de masa en la estrella oscura, casi no podían creer en los resultados de sus mediciones. Resultaba tan increible que un cuerpo celeste tan descomunal careciera de masa... fue ese hecho el que hizo arrojar dudas sobre sus mediciones.
 "Pero la comprobación que hice que Kansu Kane realizara en las estrellas fijas que rodeaban la estrella oscura, me dejó bien claro el asunto, -concluyó Curt-. Si la estrella oscura poseyera alguna masa, habría deflectado los rayos lumínicos de aquellas estrellas, por el efecto de Einstein de la gravitación de la luz, y las estrellas parecerían estar desplazadas. Pero no lo estaban en absoluto, y de ahí deduje que, efectivamente, la estrella oscura carecía por completo de masa. Eso significaba que solo podía tratarse de una imagen de algún tipo... ¡Una ilusión creada deliberadamente para aterrorizar al Sistema!
 El Doctor Zarro le contestó con suavidad:
 --Eres muy astuto, Capitán Futuro... más de lo que había pensado. Pero, si sabías todo eso, ¿Por qué no interceptaste la nave para destruir la ilusión de la estrella oscura?
 --El Cerebro estaba aquí, en peligro mortal, y tenía intención de rescatarle primero.
 El Doctor Zarro rió con voz ronca.
 --Tu lealtad hacia tu camarada te costará la vida. Pues la nave que produce la imagen de la estrella oscura está entrando casi en el Sistema, y los aterrorizados habitantes del Sistema Solar, que en este momento estarán viendo acercarse cada vez más el monstruoso sol muerto, no tardarán en derrocar al Gobierno.
 El profeta oscuro dejó escapar una larga risotada, antes de proseguir:
 --Y cuando el Gobierno sea derrocado y se me ceda el poder, no tendré más que ordenar a la nave que proyecta la imagen que vuelva a alejarse del Sistema, y luego les diré a sus habitantes que les he salvado, haciendo cambiar de rumbo el sol muerto que les habría podido destruir a todos. ¡Y podré utilizar mis poderes de ilusión para mantenerme en el poder de forma indefinida, aterrorizando al Sistema de nuevo con peligros ilusorios, cada vez que sospeche que se planea una revuelta contra mi!
 --¿Tus poderes de ilusión? -Repitió Curt Newton con tono de burla-. No fuiste tu el que inventó esta tecnología de imágenes ilusorias. Fueron los Estigios, hace mucho tiempo, los que la desarrollaron. Tu no eres más que un Terrícola que, de algún modo, persuadió a esta gente para que fueran tus aliados y te prestaran el secreto de las ilusiones para tus propios propósitos.
 --Ya que sabes tantas cosas, ¿No sabrás también el secreto de cómo se producen las ilusiones? -Dijo burlonamente el Doctor Zarro.
 --Creo que si, -respondió Curt con frialdad-. Son creadas mediante un campo de fuerza que funciona gracias a la reflexión de la luz. Un hombre parece un hombre ante mis ojos porque los rayos de luz que impactan contra él se reflejan de acuerdo a las sencillas leyes de la reflexión, llevando hasta mi retina la imagen de un hombre. Pero si los rayos de luz que impactaran sobre ese hombre fueran reflejados de un modo anómalo por un campo de fuerza que le rodeara, como, por ejemplo, lo harían con una roca, entonces ese hombre aparecería ante mis ojos como una roca, en lugar de como un hombre.
 "En eso consiste el secreto, ¿Verdad? Los aparatos de ilusión que llevan encima los Estigios y les hacen parecer Terrícolas, el aparato que tu mismo llevas, que te hace adoptar ese aspecto, ese gran mecanismo de ahí fuera, que camufla a todo Styx, y el que porta esa nave, que crea la ilusión de la estrella oscura, todos ellos funcionan con el mismo principio, ¿No es así? Todos ellos proyectan un campo de fuerza que afecta a la reflexión de la luz de acuerdo con ciertos patrones pre-establecidos, creando de ese modo una ilusión completamente irreal.
 --Tu reputación no es, en absoluto, exagerada, Capitán Futuro, -dijo el Doctor Zarro, con un timbre de genuina admiración en su voz-. A partir de un mínimo de datos, has desentrañado correctamente el secreto de las ilusiones.
 --Sólo hay una cosa que me gustaría saber, -dijo Curt con calma,-y es cómo te las arreglaste para inducir a los Estigios a convertirse en tus aliados y a darte su secreto... si no te importa, me gustaría saberlo.
 Curt estaba intentando ganar tiempo. Había oido decir al Doctor Zarro que los Estigios estaban descontentos con sus métodos. Confiaba en tener la oportunidad de apelar a los gobernantes Estigios contra aquel criminal, que empleaba su ciencia para aterrorizar al Sistema.
 El Doctor Zarro se rió.
 --Eso no me importa decírtelo, ya que tengo ganada la partida. Vine a este planeta intrigado por las antiguas leyendas de los Plutonianos, que hablaban de tiempos pasados, en los que una gran raza habitaba en una de las lunas... un tiempo remoto en el que Styx no se hallaba cubierta por las aguas. Penetré a través del ilusorio camuflaje y alunicé aquí, siendo capturado por los Estigios.
 "Me trataron bastante bien, pues son una raza muy pacífica, que odia la guerra y el asesinato. Descubrí entonces por qué habían camuflado su mundo. Tenían miedo de los Terrícolas. Habían observado cómo los pioneros, los colonos Terrícolas, se extendían por todo el Sistema hasta llegar a Plutón, y temían que los recién llegados invadieran y conquistaran su ancestral mundo natal. De manera que, por seguridad, emplearon su secreto de la ilusión para hacer que Styx pareciera un mundo cubierto de agua, evitando que los Terrícolas vinieran aquí.
 "Cuando descubrí esto, Capitán Futuro, vi mi oportunidad para conseguir el poder... una oportunidad como ningún hombre había tenido jamás. Jugué con los miedos de los Estigios. Les dije que tarde o temprano, los Terrícolas penetrarían a través de su camuflaje, e invadirían Styx, conquistando su mundo y esclavizándoles. Les dije que su única oportunidad para estar seguros era ayudarme a lograr el poder sobre todo el Sistema... entonces, ellos, al ser amigos mios, estarían siempre a salvo. Mis argumentos les convencieron, de modo que me dieron el secreto de las ilusiones, además de ayudarme a construir naves. Una de esas naves fue equipada con un gran generador de ilusiones, y la enviamos al espacio exterior para que creara la imagen de la estrella oscura que aterrorizaría al Sistema. Las otras naves, manejadas por Estigios que habían aprendido nuestro idioma, y que, mediante una ilusión, parecían ser Terrícolas, formaron mi Legión del Destino. Los Estigios me construyeron este gran emisor de telepantalla, y yo...
 El Capitán Futuro, que fingía escuchar atentamente las bravatas del Doctor Zarro, estaba en realidad pendiente de otra cosa. Ya podía escucharlos... los Estigios se acercaban al edificio.
 Sus esperanzas renacieron. Si pudiera apelar ante los gobernantes Estigios, hacerles ver que era una locura ayudar al siniestro doctor...
 Pero también Roj les había oido venir. El enano corrió hacia la puerta, y luego volvió, con su vicioso rostro toalmente lívido.
 --¡Ese diablo pelirrojo te ha entretenido hablando con el propósito de ganar tiempo! -Aulló Roj al Doctor Zarro-. ¡Y ahora Limor viene para acá!
 --¿El rey Estigio? -Al instante, el Doctor Zarro pareció alarmado-. El Capitán Futuro no debe tener ocasión de hablar con él. ¡Rápido, métele en una de las cajas!
 Las esperanzas de Curt se vinieron abajo. El enano y el gigantesco Kallak arrastraron al momento su maniatado cuerpo, y le arrojaron al interior de una de las cajas de glasita vacías. Cuando la portezuela de la caja se cerró sobre él, Curt forcejeó furioso para intentar liberarse de la red que le apresaba. Logró aflojarla un poco por el movimiento, y comenzaba ya a liberarse cuando escuchó el siseo de un gas, que penetraba en el interior de la caja tras abrir Roj una válvula.
 El Capitán Futuro sintió cómo el picante gas penetraba por sus fosas nasales... y entonces un frío terrible le embargó, y perdió todo poder de movimiento. No podía ni mover un músculo. Aún seguía consciente, aún podía ver y oir, pero ahora era poco más que una estatua de hielo.
 Otho, revolviéndose, forcejeando y lanzando improperios, fue arrojado al interior de una caja vecina a la suya. También el androide se quedó totalmente inmóvil cuando el peligroso gas le hizo efecto.
 --¿Qué hacemos con el robot? -Exclamó Roj, señalando la gran figura metálica de Grag, que yacía apresada por multitud de redes metálicas-. ¡No respira, de modo que el gas no le afectará!
 --Creo que podré ponerle fuera de combate, -murmuró el Doctor Zarro, inclinándose sobre la indefensa figura metálica, con una pistola atómica en la mano-. Debe tener, por algún lado, un sistema nervioso eléctrico...
 El arma que empuñaba el Doctor Zarro emitió un rayo de fuego atómico, que el profeta oscuro dirigió con precisión a la junta del cuello metálico de Grag.
 El ardiente estallido de energía penetró por la junta. Los salvajes forcejeos de Grag cesaron de repente, y sus ojos fotoeléctricos se apagaron. Curt se dio cuenta de que los cables eléctricos que conformaban el sistema nervioso del robot habían sido cortados.
 --Con esto bastará, -se jactó el Doctor Zarro, poniéndose en pie-.
 --Aquí está, -le avisó Roj.
 Un Estigio alto, con el arnés de cuero tachonado de joyas, estaba entrando en la sala, seguido de un reducido séquito. Los vacíos ojos de Limor, el rey Estigio, examinaron al robot sin vida, y luego al Capitán Futuro y a Otho, que yacían en sus cajas.
 --¿Más prisioneros? -Exclamó el gobernante Estigio dirigiéndose al Doctor Zarro, hablando en idioma Terrícola con un acento balbuceante-. Esto no me gusta. Mantener a esas personas en esta terrible muerte en vida es un error. Mi gente sólo usaba ese gas secreto para propósitos terapeuticos.
 --Es necesario, Limor, -respondió el Doctor Zarro al rey, con tono vehemente-. Si esta gente quedara libre, podrían destruir mi grandioso plan. Una vez que el plan haya tenido éxito, una vez que gobierne la totalidad del Sistema, como pronto haré, entonces todos estos prisioneros serán liberados.
 Al oir aquello, el Capitán Futuro, sintió bastante poco alivio. Demasiado bien sabía él a qué refería el Doctor con eso de "liberarles".
 --No son sólo los prisioneros... has matado a dos hombres, un Terrícola y un Plutoniano; -dijo Limor con preocupación-. Nosotros, los Estigios somos una raza civilizada, que aborrece el derramamiento de sangre. Estoy empezando a lamentar haber accedido a ayudarte con tu plan, pues ha terminado provocando esas muertes.
 --Esas muertes fueron accidentales, -dijo suavemente el Doctor Zarro-. No se producirán más, pues yo odio el derramamiento de sangre tanto como vosotros. Pero recuerda, Limor, que a menos que mi plan tenga éxito, en esta luna se producirá un derramamiento de sangre mucho mayor, cuando los Terrícolas la invadan para doblegar a tu pueblo. ¡Si, destruirán a todo el mundo, excepto a aquello que conserven como esclavos!
 --Lo sé... y supongo que debe ser cierto, ya que, quien lo dice, es precisamente un Terrícola, -admitió Limor. Suspiró pesadamente-. La necesidad nos obliga a obrar así. Pero desearía que todo esto hubiera terminado ya.
 --Pronto habrá terminado. En cuestión de horas, las gentes del Sistema accederán a mis reclamaciones de poder, -replicó con vehemencia el Doctor Zarro-. Entonces, como cabeza del Gobierno del Sistema, estaré en condiciones de evitar que los Terrícolas vengan jamás a esta luna.
 Limor y su séquito, tras una última y turbada mirada a los paralizados prisioneros del Salón de los Enemigos, partieron de la estancia. El Doctor Zarro se acercó a la caja en la que estaba preso Curt, y lanzó una áspera risotada mientras le miraba.
 --Has sido muy astuto, intentando ganar tiempo, Capitán Futuro... pero no lo bastante astuto, -se burló.
 Curt no pudo responderle... no podía ni tan siquiera parpadear. Lo único que podía hacer era quedarse allí, petrificado. Pero su mente estaba activa. ¡Si hubiera tenido la ocasión de hablar con Limor, podría haberse ganado al rey Estigio!
 --¡Doctor, mire esto! -Dijo Roj muy excitado desde el aparato de la telepantalla-. He captado una transmisión... ¡Escuche!
 En la pantalla apareció el rostro de un comentarista de noticias Marciano, que, excitado, comunicaba las últimas nuevas.
 --"...todo el Sistema se encuentra en un frenético estado de pánico general, mientras la estrella oscura se acerca cada vez más, pues ahora todos pueden verla con sólo levantar la mirada. Nos informan de tumultos, y de una muchedumbre que ha irrumpido en la Torre del Gobierno, en la Tierra, exigiendo que el Consejo le otorgue plenos poderes al Doctor Zarro.
 "James Carthew, el Presidente, ha emitido un ruego de última hora dirigido al Sistema. Dice así: 'Ruego a la gente de los nueve planetas que no se dejen dominar por el terror. El Doctor Zarro no puede variar el rumbo de una estrella oscura... nadie podría. Le pido a las gentes del Sistema que no se renuncien a su libertad en favor del que sería un dictador totalitario, y que confíen en el Capitán Futuro, que ahora mismo está trabajando para resolver este misterio.'
 "¡Pero ni siquiera el nombre del Capitán Futuro puede apaciguar ya la oleada de terror que se extiende entre los ciudadanos! -Continuó el comentarista-. Noticia de última hora... ¡Venus y Mercurio acaban de forzar a los miembros de su Consejo para que voten a favor de otorgarle plenos poderes al Doctor Zarro! Otra noticia de última hora... Me informan de que también Urano ha obligado a los miembros de su Consejo para que le den su voto al Doctor Zarro, alegando que en él radica la última esperanza para salvar al Sistema. Cuando el Consejo se reuna en sesión extraordinaria, dentro de un par de horas..."
 El Doctor Zarro apagó la telepantalla y se enderezó; su alta aunque falsa figura temblaba de alegría.
 --¡Hemos vencido, Roj! -Gritó-. Cuando se reuna el Consejo, me otorgarán plenos poderes. Yo... Yo... ¡Seré el AMO de todos los planetas, desde Mercurio hasta Plutón!
 Entonces, Curt vió como el maestro criminal le echaba una mirada furtiva, tras la cual, con voz cortante, dio instrucciones al enano.
 --¡Debemos partir al momento en una nave, y dirigirnos a toda velocidad a la nave que proyecta la ilusión, en el espacio exterior! Luego, tan pronto como el Consejo me conceda el poder, empezaremos a variar un poco el rumbo de la "estrella oscura", para que los habitantes del Sistema vean que seré capaz de evitarles la catástrofe.
 --¿Dejamos aquí a Kallak para que guarde el Salón de los Enemigos? -gritó Roj, mirando de reojo la caja del Capitán Futuro.
 --No hay ninguna necesidad... no existe manera alguna de escapar de esas cajas, -declaró el Doctor Zarro-. Y, de todos modos, los Estigios ya guardan el exterior del edificio. ¡Vamos!
 El Capitán Futuro, totalmente petrificado, observó cómo el espigado profeta y sus dos seguidores se apresuraban a salir del edificio. A los pocos instantes, escuchó el rugido de un crucero espacial que despegaba rumbo al exterior.
 El Capitán Futuro fue presa de una terrible agonía. Le había fallado a los habitantes del Sistema cuando éstos más le necesitaban. El plan del Doctor Zarro estaba teniendo éxito, y él se hallaba tan indefenso para detenerle como si estuviera muerto. Pues, a todos los efectos, estaba muerto... él, Joan, Otho y el Cerebro... e incluso Grag. Todos ellos, incapaces de moverse, o hablar, o hacer otra cosa que no fuera pensar, aprisionados allí, en una ineludible muerte en vida.
 


CAPITULO XIX
En el Espacio Exterior


 ¿Cuantas horas habían pasado? El Capitán Futuro no podía estar seguro. El tiempo se habïa convertido en algo casi sin sentido, mientras permanecía petrificado en el interior de su caja.
 Sabía que al menos debían haber transcurrido varias horas, pues había anochecido. Su campo de visión abarcaba la puerta, y, en el exterior, podía ver un cielo estrellado. Antes de que llegara la noche, había escuchado cómo una nave alunizaba en el exterior. Y sabía que se trataba del regreso de la nave que había conducido al Doctor Zarro, Roj y Kallak al encuentro con la "estrella oscura".
 Nada más había sucedido. Nadie había entrado en el brillantemente iluminado Salón de los Enemigos, en el que él, Joan, Otho y el Cerebro permanecían inmóviles y en silencio, junto a los demás prisioneros petrificados. En el pasado, el Capitán Futuro se había visto inmerso en situaciones terribles, pero ninguna lo había sido tanto como ésta. Jamás se había sentido tan absolutamente indefenso. No podía ni mover un sólo músculo, y mucho menos hablar. Lo único que podía hacer era pensar. ¡Y sus pensamientos eran una tortura!
 Curt podía imaginarse a James Carthew, el Presidente, intentando demorar frenéticamente la fatídica votación que declararía la dictadura en el Sistema. Sabía que Carthew se estaría preguntando angustiado por qué le había fallado el Capitán Futuro.
 ¡No podía fallarle al Presidente! La antigua e indomable determinación que le había hecho triunfar en un sinfín de ordalías se alzó en el alma del Capitán Futuro. Realizó un terrorífico esfuerzo mental para obligar a su cuerpo petrificado a moverse, para zafarse de la influencia de la paralizante droga gaseosa que impregnaba la caja.
 El esfuerzo resultó inútil. Su cuerpo, aprisionado en la fría parálisis del gas petrificador, no era capaz de obedecer a su mente. No había absolutamente ningún medio por el que pudiera moverse... debería quedarse allí, sentado, en aquella espantosa caja indestructible de glasita cubierta de gas.
 Fieramente, luchó para no abandonarse a la desesperación. Debía de haber algún modo de escapar de aquel repugnante cautiverio. Pero ¿Cual? No podía pensar en ninguno. Tanto él, como Joan, los Hombres del Futuro, y el resto, estaban tan indefensos como si se encontraran en la tumba.
 De repente, el Capitán Futuro se percató de un movimiento junto a la puerta... un ser pequeño y dubitativo se asomaba a aquella sala.
 Un pequeño hocico, pequeño e inquisitivo asomó por entre la hoja de la puerta, y dos ojillos brillantes y aterrorizados observaron el interior. ¡Era Eek, el cachorro de lobo lunar!
 Curt no había vuelto a acordarse de la pequeña mascota de Grag desde su captura, cuando el cachorro lunar huyó aterrado. Ahora se dió cuenta de que Eek les había seguido el rastro a través de toda la ciudad, hasta llegar a aquella sala.
 Temblando de miedo, Eek examinó el interior, hasta que sus brillantes ojos negros se posaron en la inmóvil forma metálica de Grag. Entonces, la pequeña bestezuela gris se lanzó alegremente hacia el robot sin vida.
 Pateó suavemente la cabeza de Grag, deseando que se levantara. Y, cuando el robot ni se inmutó, Eek le lamió la cara con preocupación.
 ¡Y el Capitán Futuro, que lo estaba observando, vio que tenía ante sí esa oportunidad entre un millón para poder escapar, y por la que había estado rezando! Era algo fantástico, imposible... ¡Si! Pero aún así seguía siendo la única y débil oportunidad para escapar de ese angustioso cautiverio. Curt concentró toda su mente en un único y fuerte pensamiento, un pensamiento dirigido al cachorro lunar.
 --"¡Eek, ven hacia mi!" -Le ordenó telepáticamente-. "¡Ven a mi!"
 Sabía que el medio de comunicación del cachorro era la telepatía... Grag hablaba de ese modo con su mascota, y Curt, en ocasiones, le había dado a la bequeña bestia alguna que otra orden telepática.
 ¿Podría lograrlo ahora? ¿Podría conseguir que Eek hiciera aquello que le daría su única posibilidad de quedar en libertad?
 --"¡Eek, ven ahora mismo hacia aquí!" -Pensó fieramente.
 El gris cachorro dejó de lamer tristemente la cara de Grag y levantó la mirada. Posó sus ojos en la figura de Curt.
 ¡El Capitán Futuro había conseguido proyectar sus pensamientos hasta él! Volvió a repetir aquella orden mental con fuerza renovada.
 --"¡Ven hacia mi, Eek!"
 Lenta, dubitativamente, el cachorro lunar se dirigió a la caja de glasita en la que Curt se encontraba preso. El pequeño animal se detuvo en frente de la caja, y miró a Curt intrigado.
 --"¡Eek, debes morder un pedazo de glasita en la parte de arriba de esta caja!" -Pensó Curt-. "Tiene muy buen sabor... contiene muchos de esos metales preciosos que tanto te gustan."
 La actitud de Eek cambió por completo en cuanto asimiló esos pensamientos. Olvidando de momento su preocupación por la inmovilidad de su amo metálico, el cachorro lunar se acercó a la parte superior de la caja de glasita.
 Olisqueó una esquina del tanque de glasita, como intentando olfatearlo con sus extraños sentidos. Entonces, pareció tener dudas.
 --"Es muy sabroso," -repitió Curt telepáticamente-. "Contiene mucho metal." -Mintió.
 Persuadido por lo que el Capitán Futuro le aseguraba telepáticamente, Eek hundió sus fauces en la esquina del tanque de glasita. Sus poderosas mandíbulas masticaron la glasita con la misma facilidad con la que devoraban la roca o el metal.
 Eek casi había atravesado la lámina de glasita... pero aún quedaba un poco. El cachorro lunar tragó lo que masticaba, y luego miró a Curt con visible indignación.
 Eek casi parecía estar diciendo:
 --"Me había dicho que esto estaba bueno, pero no sabe a nada".
 --"Está mucho mejor si comes un poco más... es tan rico como esa plata que tanto te gusta, Eek." -Pensó Curt lleno de urgencia-. "¡Un mordisco más!"
 Lleno de dudas, como si le persuadieran contra su voluntad, Eek mordió un nuevo pedazo de la glasita. Lo masticó, y luego levantó la mirada con una expresión herida, acusadora, ya que no había encontrado más sabor que en la ocasión anterior.
 ¡Pero en esta ocasión, el cachorro lunar había llegado a atravesar la lámina de glasita! Y Curt escuchó cómo el denso gas que llenaba la caja comenzaba a escapar por el agujero creado, dispersándose.
 Tan pronto como el gas comenzó a salir, la capacidad de movimiento comenzó a regresar poco a poco al Capitán Futuro. Mentalmente, dio gracias por poder ser capaz, una vez más, de moverse con normalidad.
 Se dió cuenta de que aún seguía apresado por la red metálica con la que le había capturado. Le llevó algunos minutos liberarse de ella. Entonces, el Capitán Futuro abrió de par en par la portilla de su caja de glasita, dejando escapar un gran suspiro de alivio.
 Saltó al suelo, con el corazón latiéndole con violencia. Se acercó a la caja en la que se encontraba Otho, y abrió la puerta de par en par. Al salir y dispersarse el gas paralizante, el gomoso androide comenzó a volver a la vida. Curt le ayudó a quitarse la red, que también a él le apresaba aún.
 --¡Por los Demonios del Espacio! ¡Ya creía que me iba a quedar ahí parado para siempre! -Exclamó Otho con furia-. ¡Voy a torturar hasta la muerte a ese maldito Doctor por hacernos esto!
 Curt estaba ya liberando a Joan Randall. La joven se tambaleó, temblorosa, cuando, tras revivir, abandonó la caja de glasita.
 --¡Curt, sabía que, de algún modo, lograrías salvarnos! -Sollozó-. Sabía que era imposible, pero que lo lograrías.
 --Ánimo, Joan, -le dijo en tono urgente el joven aventurero pelirrojo-. Ayuda a Otho a soltar a los demás prisioneros, mientras yo miro cómo están Simon y Grag.
 Curt se inclinó primero sobre el Cerebro. El aparato de habla de Simon había sido desconectado... un momento después, ya funcionaba de nuevo.
 --Buen trabajo, muchacho, -carraspeó entonces el Cerebro-. Pero me temo que pueda ser demasiado tarde.
 --Aún no es demasiado tarde si logramos llegar hasta el Cometa, -espetó el Capitán Futuro-. Pero Grag ha sido desconectado...
 Apartó a un lado las redes que rodeaban al robot y lo examinó con atención. Entonces, rápidamente, Curt destapó dos de las placas metálicas que cubrían el cuello de Grag, dejando al aire los nervios eléctricos del robot.
 Tres de los vitales cables nerviosos de Grag habían sido severamente dañados. Curt trabajó en tensión, empleando las herramientas de su cinturón, volviendo a soldar dichos cables y volviendo a colocar las placas del cuello. Los ojos fotoeléctricos de Grag brillaron con renovada vida, el gran robot se desperezó y luego se puso en pie, como si no tuviera idea de la terrible experiencia sufrida.
 --¿Qué ha pasado, Jefe? -Bramó extrañado-. ¿Cómo has logrado salir de la caja?
 --Eek me ayudó a salir... Le lancé una orden mental para que masticara la caja, -le dijo Curt, mientras se volvía hacia los demás.
 El pequeño Eek acababa de saltar al hombro de Grag y estaba lamiendo el cuello del robot, en un frenesí de contento por ver revivido a su amo de metal.
 --¿Eek hizo eso? -Exclamó Grag-. ¡Por haber hecho eso, Eek, te prometo darte toda la plata que quieras para comer!
 Otho y Joan habían liberado al resto de los prisioneros del Salón de los Enemigos. Todos ellos, hombres y mujeres de todos los planetas, atontados aún por su repentina liberación tras varias semanas de horrible cautiverio, se agruparon alrededor del Capitán Futuro, balbuceando incoherentemente.
 --Muchacho, ¿Cual es tu plan? -Exclamó el Cerebro-. Si te pusieras en contacto con las gentes del Sistema diciendo que la Estrella Oscura es sólo una ilusión, podrías detener la votación del Consejo...
 --No funcionaría, Simon... los habitantes del Sistema están demasiado dominados por el pánico como para creerme, -exclamó el Capitán Futuro-. Sólo hay un modo de terminar con su pánico, y es destruir la ilusión de la estrella oscura que tanto les aterroriza...
 --¡Vienen los Estigios! -Aulló Otho en tono de urgencia-. ¡Deben haber oído esta alg